El retrato de Bolívar

Como mucha gente en nuestro país, he siempre dibujado a Bolívar, al menos desde los 4 años; pero el rostro real de Bolívar es un real misterio: cada retrato histórico suyo nos muestra a una persona diferente. Con el tiempo, y luego de revisar toda la iconografía oficial del Libertador, he llegado a la conclusión de que todos los artistas de su época nos mintieron. La razón es muy simple: Bolívar nunca posó para ellos. Un individuo por naturaleza tan inquieto y circunstancialmente tan ocupado, quien pasara además casi un tercio de su vida a caballo, poco tiempo pudo haber cedido a ese tipo de "posteridad" ostentosa. La suya, a la cual no tanto aspiraba como era él aspirado hacia ella por la historia, era inexorablemente de otro orden.

¿Cómo pensar que alguien como Bolívar, quien nunca siquiera portó sus numerosas condecoraciones y medallas, sintiera la menor necesidad de "inmortalizarse"? Basta compararlo con Páez, el llanero sediento de glorias mundanas y cuyos abundantes retratos delatan fielmente al mortal. Si Bolívar tenía que dejarnos un rostro suyo muy concreto, sin duda no es el que iban a legarnos en vida sus pintores.

Si a veces posó, nunca debió hacerlo por más de 1 minuto. El relativo, discutible talento de los artistas que no obstante tuvieron el privilegio de vivir esos contados y fugaces instantes, se veía desde ya castigado, por decirlo así, ante la difícil tarea de reinventar al inasible ausente; de tener que completar los rasgos de una personalidad extraordinaria, compleja, inaudita. Luego, los retratos subsiguientes —en obvia demanda— se tendrían que ir haciendo a partir de los pobres precedentes.

¿La posteridad? Ésta había que fundarla, ¡inventarla totalmente! Lo cual no se hace desde un sillón, frente a un caballete. Basta con mirar detenidamente la iconografía integral del Libertador para constatar que su parecido de un cuadro al siguiente es demasiado leve, parco, general. Los pintores debían conformarse con el instante de un rápido bosquejo, y luego dar rienda suelta a sus frágiles memorias, incapaces de apresar a un hombre fugaz, anterior a los tiempos. Su rostro, si acaso, lo confió Simón al futuro, único espacio para su gesta inconclusa.

En suma, ningún pintor retrató cabalmente a Bolívar. No era hombre de posar para la eternidad. Su tiempo, le era muy precioso. Su tarea, inconmensurable.

Lo vengo diciendo desde niño, cuando empecé a ejercitarme en el arte del retrato y mis avances me convirtieron en algo así como el pintor oficial de Bolívar en los 5 planteles de primaria por los que pasé. No hablo en lengua diletante. Alguien me dijo esta mañana: "¿Se equivocaría tanto Martín Tovar y Tovar?", indicándome este cuadro: http://sv.wikipedia.org/wiki/Fil:Sim%C3%B3n_Bol%C3%ADvar_-_Mart%C3%ADn_Tovar_y_Tovar.jpg

Por supuesto que sí, el venerado maestro se equivocaría también, tanto como los otros (aunque ciertamente con menos culpa): Martín Tovar y Tovar nació en 1827, es decir, tres años antes de la muerte del Libertador. Su famoso Bolívar no pudo haberlo hecho, pues, del natural, sólo a partir de otros retratos. También ignoraba Martín Tovar y Tovar, seguramente, que Bolívar llevó bigotes prácticamente toda su vida, y que sólo muy al final de ella dejó de llevarlos.

Para el ojo patriota, amante del pasado heróico, Simón Bolívar es más o menos el mismo en todas partes, desde un óleo de la época hasta un mural comunitario. Pero para el ojo avisado, instruido, El Libertador es una persona distinta en cada cuadro, cada estatua, cada imagen. El "parecido" entre una y otra pieza pide siempre esfuerzos suplementarios a la imaginación, la cual pugna por reconstruir a un personaje único, verdadero, a partir de una semblanza demasiado heterogénea. La razón ya la sabemos: Bolívar nunca se dejó retratar. El temperamento inquieto, el carácter hiperactivo de un individuo en perpetuo desplazamiento (tanto físico como mental), no da muchas oportunidades a un artista para "botarse", por bueno que sea.

En un lapso de tiempo tan corto, el más talentoso dibujante apenas si puede captar los rasgos generales de un modelo, y eso es precisamente todo lo que encontramos en la iconografía de Bolívar: rasgos generales rellenos de fantasía. Más allá de ésto, no hay que dejarse confundir por los cuadros de salón finamente acabados, esos que decoran hoy parlamentos y palacios: sus autores supieron compensar cada vez sin dificultad la falta de modelo real con un virtuosismo de etiqueta, profesional, absolutamente adecuado. La fidelidad en estos ámbitos apunta, como sabemos, hacia otros intereses.

A Bolívar, persona poco dada al narcisismo y la grandilocuencia, más bien a la humildad y la filantropía, es prácticamente seguro que nadie, jamás, consiguió mantenerlo quieto por más de 60 segundos. No lo lograron tropas enemigas enteras, no lo lograrían armadas con paletas. Los artistas, los pocos que habrían en su entorno (entorno de turbulencias), tenían de antemano excusados sus pinceles.

Hoy, sin embargo, sirviéndonos de estos retratos de la época, de las camarillas mortuorias existentes (creo que existen dos) y de los datos craneales a partir de sus restos exhumados recientemente, deberíamos estar en capacidad de hacer el primer retrato fiel de Bolívar. Personalmente, encuentro un tanto demasiado voluminoso el mentón en esta novedosa reconstrucción digital, cuyo acercamiento estructural ha de tener sin duda sus aciertos. De todas maneras, cómo saberlo... síguese tratando de Bolívar: un espíritu que quizás hubiera escapado incluso a las cámaras...


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Xavier Padilla


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