El psicoterror de la intervención sobre Venezuela

Martes, 10/02/2026 11:56 AM

Hay que entender que el ataque a Venezuela estuvo dirigida a crear y sostener el "psicoterror" como la táctica inmediata, el asalto a la mente y al espíritu de la población y el pueblo, intentando doblegar la voluntad de un país mediante la angustia y el cerco. Con ello se auspiciaba y establecía la gravedad e intenciones del agresor.

Se busca generar la reacción visceral para intentar quebrar la columna vertebral de una sociedad a través del miedo inducido y la angustia planificada. Es el inicio de la agresión contemporánea, donde el campo de batalla es la mente del ciudadano.

Por ello La intervención de Estados Unidos en Venezuela no puede entenderse únicamente a través de la ocupación territorial o el despliegue de tropas, sino como un laboratorio avanzado de "psicoterror" y guerra cognitiva. En este contexto, la agresión trasciende lo material para instalarse en la psique colectiva, utilizando el miedo, la incertidumbre y la angustia como armas de control social. Este fenómeno se manifiesta en una estrategia de presión multidimensional donde las sanciones económicas no buscan simplemente "asfixiar la economía", sino —en palabras de los propios estrategas del Departamento de Estado— "hacerla gritar" para que ese grito resuene en la mente del ciudadano común, quebrando su voluntad y su sentido de normalidad. El psicoterror opera aquí como una herramienta de desestructuración emocional que busca convertir la vida cotidiana en un campo de batalla invisible, donde cada carencia, cada apagón y cada rumor de invasión se transforman en un proyectil psicológico.

Bajo esta lógica, la narrativa de la Casa Blanca y sus adeptos regionales ha construido un asedio simbólico permanente. La difusión masiva de imágenes de portaviones y submarinos nucleares en el Caribe, acompañada de discursos que invocan castigos casi bíblicos o "la ira de Dios", busca generar una sensación de indefensión total. Este es el punto donde la política se mezcla con el misticismo judío; se intenta proyectar la imagen de un poder omnipotente e ineludible que puede decidir el destino de millones con solo un decreto. El psicoterror se alimenta de la vulnerabilidad; utiliza los medios hegemónicos y las redes sociales para saturar el entorno de predicciones catastróficas, promoviendo un estado de ansiedad crónica que paraliza la capacidad de respuesta política racional.

En Venezuela, la intervención ha tomado la forma de un asalto a la tranquilidad, donde el objetivo estratégico es que el pueblo interiorice la derrota antes de que ocurrieran los disparos y bombazos, ablandarlo de tal manera en su disposición de aceptar cualquier desenlace que busque los Estados Unidos y sus monarquías, religiosos, judíos ritualistas e imperios acompañantes, que no luchan por la democracia o la libertad quieran imponer.

Estados Unidos ha alterado la estructura del sistema capitalista, para priorizar la visión de interés estamental. Para la burguesía, la democracia no es un valor moral, sino la infraestructura necesaria para su dominio; si esa infraestructura se rompe o se comparte con clases pre-capitalistas con intereses arcaicos, el sistema entero entra en una tensión que afecta su eficiencia y su supervivencia.

Con este caso de psicoterror geopolítico, demuestra que la guerra contemporánea ha mutado hacia la "conquista de las mentes" por lo que prepararse para la soberanía y la defensa de las naciones pobres y débiles implica dedicar grandes esfuerzos para fortalecer su capacidad emocional que le permita resistir estos ataques contra la psique. Es un trabajo necesario en estas circunstancias.

Al atacar las bases de la convivencia y la seguridad mental de la población, Estados Unidos busca que la sociedad venezolana se fragmente desde adentro. Sin embargo, este experimento ha encontrado una resistencia inesperada en la memoria histórica y la cohesión social.

A pesar del bombardeo cognitivo constante y del cerco económico, la identidad nacional ha servido como un escudo frente a la neurosis inducida desde el exterior. Lo que Washington parece no comprender es que, cuando el psicoterror se vuelve cotidiano, la población desarrolla una inmunidad psicológica que transforma el miedo en indignación y la incertidumbre en una voluntad de resistencia. En última instancia, Venezuela se mantiene como el testimonio de un pueblo que, frente a la maquinaria más sofisticada de terror psicológico del siglo XXI, ha decidido que su soberanía mental no está en venta ni bajo subasta imperial.

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