El cortinaje político

Martes, 10/02/2026 12:01 PM

Apenas ofrece dudas, para quienes siguen el relato oficial, que este país europeo, bien conocido en el ámbito del turismo, pasa por una fase de progreso, casi desbocado, con libertades a discreción y derechos en abundancia, tomando como modelo de referencia el guion marcado por la conocida Agenda. Pese a la euforia, podría decirse, sin temor a exagerar, que el producto en cuestión, trasladado al terreno real tiene escasa consistencia, porque su progreso solamente se concreta en unos pocos grupos, un puñado de ocurrencias llamadas políticas, divulgadas como propaganda dirigida a los creyentes y, fundamentalmente, para mayor negocio de los avispados. Sin embargo, hay interés en promocionarlo a todos los niveles, tratando así de dar relevancia a la política del momento. Por eso, los más señalados dirigentes políticos se han impuesto la tarea de convertirse en adalides de los derechos, las libertades y las causas nobles en el foro mundial. Aunque, en realidad, buscando darse a conocer personalmente en los espacios internacionales, porque da cierto caché al personaje y permite gozar de la protección de esos discretos superiores jerárquicos situados en la cúpula del escalafón de mando. Habría que matizar que tal nivel de valía personal probablemente apenas podría publicitarse, por cuanto los nuevos productores del oficio de mandar suelen andar escasos de esa amplitud de conocimientos que exhiben. Sin embargo, ese posible defecto de erudición se obvia por la aportación de los cientos de asesores de prestigio y algunos arribistas encargados de conducirlos por el camino que se tiene por acertado. Al margen de florituras, propias de los altos conciliábulos, la política más cercana no es tan altruista como predican sus representantes más sonados y está dedicada a algo tan banal como a dar bombo a los supuestos aciertos públicos, más bombo a los desaciertos del contrario y mucho cortinaje para tapar vergüenzas. Con lo que buena parte de la actividad viene ser una especie de comedia representada en un escenario con abundante atrezo y un prolífico juego de cortinas, dispuestas para desplegarse cuando lo requieren las circunstancias, a fin de ocultar lo escatológico y dejar a la vista solamente sus llamativos colores. Así las cosas, por aquí, todo va bien o, al menos, lo parece.

El protocolo de actuación en el teatro político responde a seguir en lo posible el modelo de lo woke importado, cumpliendo fielmente el mandato de la alta jerarquía foránea, con la finalidad de dar mayor negocio al mercado, siguiendo un sistema partitocrático de apariencia, rendido ante la empresocracia. Al personal de a pie —los vasallos de las elites de circunstancias, pero también llamados ciudadanos— se les sirve entretenimiento, virtualidad y mucho espectáculo, procurando con ello adormecerlos, ocultando lo más desagradable echando mano del cortinaje. Todo resulta casi bonito, pero si se aparta el oropel que se sirve al usuario para deslumbrarle, resulta que en cuanto al país, como país, va de capa caída, pese al turismo, las puertas abiertas, las inversiones de los especuladores que aspiran a llevarse lo que queda, su economía boyante de pacotilla, su burocracia dirigida por conductores sin carnet que llevan la locomotora a través de raíles obsoletos para soportar el trajín, a la espera de lo previsible. Ante tal situación, los que montan el espectáculo de feria, están preparados para, antes de que el tren descarrile, arrojar a terreno mullido el equipaje y saltar en marcha. Poco más que añadir sobre el negocio político a la usanza —los medios ya lo dicen todo—, salvo que se trata de alimentar el ocio y la virtualidad generalizada, debidamente sazonados con los aditivos correspondientes, para que los usuarios crean en sus bondades. Ante los desagradables imprevistos, basta con desplegar la cortina para la ocasión y taparlos, aprovechando para sacar a escena los desaciertos del rival, con la finalidad de que prosiga el espectáculo como si no pasara nada. El problema surgiría si se mirara detrás de las cortinas que se despliegan para cada ocasión, porque estropearía el gran negocio montado por locales y foráneos a cuenta de los que construyeron este país, un día soberano, hoy colonia de la otra colonia del imperio. En el mundo real, el uso de las cortinas sería un simple parche, puesto que no impediría que el mal olor de fondo se expandiera, pero en un mundo virtual resulta una alternativa viable porque allí no se percibe el olor.

Pese al trasiego de cortinas que se corren un día sí y otro también para dejar en buen lugar la ineptitud de quienes ha colocado en su puesto de privilegio los señores del gran capital, auxiliados por las modernas estrategias de manipulación del voto, el pueblo llano no se deja engañar del todo por el decorado, también intuye ese olor nauseabundo del otro lado de la cortina. No obstante, se ha resignado a aceptar el panorama que se le ofrece, porque es pragmático y tiene el convencimiento de que no hay solución a la vista, por eso se dedica a disfrutar del espectáculo, en tanto el país se va derrumbando bajo el peso de tanto progreso progresista, lo que se traduce en retroceso social sin freno, incluso con escudo de protección. En este ambiente reinante, los elegidos, esos que se declaran anticapitalistas políticos de boquilla, viven, tras su particular cortina de ocultación, como capitalistas de bolsillo. A la vista, diluido el nativo del país entre la multitud de foráneos que acuden a su tierra respondiendo a la llamada del bien-vivir del mercado —al que contribuyen las generosas ayudas públicas y otros complementos para los recién llegados—, resulta que ha perdido su identidad, no es nadie, un vulnerable sin carnet, una anécdota del pasado. En este maremágnum, agobiado por los grupos de privilegiados surgidos para la ocasión, el común ciudadano solo es un número más de la manada que marcha al son del cencerro que tocan los sumisos mandatarios de aquellos otros, los que en realidad manejan el negocio económico, político y social. Mas, cuando entra en acción el cortinaje para ocultar lo desagradable, sacando a escena las otras vergüenzas de los rivales en el negocio, a la vista del nuevo espectáculo montado, resulta que todo parece seguir en orden para los mandantes, dispuestos a continuar en sus cargos hasta que los grandes jefes les envíen al paro.

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