El necrofílico discurso de Trump: El uso de los sentimientos

Miércoles, 25/02/2026 06:21 AM

Hay una imagen que debería quedar grabada en la memoria colectiva: un hombre de 78 años, frente al Congreso de los Estados Unidos, leyendo de un teleprompter como si su vida dependiera de ello, mientras sus asesores contienen el aliento esperando el momento en que decida saltar del guión y sumergirse en el abismo de su propia divagación. Esa imagen es Donald Trump. Y lo que ofreció en su reciente discurso no fue un mensaje de estado, sino una sesión de necrofilia política: un acto de amor enfermizo por un cadáver —el de la democracia— al que intenta reanimar mediante electrochoques retóricos y mentiras piadosas.

El espectáculo comenzó, como siempre, con una contradicción que los comentaristas políticos prefieren ignorar por temor a sonar quisquillosos. Durante años, Trump se burló de Barack Obama por su dependencia del teleprompter. "Tenemos un presidente teleprompter", decía en 2015, con esa sonrisa de suficiencia que tan bien le funciona con su base. Ironías del destino: hoy, el mismo hombre que arrojó un teleprompter desde un escenario en 2016 —rompiendo el cristal frente a una multitud eufórica— no puede articular una sola frase coherente sin la asistencia tecnológica de un operador que debe navegar sus "acrobacias oratorias" como si pilotara un avión en plena tormenta.

El operador de teleprompter de Trump, Gabe Pérez, contratado después de una búsqueda en Google, tiene probablemente el trabajo más ingrato de la Casa Blanca. Debe sincronizar el flujo errático de una mente que salta de los molinos de viento a Hannibal Lecter, de las lanchas de la Armada a los aranceles chinos, y esperar que al final todo "vuelva a unirse brillantemente", como Trump promete con esa mezcla de autocomplacencia y delirio que sus asesores llaman "el tejido”. Los profesores de inglés, dice Trump, le han asegurado que ese estilo es "lo más brillante que jamás han visto”. Uno sospecha que esos profesores deben existir en la misma realidad paralela donde los aeropuertos fueron ocupados durante la Guerra de Independencia.

La Farsa del Pacificador

Pero vayamos a lo sustancial. Trump se presentó ante el Congreso como el gran pacificador, el hombre que detendrá las guerras, el estadista que traerá la paz al mundo. La audiencia, disciplinada, estalló en aplausos. Sin embargo, basta un mínimo ejercicio de memoria para desmontar esta farsa. Durante su primer mandato, Trump ordenó ataques con aviones no tripulados que mataron civiles en Somalia, Yemen y Afganistán; aumentó los bombardeos en Siria; y amenazó con "fuego y furia" a Corea del Norte. Su legítimo derecho a la autodefensa se convirtió en una licencia para la agresión selectiva, siempre envuelta en el lenguaje del patriotismo. No hace falta mencionar Gaza, ni Ucrania, menos Venezuela. La libertad y la Paz del siglo XXI.

El momento más grotesco de la noche llegó cuando Trump justificó el uso de la fuerza contra lanchas "narcotraficantes" venezolanas. "Estados Unidos no permitirá que los narcoterroristas amenacen nuestras costas", dijo, mientras las cámaras enfocaban su rostro congestionado por la gravedad del momento. Lo que omitió mencionar es que esas lanchas patrullan en aguas territoriales venezolanas en defensa de la soberanía nacional, y que el verdadero saqueo de los recursos de Venezuela no ocurre en alta mar, sino en las juntas directivas de Chevron y ExxonMobil, que durante décadas extrajeron petróleo con la complicidad de gobiernos títeres.

Hablando de petróleo: el discurso de Trump incluyó una referencia apenas velada al robo de los 80 millones de barriles que alguna vez pertenecieron al pueblo venezolano. Con la desfachatez que lo caracteriza, Trump presentó este despojo como un acto de justicia, como si los recursos de una nación soberana fueran botín de guerra esperando a ser recolectado. Analistas geopolíticos han señalado que la política exterior de Trump hacia Venezuela no es más que una extensión de su filosofía empresarial: tomar lo que se pueda, cuando se pueda, y presentarlo como un triunfo. La diferencia es que las empresas tienen balances; los países tienen historia. Y la historia recordará que mientras Trump hablaba de libertad, sus aliados cargaban buques con el oro negro venezolano.

La Fantasía Económica

Llegamos ahora al núcleo del problema: la manipulación de los datos económicos. Trump desplegó ante el Congreso un catálogo de cifras que, sometidas al más mínimo escrutinio, se desintegran como azúcar en agua.

Hablemos del desempleo. Trump afirmó que su administración ha creado "millones de empleos" y que las tasas de desocupación están en mínimos históricos. Lo que no dijo es que estos empleos son, en su mayoría, de baja calidad, con salarios estancados y beneficios recortados. El Washington Post ha documentado cómo las promesas de reactivación industrial se han traducido en precarización laboral. Los trabajadores que celebran tener empleo descubren pronto que ese empleo no alcanza para pagar el alquiler.

La riqueza de los hogares, otro de sus caballitos de batalla. Trump habló de fortunas en aumento, de ahorros acumulados, de 401(k) engordados como pavos de acción de gracias. La realidad: el 1% más rico de la población ha capturado la abrumadora mayoría de las ganancias, mientras la clase media ve cómo sus ingresos apenas mantienen el paso de la inflación. Las familias que ahorraron durante la pandemia hoy ven esos ahorros devorados por el aumento del costo de vida.

La inflación —ese fantasma que Trump atribuye a la herencia recibida— sigue castigando los bolsillos más humildes. Los alimentos, los servicios, los seguros médicos, los impuestos municipales y estatales: todo sube. Trump prometió reducir el costo de las viviendas, pero los pagos hipotecarios se han disparado. Las tasas de interés, lejos de bajar, mantienen a millones de familias atrapadas en alquileres abusivos.

Y hablemos de salud. Trump revivió su vieja promesa de un "plan sanitario fantástico" que reemplazaría al Obamacare. Lleva ocho años prometiéndolo. El plan nunca llega. Mientras tanto, las aseguradoras privadas —generosos donantes de su campaña— se frotan las manos. Las primas suben, la cobertura empeora, y los estadounidenses enferman y mueren endeudados.

El Hombre Detrás del Telón

Lo más inquietante de todo esto no es lo que Trump dice, sino lo que revela sobre su estado cognitivo. Sus médicos, incluidos algunos en Fox News, lo defienden con argumentos que rozan el ridículo. El doctor Marc Siegel, analista médico de la cadena, aseguró que Trump "no usa teleprompter" y que "habla claramente" de una manera que "hipnotiza" a la audiencia. La realidad es tozuda: Trump usa teleprompter constantemente. Y cuando se desvía del guión, el resultado es un torrente de incoherencias que sus propios colaboradores intentan maquillar llamándolo "estilo conversacional".

Tim O'Brien, biógrafo de Trump, ha advertido: "Su capacidad está degradándose. Su habla es más lenta, su mente más lenta, se cansa al final del día”. Las imágenes hablan por sí solas: las manos amoratadas, la hinchazón en los tobillos, la mirada perdida cuando el teleprompter se detiene. Es el espectáculo de un hombre que envejece ante las cámaras, mientras su equipo de comunicación trabaja contrarreloj para convencernos de que todo está bajo control.

Los investigadores de Team Populism han documentado algo fascinante: Trump solo suena populista cuando lee un guión escrito por Stephen Miller o sus asesores. Cuando habla sin teleprompter, desaparece la retórica del "pueblo" y emerge el verdadero Trump: el narcisista que habla de sí mismo, de su equipo, de sus logros, incapaz de articular una visión colectiva. Es, como lo definen los académicos, un "telepopulista": un producto de laboratorio, un Frankenstein discursivo armado por asesores que conocen las palabras mágicas para encender a las masas.

Conclusión: La Necrofilia del Poder

El discurso de Trump ante el Congreso no fue un mensaje de estado. Fue un ejercicio de manipulación emocional, una coreografía macabra donde un hombre intenta convencernos de que el cadáver de la democracia todavía respira. Habla de paz mientras justifica la agresión. Habla de libertad mientras saquea naciones. Habla de prosperidad mientras sus políticas enriquecen a los poderosos y empobrecen a los débiles.

Lo más trágico es que funciona. Millones de estadounidenses escuchan sus palabras y ven reflejadas sus propias angustias. Trump entiende, mejor que cualquier analista político, que los sentimientos no necesitan datos para ser reales. El miedo, la rabia, la nostalgia —esas son las emociones que mueven el mundo. Y él las explota con la precisión de un cirujano.

Pero los datos están ahí, esperando a ser rescatados del olvido. El desempleo real, la inflación silenciosa, los hogares endeudados, los enfermos sin cobertura, los jóvenes sin futuro. Esa es la verdad que ningún teleprompter puede ocultar. Trump puede leer todas las mentiras que sus asesores escriban, puede pronunciarlas con la entonación perfecta, puede incluso hacer que suenen creíbles. Pero al final, la realidad siempre encuentra la manera de imponerse.

Mientras tanto, nosotros, los que aún creemos en los hechos, debemos seguir contando la historia completa. No por afán de polemizar, sino por simple honestidad intelectual. Porque si dejamos que la necrofilia política se apodere del debate público, entonces sí, habremos perdido algo más que una elección: habremos perdido la capacidad de distinguir entre un discurso y un epitafio.

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.

 

Nota leída aproximadamente 251 veces.

Las noticias más leídas: