El chavismo de clase media es clandestino porque la intolerancia está a full chola

Si usted quiere saber cómo funciona el extraño fenómeno de la clandestinidad de los partidarios del presidente Chávez en ciertos círculos sociales y laborales, analice lo que le ha pasado al humorista Juan Manuel Laguardia. El popular Fullchola, en su muy escuchado programa de radio, entrevistó al presidente Hugo Chávez y enseguida fue arrojado a un pantano de insultos, descalificaciones y acusaciones infundadas.

Laguardia, quien se dedica con gran éxito a un tipo de humor no político (y ayuda con ello, dicho sea de paso, a la golpeada salud mental de muchos ciudadanos), ni siquiera es chavista ni tampoco se pronunció a favor del candidato a la reelección. Simplemente accedió a entrevistarlo y lo trató con respeto y cordialidad. Eso fue suficiente para que una horda de opositores desquiciados lo maldijeran por cuatro generaciones.

Esto que le ocurrió a Fullchola le puede ocurrir -y, de hecho, le ocurre- a cualquiera que sea sospechoso de chavismo, especialmente en ámbitos de clase media, empresas privadas, centros de estudio, escenarios deportivos y lugares de diversión. Por eso, muchos simpatizantes del chavismo ocultan sus preferencias políticas y hasta se hacen pasar por adversarios del proceso bolivariano. Es una manera de sobrevivir, de evitar el rechazo, pues este no se limita a la persona señalada sino que abarca a sus familiares, incluso –y es lo más doloroso- a niños, niñas y jóvenes.

Se trata, no cabe duda, de una forma de violencia que, adicionalmente, ha sido legitimada por los poderosos medios de comunicación social, vanguardia de la oposición. Comenzaron celebrando y estimulando los cacerolazos en los restaurantes; luego, festejaron las violentas e ilegales persecuciones de dirigentes chavistas durante el brevísimo gobierno carmoníaco y han terminado presentando cualquier rito de segregación como si fuera una expresión legítima de la sociedad civil.

En los años de mayor encono político, los opositores llegaron al extremo de cacerolear a personas aquejadas de enfermedades terminales, como la esposa del periodista Jesús Romero Anselmi y al general Alberto Müller Rojas, este último -para colmo- durante una cena de Nochebuena.

A lo largo de todos estos años, el antichavismo rabioso ha florecido incluso en arenas no políticas, como el deporte y la cultura.

Cualquiera que haya asistido a un juego de beisbol en el que haya participado el pelotero Antonio “el Potro” Álvarez puede dar cuenta del drama que vive un ciudadano venezolano por identificarse públicamente con el comandante Chávez.

Por fortuna, “el Potro” tiene un carácter muy especial, aparentemente inmune a los peores insultos, provenientes principalmente de las localidades más costosas de los estadios.

Numerosos artistas también han sufrido el escarnio por haber participado en actos institucionales del Gobierno. Es una larga lista que va desde el insigne maestro Gustavo Dudamel hasta el kilúo animador Winston Vallenilla.

Como suele ocurrir con todos los fanatismos, las lapidaciones antichavistas ya no se limitan a los partidarios declarados del Gobierno, sino que abarcan a cualquiera que no esté abiertamente en contra. Por eso hay tanto voto oculto en las urbanizaciones de clase media y en las oficinas de las grandes corporaciones. No es para menos: la intolerancia está a full chola.

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