¿Futuro sin conciencia en las Universidades experimentales?

Miércoles, 25/02/2026 06:19 AM

En las Universidades Experimentales no hay excusa, si se falla en la filosofía educativa o en la gestión rectoral, no se puede denunciar al imperialismo, pues es el Estado el que designa a los Ministros y Rectores.

Si las Universidades Experimentales sucumben al pragmatismo individualista, la responsabilidad es de la gestión que, teniendo el mandato de formar conciencia bolivariana, elige calcar modelos ajenos. No se puede culpar al imperialismo por la erosión ética cuando los rectores y ministros, designados por el Estado, permiten que la educación se despoje de su alma humanista, soberana y social.

El fenómeno que hoy observamos en las instituciones de educación, particularmente en las llamadas universidades experimentales, no es un accidente experimental, sino un traspaso ideológico que amenaza con amputar la conciencia histórica de la juventud que estudia ahí. Bajo el manto de la modernización y la eficiencia, se ha comenzado a importar de manera acrítica el modelo educativo estadounidense, una estructura diseñada para producir engranajes técnicos, pero políticamente inertes. Esta transición de una formación humanista y bolivariana hacia un pragmatismo tecnocrático representa el triunfo de la libertad negativa sobre la libertad republicana, transformando la universidad en una oficina de certificación de empleados para la maquinaria empresarial, en lugar de ser el taller donde se forja la soberanía nacional.

El modelo educativo del norte se fundamenta en la atomización del conocimiento y del individuo. En sus aulas, la educación no es un proceso de liberación social, sino una inversión privada cuyo único retorno esperado es el éxito económico personal. Al priorizar las competencias técnicas inmediatas y el utilitarismo, se desplazan las humanidades, la filosofía y la historia de Venezuela, hacia la periferia del currículo, tratándolas como adornos o como obstáculos para la productividad. El resultado es un estudiante que domina la herramienta pero desconoce el propósito de su uso; un profesional que puede optimizar un proceso industrial o financiero, pero que es incapaz de cuestionar si ese proceso sirve al bienestar de su pueblo o a la acumulación de un capital lejano. Se está gestando un "futuro sin conciencia", donde el joven se siente más parte de un mercado global que hijo de una tierra con historia. 

Este desplazamiento de la formación bolivariana es especialmente peligroso porque el ideario del Libertador exige, ante todo, un sujeto con pensamiento. Para Bolívar, la moral y las luces eran los polos de una República, entendiendo que la técnica sin humanidad es tiranía. Sería una ciencia sin patria. La educación pragmática estadounidense, en cambio, entrena al individuo para la competencia, inoculando la idea de que el éxito es un mérito solitario y el fracaso una culpa individual. Esta narrativa borra la noción del colectivo y de lo social, creando sujetos que, aunque posean altos niveles de instrucción, están huérfanos de sociedad.

La patria, en el sentido bolivariano, no es solo un territorio, sino un proyecto de vida común, un matrimonio. Cuando el estudiante solo busca "su" éxito, la patria se convierte en un estorbo para su movilidad global, perdiendo el arraigo que trae la defensa de la soberanía.

En las universidades experimentales, esta tendencia se manifiesta en la obsesión por el emprendimiento despojado de contexto social y en la tecnificación del saber. Se quiere enseñar a emprender para sobrevivir en el mercado, pero no a superar la miseria o la dependencia tecnológica. El egresado se convertirá en un mercenario del talento, dispuesto a vender su capacidad al mejor postor, sin importar si su trabajo contribuye a la consolidación de transnacionales que devoran las identidades nacionales. Es una democracia al revés aplicada al intelecto, se privatiza el conocimiento adquirido por el esfuerzo colectivo de la sociedad. Si no recuperamos la centralidad de la formación humana y la ética del bien común, estaremos entregando las llaves del futuro a una generación que sabrá cómo hacer las cosas, pero habrá olvidado para qué y para quién debe hacerse.

La educación debe activar la conciencia de que somos parte de una historia, una lucha por la libertad plena que no se agota en un contrato laboral, sino que se realiza en el servicio a la nación y en el reconocimiento del otro como un igual en dignidad, en un hoy cuando estamos más acosados y en peligro que nunca.

La propuesta que hacemos, de un Rectorado Colectivo, es una alternativa universitaria para romper la estructura jerárquica vertical, herencia del modelo colonial y feudal que aún sobrevive en la academia y desde donde se impulsa esa propuesta educativa norteña. Al sustituir el personalismo por un desarrollo del cuerpo colegiado, presentes en las universidades, formado por docentes, se democratiza el saber y se blinda la institución contra las pifias de la gestión individual. 

Y ante las fallas inevitables, la reflexión sistemática colectiva se impondrá y estarán más cercanos al cuerpo universitario docente e intelectual para reforzarse. Es la aplicación práctica de la libertad republicana, el gobierno colectivo universitario para garantizar que la universidad sirva al pueblo y no a intereses solo individualistas. Universidad centrada en la sociedad y no solo en el individuo.

 

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