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Chávez y la familia venezolana

Uno de los grandes descubrimientos de la psicología moderna ha sido, justamente, identificar las repercusiones indudables que tiene para la vida del adulto lo que haya acaecido en ese entorno familiar inicial y el campo político. Son las etapas de formación incipiente de la parte más desarrollada del cerebro, que puede verse afectada por lo ocurrido durante la fase del entorno familiar.
Ahora bien, lo que no se sabía es que esa función estaba adormecida por el grado de apego que genera mayor o menor autoestima y seguridad en uno mismo. Los dos rasgos de carácter, son esenciales para comportarse provechosamente en el siguiente entorno: el de la escuela y el comienzo de las interrelaciones sociales, más allá del ámbito puramente familiar. Tanto la autoestima como la seguridad en sí mismo resultan indispensables para profundizar con ganas en el conocimiento y la curiosidad de los demás. Si este segundo entorno prolonga los resultados positivos del cuidado maternal, se pasará al último y definitivo –la conquista del amor del resto del mundo, según William James– con ánimo de seguir explorando relaciones o, al contrario, con predisposición al rechazo o, en el peor de los casos, con ánimo de destruir el mundo que nos rodea. Ése suele ser el caso de muchos de los psicópatas con o sin estigmatizaciones genéticas.
Los resultados de estas elecciones presidenciales reflejan el apego de la familia y juventud por el presidente Chávez, más allá de las estadísticas. Durante la infancia resulta relativamente fácil conquistar el amor del círculo íntimo constituido por padres, abuelos y tías, por eso Los Simoncitos. Para ellos, el protagonista de la atención es el más listo y guapo. El resto de la vida, sin embargo, transcurre en una lucha tenaz por lograr el reconocimiento del resto de las personas y nuestra preparación que, en su gran mayoría, son desconocidos, conocidos o indiferentes. Se trata de la ardua tarea de lograr el amor del resto del mundo. Y Chávez se ha ganado la atención y amor de muchos pueblos y agrupaciones sociales.

. El segundo componente de la capacidad de amar viene determinado por la llamada inversión parental, representada por la fusión amorosa primero, la construcción del nido después –incluidos los hijos, hipoteca y relaciones laborales– y, por último, la definición de los ámbitos de libertad respectivos de la pareja. Se trata de una dura negociación entablada, principalmente, de manera inconsciente. Los economistas, de la mano de los psicólogos, han aportado un dato nuevo a esa inversión parental. Se trata de la tecnología de los compromisos que puede tensar a extremos peligrosos las relaciones de la pareja y consiguiente cuidado de los hijos. La vida moderna se caracteriza por una multitud de compromisos nuevos que compiten con los heredados o los propios de la vida familiar. Tanto el número de hijos como de obligaciones adquiridas compiten por unos recursos limitados, con el consiguiente efecto negativo en la dedicación familiar. Nuestro presidente Hugo Chávez Frías se ha preocupado en dar a través del Estado, hogares dignos para que la familia se forme socialmente y políticamente, dándole valores y criterios de crecimiento humano.

La historia del país se ha encargado, por otra parte, de dibujar la figura: si bien es cierto que la palabra patriota consta en comunicados del Libertador José de Simón Bolívar, cuando se refiere a las fuerzas bajo su mando, también lo es que la Gaceta oficial de Caracas la tradujo por “patriotas campesinos”, atestiguando desde los inicios de la vida nacional independiente, teniendo en cuenta la resistencia de las élites gobernantes para admitir un vocablo de connotaciones bárbaras, o quizás la prevención, teñida de un singular nominalismo, ante las acechanzas de la rebeldía de nuestros soldados por no acatar las acciones de la oligarquía caraqueña .
Es plausible pensar que, antes de promediar el siglo, y a juzgar por el tratamiento que la oligarquía dio a la peonada, entre españoles y mulatos se lanzaran el término como crítica metafórica, bastante suave de todos modos a tenor de otras caricias de la época. El hecho es que, a mediados de los ‘80 (para ser más precisos, en 1883), Vicente Fidel López en su Historia de la República Argentina Revista de Literaturas Modernas, Nº 29, 1999, Mendoza, adujo que “no existe ya: es hoy para nosotros una Leyenda de ahora setenta años”. Teniendo presente que esa oligarquía rancia se ubico en nidos urbanos y campamentos rurales en toda la extensión latinoamericana
Con tales instrumentos, no es raro que las letras se hayan sentido más libres para describirlo. Hoy, la historia latinoamericana tiene un nombre, Hugo Rafael Chávez Frías. Nos hizo más libres y, por ende, más contradictorios.

El resero toma su caballo para ir a vivir a su rancho, la ama de casa va un centro de producción y el pescador de los llanos toma su canoa junto al aborigen. Son elementos de integración , nobleza y valentía, generosidad y hospitalidad, no son los cuentos de Fray Luis Ugalde y Baltasar Porras, de poco tiempo antes, el campesino, mudado al Litoral, adonde su innato nomadismo lo ha llevado, puede transformarse en gente de avería, cuatrero y contrabandista, y hasta prescindir de su mitad inseparable, pero es chavista. ya que a veces, las razones de la disímil caracterización aparecen claramente enunciadas, como en esa límpida página de algunos medios españoles quieren denigrar de nuestro presidente.


La vida, pues, parece haber ido confundiéndose con la literatura, la política y la identidad venezolana, tanto como para que ciertos personajes reales se hicieran literarios, y ciertos literarios adornaran hasta no hace mucho tiempo la realidad de sobremesas, fiestas, carnavales, reuniones en clubes y círculos criollos, burlándose de nuestro presidente y el pueblo. Puede suponerse, empero, que de los primeros poetas criollos y cantores como El Carrao de Palmarito y Cristóbal Jiménez, dieran muchas y definitivas páginas del Martín Fierro latino, y de personajes ya algo caricaturizados, como Hormiga Negra, o varias veces recompuestos, como Fabricio Ojeda y mártires de Cantaura, surgía en la historia una clase de hombres perseguidos, manoseados por la autoridad, golpeados por la injusticia o por la adversidad, y a quienes esas situaciones llevaron a la rebeldía, a la deserción de los ejércitos o al enfrentamiento de las instituciones y de sus postulados tenidos como más elementales.

¿Cómo recibirá el Doctor Julio Borges esa masa desordenada de información, de deformación y de invención sobre el arquetipo nacional? ¿Qué hará con ella?. Escucho solo a su clase social. Su existencia se le presenta tempranamente, y revestirá esa condición que siempre lo acompañó: la de asemejarse a un cuento, un pasaje o una estructura literaria, micro narración entre la vida y el sueño. Confesaba, ya adulto en un programa televisivo, lo que fue para él conocer la aristocracia: “Cuando supe que esta distancia sin término era la llanura y que los hombres que la trabajaban eran campesinos, como los personajes de Reinaldo Armas, ellos son venezolanos y aman a su presidente Chávez”. Esta frase la expuse a mis alumnos, así es Venezuela, así es Hugo, olor a familia venezolana.


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