Vivienda y verticalidad

En muchos de los nuevos desarrollos que se están ejecutando en el marco de la Gran Misión Vivienda Venezuela, se están construyendo edificios de gran altura, sobre todo en terrenos localizados en zonas centrales de la Ciudad. Y de está forma de construcción nos surge la pregunta: ¿Hasta donde el uso de esta "tipología" arquitectónica es cónsona y contribuye al desarrollo de un modo de producción y reproducción social sostenible y sustentable, alternativo a las lógicas hegemónicas del modelo de desarrollo Urbano-Territorial capitalista que ha signado el crecimiento de nuestras Ciudades durante casi un siglo?.

Entrando debemos afirmar que está tipología constructiva es antagónica con desarrollo de un modelo alternativo a la ciudad del Capital, y de hecho la verticalidad es quizá uno de los más importantes símbolos de las sociedades capitalistas. Basta ver como en todas las grandes ciudades del planeta los edificios más altos son el símbolo e imagen del poder económico. Pero igual vamos a tratar de analizar este asunto de una forma más crítica y profunda, intentando entender las repercusiones económicas, tecnológicas, sociales, políticas y ambientales que implica el uso de estas tipologías.

Comenzaremos este análisis con las implicaciones tecnológicas, constructivas y financieras. En la medida que las edificaciones se tornan más altas se requiere de soluciones constructivas más complejas y uso tecnologías más "duras", lo cual incide directamente en un incremento en los costos de producción. A mayor altura se requiere de fundaciones más profundas y complejas, sistemas de elevación de materiales, mayores refuerzos estructurales debido al incrementó de la vulnerabilidad sísmica, y sobredimensionamiento de los elementos estructurales por las cargas verticales. Además de encarecer la construcción, estos aspectos tienen otras consecuencias: se "consume" más energía durante el proceso de producción, se utiliza mayor cantidad de materiales estructurales por unidad de vivienda (y muchas veces hasta se usan de forma irracional), y se genera mayor dependencia de empresas constructoras privadas (limitando la posibilidad de implementar modalidades de ejecución directa por parte del gobierno o las comunidades organizadas). En el contexto actual venezolano estas implicaciones no son irrelevantes. Estamos pasando por una "crisis" del suministro de electricidad debido a un incremento vertiginoso de la demanda, y la producción nacional de materiales es insuficiente para cubrir los requerimientos de las construcciones que se están ejecutando. Además, debido a que la "industria" de la construcción en Venezuela no ha tenido un verdadero desarrollo tecnológico en las últimas décadas (el neoliberalismo desmanteló prácticamente toda nuestra capacidad productiva), y se limitan al uso de sistemas constructivos tradicionales (y casi artesanales), esto se traduce simplemente en mayor "explotación" a los trabajadores de la construcción (en los edificios de gran altura construidos con técnicas "tradicionales" como el concreto armado, la mayor parte de la energía es puesta por los trabajadores, sin que esto evidentemente se traduzca en mejoras laborales).

Sí deseamos impulsar verdaderos modelos alternativos a las formas de planificación de la producción y organización del trabajo del Capital (Empresas cogestionadas, o iniciativas autogestionarias), debemos depender cada ves en menor grado del sector "privado", y pensar en tipologías arquitectónicas y sistemas constructivos compatibles con los nuevos modos de producción socialistas. La dependencia de "empresas constructoras" en la ejecución de los proyectos de la GMVV, no contribuye a construir "lo nuevo" y por el contrario fortalece y alimenta el modo de producción hegemónico del Capital, amén de la enorme cantidad de recursos financieros que se están "despilfarrando" por la vía de las "ganancias" de las empresas privadas (las cuales pueden llegar a ser el doble y hasta el triple de los "costos reales" de producción), poniendo en riesgo la sostenibilidad y sustentabilidad financiera de la misión a largo plazo. Gracias a las medidas económicas adoptadas en los últimos años por el Gobierno Nacional, no hemos sufrido los embates de la crisis financiera internacional, pero eso no implica que no sea necesario un uso racional y verdaderamente "economicista" de los recursos financieros y materiales destinados a saldar la gran deuda social acumulada.

Otro elemento importante a evaluar son las implicaciones que tiene la verticalidad para la vida en comunidad. Christopher Alexander sostiene en su libro "Un lenguaje de patrones" (Berkeley, 1977) que las edificaciones de vivienda no deberían tener más de cuatro niveles, ya que la baja altura favorece la relación de la familia con su comunidad y su contexto, manteniendo una relación estrecha entre la vivienda, la calle y los vecinos. En la medida que se eleva la altura de las edificaciones surgen dos fenómenos: el primero es que los habitantes se desconectan de la calle y se aíslan de su contexto urbano y su comunidad (se pierde la posibilidad de comunicación visual y verbal entre el residente y el transeúnte, pasando a una situación de contemplación distante). La ciudad y la comunidad pasan a ser para el habitante una situación ajena que se observa desde el anonimato de la individualidad, realidad de la cual éste deja de sentirse parte progresivamente.

El segundo fenómeno es el surgimiento del ascensor. Cuando la altura de los edificios supera el "umbral" de los seis niveles se hace imprescindible la necesidad de colocar ascensores para garantizar la accesibilidad vertical (de hecho no fue si no hasta la invención y perfeccionamiento de estos a finales del siglo XIX, que las edificaciones pudieron empezar hacerse cada ves más altas) lo cual termina generando una verdadera desconexión entre los individuos que habitan una misma edificación. El ascensor actúa como un "ducto" (a la inversa del ducto de la basura) que traslada a los residentes casi de forma directa desde la calle hasta la vivienda, negándoles la posibilidad tanto espacial como temporal de interactuar con sus vecinos. A esto habría que añadir que pasillos y ascensores por sus características y definiciones son espacios de circulación y no de encuentro. Los efectos de esta situación para la vida en una comunidad son realmente devastadores. Por lo general la familia que reside en una edificación vertical no "conoce" al vecino que habita inmediatamente arriba o abajo, a lo sumo conoce a los residentes de su mismo nivel. Esto reduce la dimensión de "comunidad" al piso donde se habita, y cada nivel resulta una "comunidad" aislada y apartada del resto. Para "palear" esta situación, muchos arquitectos incluyen en sus proyectos áreas comunes y espacios de encuentro en la planta baja de los edificios (típica herencia y solución de la arquitectura moderna, que inicialmente "vendió" la verticalidad a cambio de "liberar" grandes áreas horizontales de la ciudad a fin de ser destinadas como parques para el esparcimiento y el encuentro, oferta ésta que nunca se cumplió), pero este tipo de soluciones resultan inútiles debido a los grados de aislamiento e individualización que viven cotidianamente los residentes. En los edificios verticales el "vecino" más cercano resulta ser un perfecto extraño, y en muchos casos es visto como un enemigo potencial de la intimidad y la tranquilidad familiar. En pocas palabras la verticalidad limita enormemente la posibilidad de construir una verdadera "convivencialidad", y puede generar situaciones de conflictividad social y violencia vecinal difíciles de revertir. Como un ejemplo extremo de esto, durante los años setenta varias urbanizaciones populares de superbloques construidas en Norteamérica y Gran Bretaña (en el marco de las políticas del “estado de bienestar” que se implementaron en los países del capitalismo avanzado después de la segunda guerra mundial) fueron desalojadas y posteriormente “demolidas” a causa de los niveles de conflictividad social que se generaron, y esto sucedió “a tan solo veinte años de ser inaugurados”.

También tenemos que mencionar algunas consecuencias ambientales que trae consigo el uso de esta tipología una ves que es habitada. Mayor altura implica obligatoriamente mayor consumo de energía eléctrica (se requiere alimentar asesores, sistemas de bombeo de agua, e instalaciones mecánicas), pero además los edificios altos son menos eficientes en términos climáticos (lo que hace necesario en muchos casos el uso de sistemas de acondicionamiento ambiental). Los edificios verticales tienen mayor superficie sometida a la incidencia solar diaria, que las edificaciones de baja altura (en las cuales el sol pega casi exclusivamente en el techo). En el trópico esto se traduce en la elevación de la temperatura en los ambientes internos de la edificación (durante todo el día y buena parte de la noche), y cuando se usan grandes fachadas de vidrio la temperatura se eleva tanto que puede llegar a hacerlos inhabitables en condiciones naturales. Aunque se diseñen elementos de fachada que reduzcan la incidencia solar, estos resultan casi inútiles para evitar el calentamiento interior, y muchas personas optan por colocar acondicionadores de aire en las ventanas de las habitaciones (con el evidente incremento de consumo de energía eléctrica que esto trae).

Entonces ¿cual es la razón fundamental por la cual se construyen edificios de vivienda de gran altura con las consecuencias, efectos negativos y altos "costos" sociales y ambientales que esto trae?. La respuesta es simple, para el negocio inmobiliario y de la construcción la verticalidad posibilita mayor aprovechamiento y rentabilidad del suelo urbano. La razón que priva entonces es la lógica con la que siempre ópera el Capital: obtener las mayores ganancias económicas, sin importar las consecuencias sociales y ambientales que su forma de producción y consumo pueda acarrear para la vida en la Ciudad (y la vida de la especie humana en el planeta). El "valor" de una vivienda en el "mercado inmobiliario", no depende en lo absoluto de sus "costos" de producción, si no de su "localización" en la ciudad. La misma edificación construida en dos sectores diferentes, puede ser vendida en el mercado con diferencias de precio asombrosas y absolutamente especulativas. Entonces para los capitalistas (quienes conciben la vivienda y la ciudad como una mercancía en función de la obtención de las mayores ganancias posibles), resulta imperioso poder "explotar" en el mayor grado posible los terrenos de mejor ubicación, a fin de vender la mayor cantidad de inmuebles al precio más alto. Y esto sólo se logra construyendo edificaciones lo más altas posible (y está posibilidad no está limitada por factores tecnológicos o constructivos, ya que son las ordenanzas de zonificación las que restringen los factores de edificabilidad y altura sobre una parcela).

Ahora bien, baja altura no significa necesariamente baja “densidad”, o sub-utilización del suelo urbano. Los barrios populares son una muestra de esto, pero también en Venezuela contamos con un ejemplo paradigmático para contrastar dos modelos espaciales antagónicos, proyectados por un mismo arquitecto, Carlos Raúl Villanueva. Nos referimos a la Reurbanización de El Silencio, contra los superbloques del 23 de Enero. En el primero se usa la baja altura con alta densidad, configurando de forma inteligente un perfil urbano continúo y espacios libre “interiores”, en un intento de idear una tipología arquitectónica adecuada a nuestro contexto cultural y ambiental (construido durante el gobierno democrático y nacionalista del General Isaías Medina Angarita), y en el segundo Villanueva aplica con toda fuerza las ideas en boga a nivel internacional de la modernidad capitalista para las soluciones habitacionales de la clase trabajadora (Ejecutado durante la dictadura pro imperialista de Marcos Pérez Jiménez).

Y una pregunta final: ¿Porque estamos usamos está tipología constructiva en la GMVV? ¿Estamos concientes de las "reales" consecuencias a mediano y largo plazo? No basta que el Gobierno Nacional haya tomado conciencia que el enorme problema que representa la vivienda es “consecuencia del modelo capitalista explotador y excluyente” (Ley Orgánica para terrenos y vivienda), y que se requiere de respuestas inmediatas y esfuerzos gigantescos para comenzar a combatir el déficit habitacional (los cuales se están llevando adelante). Todas las políticas que se impulsen en el marco del proceso de transformación socialista deben estar signadas por el objetivo estratégico de construir “las bases materiales y espirituales” de un nuevo orden de reproducción social alternativo al capitalismo.


En la GMVV no puede seguir prevaleciendo una visión cortoplacista, despolitizada y tecnocrática, determinada por la urgencia y la inmediatez de obtener resultados "instantáneos" a cualquier costo, obviando la tarea realmente “importante”.



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Juan Carlos Rodríguez


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