La historia contemporánea nos ha colocado en una encrucijada donde la nostalgia y el dogmatismo ya no son brújulas válidas. Para los humanistas, marxistas y luchadores sociales, el desafío no es repetir consignas del pasado, sino descifrar el presente para construir el futuro. A pesar de las amenazas de EEUU contra Venezuela, y deseo de cambiar el régimen político y económico que nos hemos dado la mayoría de los venezolanos, el objetivo sigue siendo una sociedad universal justa, pero el camino para alcanzarla exige una lucidez estratégica sin precedentes.
Es imperativo distinguir entre el "Socialismo del Siglo XXI" como una etiqueta estática y el socialismo en el siglo XXI como un proceso vivo. La diferencia no es semántica, es política. Mientras que el primer término a menudo se ve atrapado en debates teóricos o en la nostalgia del modelo soviético, el segundo nos obliga a una adaptación constante a los fenómenos actuales. Es lo que está ocurriendo en Venezuela.
Hoy, la "revolución pura" es una quimera sectaria que solo beneficia a las fuerzas opositoras a las que podemos llamar "conservadoras", no de principios, sino de intereses. Nuestra táctica debe subordinarse a la idea de una sociedad, justa, equilibrada, participativa y protagónica, de un estado de derecho, justicia y social desarrollando un "juego propio" que rompa con los marcos mentales impuestos por el adversario, tal como sucede ahora, donde ellos (la oposición, desubicada de contexto, trata de pescar en rio revuelto). No se trata de defender un término como si fuera un tótem sagrado, sino de aplicar los principios de justicia y equidad a las realidades tecnológicas, climáticas y sociales de nuestra era.
En el caso de Venezuela, la narrativa neoliberal intenta divorciar la soberanía de la cotidianidad, bajo la falacia de que "la soberanía no se come". Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario: sin soberanía no hay recursos para el bienestar.
Venezuela enfrenta un asedio criminal diseñado en los centros de poder de Occidente. El bloqueo económico y las sanciones no son errores de cálculo, sino herramientas de un modelo neocolonial que busca recuperar el control sobre los recursos naturales. La "libertad" que promete y sus lacayos es, en esencia, la libertad de las corporaciones estadounidenses para explotar el crudo venezolano. Como lo entendió Ibrahím Traoré en Burkina Faso, la verdadera independencia radica en el control real sobre los beneficios de la riqueza nacional. La soberanía es la premisa indispensable para cualquier cambio social sostenible.
El mundo asiste al surgimiento de un nuevo orden. El bloque de los BRICS, a pesar de sus heterogeneidades, representa un desafío al capitalismo estatal y al neoliberalismo "motosierra" de figuras como Javier Milei. Mientras Occidente se sumerge en una crisis de representatividad y recurre a políticas de corte fascista para mantener su hegemonía, nuevos polos de poder ofrecen alternativas de crecimiento que, aunque no estén exentas de contradicciones, rompen el monopolio del dólar y el saqueo financiero.
La agresividad de las élites occidentales —que no descartan una guerra a gran escala para un nuevo reparto global— es síntoma de su incapacidad de regeneración. Frente a este panorama, Venezuela no es un actor aislado, sino un bastión de resistencia que conecta con una transformación global inevitable.
La urgencia del momento nos obliga a abandonar la búsqueda de la pureza ideológica absoluta. En una lucha por la supervivencia de la humanidad y el planeta, es necesario cerrar filas con aliados coyunturales. La unidad de las fuerzas progresistas y sociales debe ser amplia; el sectarismo es hoy un lujo que no podemos permitirnos.
Es justo reconocer que procesos como el venezolano han cometido errores. La autocrítica es vital. Sin embargo, no se debe confundir el error humano o administrativo con la deshonestidad política. La intención de construir un modelo distinto al "macabro modelo neoliberal" es un acto de honestidad colectiva que merece ser defendido. Los errores del PSUV o de otros movimientos no son la causa primaria de las carencias, sino el resultado de un país bajo ataque permanente: sabotajes, golpes de Estado, bloqueos y terrorismo financiero.
Nosotros los revolucionarios estamos claros: luchamos por una sociedad libre de desigualdades. Para llegar a ella, debemos dejar de jugar en el tablero diseñado por el neoliberalismo. Venezuela, con su resistencia y sus recursos, está en el epicentro de esta batalla. El futuro no está escrito; dependerá de nuestra capacidad de ser pragmáticos en la táctica (manera de hacer las cosas), pero inamovibles en los principios. El socialismo en el siglo XXI será soberano, diverso y amplio, o no será.