"Más que amor, frenesí."

La frase, tomada de una famosa canción (compuesta por Alberto
Domínguez), interpretada con gran éxito por Óscar de León, fue empleada de
manera acertada durante la campaña electoral por el reelecto Presidente Hugo
Chávez Frías.

El asunto comenzó cuando Chávez, sorpresivamente, envainó la
espada y se lanzó con una declaración de amor que sorprendió a un gentío.
Más que amor, el sentimiento se convirtió en frenesí cuando el candidato
revolucionario trepó a una tarima rodante y empezó a recorrer diversas
poblaciones. La presencia del carismático líder desató en todas las
localidades reacciones que iban desde el entusiasmo hasta la histeria
colectiva, en particular en los grupos integrados por mujeres de cualquier
edad o extracción social. Fue entonces cuando Chávez apeló a la letra de la
canción para describir el sentimiento que captaba entre sus simpatizantes.

A todas estas no creo que el frenesí constituya una modalidad
extrema del amor. Se trata mas bien de un arrebato pasional. Aplicado a
otras circunstancias equivale a una obnubilación, o, más propiamente, a un
desenfreno, un arranque compulsivo para expresar un ansia o sentimiento.

Curiosamente, concluida como fue la campaña electoral, el
frenesí continúa apoderándose de los venezolanos, esta vez en el área no
política, afectando a todos los sectores, sin distingo de niveles
socio-económicos. A la hora de gastar debemos reconocer que en Venezuela los
pobres son tan manirrotos como los ricos y quizás más, pues, en proporción a
sus entradas, son capaces de tirar el rancho por la ventana sin pararle a lo
que pueda ocurrir mañana.

Este año el volumen de compras navideñas fue como para coger
palco. Los centros comerciales, íconos de la clase media en sus diversas
categorías, estuvieron atestados hasta los teque-teques, sin darle descanso
a las cajas registradoras.

Miles de empresarios y comerciantes que creen a pies juntillas
que el comunismo está en marcha se hartaron de vender más que nunca. A la
población venezolana, opositores y oficialistas, le entró por igual un afán
consumista que puede considerarse un frenesí de compras.

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Augusto Hernández


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