Si existen pueblos en
el mundo que necesiten de una atención psicológica urgente, profunda
y a gran escala; una misión revolucionaria que pudiéramos definir
como "Misión Humanización", estos serian los azquenazis
o europeos (alemanes, británicos, rusos, polacos, etc.) de religión
judía (los jazares).
No nos equivocamos cuando
decimos que la mayor hazaña del sionismo ha sido el haber utilizado
a la religión judía para enajenar a esos pueblos, segregarlos de todas
las sociedades en donde ellos se desenvuelven -creándoles una conciencia
de “superioridad racial” frente a los demás pueblos-, y transformarlos
en instrumento para la dominación de otros pueblos. El sionismo es,
sin lugar a duda, la ideología más acabada de la decadente sociedad
burguesa europea de religión judía; de los capitalistas europeos,
y la filosofía de la miseria humana.
Niños israelíes
haciendo “dedicatorias” sobre las bombas que fueron empleadas para
masacrar a otros niños en el Líbano.
Gilad Atzmon, intelectual,
músico saxofonista de jazz y firme defensor de la causa palestina,
quien es de origen religioso judío y de ascendencia rusa, nacido en
la Palestina ocupada (Israel), ex-soldado del ejército israelí -experiencia
que le permitió comprender, según él, gracias a sus observaciones
y su consciencia, de que vivía en tierras palestinas, razón que lo
llevó a buscar residencia en Londres-, Atzmon, filosofo también, es
quizás la persona que mejor describe el comportamiento racista y clasista
del “pueblo elegido” por haber sido parte de ellos. En uno de sus
últimos artículos publicado en la página web: Rebelion.org, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=67428 titulado: Anatomía de un desdoblamiento
mental no resuelto en el “pueblo elegido”
(La esquizofrenia de ser al mismo tiempo David y Goliat en Israel).
En él, nuestro aludido autor nos devela con profundas, pero breves
palabras, lo que sucede en las mentes enajenadas del judío sionizado.
Veamos en algunos extractos de su artículo lo que nos dice Atzmon:
“Según
Hegel, para alcanzar la “conciencia de sí mismo” es necesaria la
participación del “otro”. ¿Cómo soy consciente de mí mismo?
Pues, por ejemplo, mediante el deseo o la cólera. A diferencia de los
animales, que resuelven sus necesidades biológicas destruyendo otra
entidad orgánica, el deseo humano es un ansia de
reconocimiento (...) El hombre que desea humanamente una cosa no actúa
tanto para poseer la cosa como para lograr que otro reconozca su derecho
(...) Si seguimos esta línea hegeliana de pensamiento, podremos deducir
que, para alcanzar la “conciencia de sí
mismo”, uno debe considerar a los demás. Mientras que una entidad
biológica lucha por su continuidad biológica, un ser humano lucha
por el reconocimiento...
Para
comprender las implicancias prácticas de esta idea, veamos ahora la
“dialéctica del amo y el esclavo”. El amo lo es porque lucha por
demostrar su superioridad sobre la naturaleza y sobre el esclavo, el
cual se ve obligado a reconocerlo como amo.
A
primera vista, parece como si el amo hubiese llegado a la cima de la
existencia humana pero, tal como se verá, no es así. Acabo de decir
que los seres humanos luchan por el reconocimiento. El esclavo reconoce
al amo como tal, pero el reconocimiento del esclavo tiene poco valor.
El amo quiere que lo reconozca otro hombre, pero un esclavo no es un
hombre. El amo quiere que lo reconozca un amo, pero otro amo no puede
admitir en su mundo a otro ser humano superior.
“En pocas palabras, el amo nunca consigue su objetivo, el objetivo
por el que arriesga su propia vida”. De manera que el amo está en
un callejón sin salida. Pero ¿y el esclavo? El esclavo se encuentra
en un proceso de transformación, pues a diferencia del amo, que no
puede ir más allá, él sí puede aspirar a todo. El esclavo está
en la vanguardia de la transformación de las condiciones sociales en
que vive. El esclavo es la encarnación de la historia, la esencia del
progreso.
Intentemos
ahora aplicar la dialéctica original hegeliana del amo y el esclavo
a la noción judía de “pueblo elegido” y de exclusividad. Mientras
que el “amo” hegeliano arriesga su existencia biológica para convertirse
en amo, lo único que arriesga el niño judío recién nacido es su
prepucio: nace en el ámbito del dominio y la excelencia sin haber destacado
(aún) en nada. El “otro” le otorga prestigio sin el requisito de
ningún proceso de reconocimiento. De hecho, se supone que es Dios (no
el “otro”) quien otorga el título de
“elegido” a los judíos.
Mientras
que está muy claro que el pueblo palestino está luchando por el reconocimiento
y lo declara a la menor oportunidad, los israelíes lo soslayan por
completo, pues están convencidos de dicho reconocimiento, saben quiénes
son: los amos que viven en su “tierra prometida”.
Según
Hegel, el reconocimiento es un proceso dinámico, un saber que crece
en el interior de uno mismo. Mientras que los palestinos utilizan los
limitados recursos de que disponen para que los miren a la cara, a los
ojos, para conducir a los demás a un proceso dinámico de reconocimiento
mutuo, los israelíes esperan que los demás acepten ciegamente su discurso.
Esperan que los demás cierren los ojos ante el hecho evidente de que,
en Oriente Próximo, Israel es un agresor como ningún otro;
un superpoder regional de ocupación; un Estado diminuto que utiliza
armas nucleares, biológicas y químicas; un Estado de apartheid racialmente
orientado que intimida y abusa de sus minorías a diario.
(…)¿Por
qué razón la política judía se ha vuelto más agresiva que cualquier
otra? Pues sencillamente porque desde la perspectiva política judía
el “otro” no existe. Para el sionismo, el denominado
“otro” es un objeto de uso, no un prójimo. Las relaciones internacionales
israelíes y la actividad política judía
sólo se entienden si se tiene en cuenta una grave ausencia del
“mecanismo de reconocimiento”.
El
tribalismo mental sionista sitúa a los judíos fuera de la humanidad,
no equipa a sus seguidores tribales con el mecanismo mental necesario
para reconocer al “otro”. ¿Por qué lo haría, si le ha ido tan
bien así a lo largo de los años? La ausencia de la noción del
“otro” trasciende cualquier forma reconocida de pensamiento humanista
y sitúa a quien la padece fuera de la ética o la moral: desprovisto
de moral, cualquier debate sionista se reduce a una simple lucha política
con objetivos materiales y prácticos concretos por los que luchar.
Hegel
puede iluminar todavía más esta saga. Si uno es consciente de sí
mismo a través del “otro”, el
“sujeto elegido” es entonces autoconsciente. Pero los israelíes
ya eran amos al nacer. Por eso, como nacieron siendo amos, no practican
ninguna forma de diálogo con el entorno humano que los rodea. Si he
de ser justo con ellos, admitiré que su ausencia de mecanismo de reconocimiento
no tiene nada que ver con sus sentimientos antipalestinos. En realidad,
los israelíes ni siquiera se reconocen entre sí, como lo demuestra
su larga historia de discriminación en el interior de su propio pueblo
(los sefarditas, originarios de la península Ibérica y del norte de
África, sufren discriminación a manos de la elite judía, de origen
centroeuropeo).
Bajo este enfoque desarrollado
por Gilad Atzmon, es posible poder entender las razones de fondo de
la indiferencia e indolencia con que el ejército israelí ha ejecutado
masacres en Palestina y el Líbano, y la complicidad de los israelíes
(judíos) ante semejantes barbaries. El desconocimiento del otro y el
racismo son el pecado; la manzana del Edén de la burguesía judía.
El xenofobia y el racismo
ha sido, históricamente, los sentimientos inducidos y mejor explotado
por la burguesía de todos los tiempos para mantener intacto el sistema
de dominación. El sionismo es, sin lugar a duda, el actual y mayor
exponente del racismo en el mundo (-reconocidos como tal por Naciones
Unidas, ONU, en 1975, bajo la resolución N° 3379, que equiparaba al
sionismo con el racismo-).
Es muy cotidiano escuchar
a supuestos representantes religiosos de la comunidad judía (Rabinos)
y líderes políticos proferir consignas cargadas de un visceral racismo
y segregacionismo en contra de otro pueblo también semita, como lo
es el pueblo árabe palestino. Para muestra algunos ejemplos:
Por la sabia iniciativa
de un grupo de integración conformado por ateos, musulmanes y judíos,
de crear escuelas en donde estudien juntos palestinos y hebreos, el
rabino David Bazri señaló públicamente lo siguiente:
"El
establecimiento de una escuela de este tipo sería terrible, una acción
lamentable. No se pueden mezclar la pureza y la inmundicia. Ellos son
una enfermedad, un desastre, un demonio. Los árabes son como los burros
y la pregunta es ¿Por qué Dios no los creó caminando a cuatro patas?
La respuesta es, porque tienen que trabajar y lavarse. No tienen un
lugar en nuestra escuela".
El hijo de este rabino,
cuyo nombre es Itzhak Bazri, también rabino, comparó al pueblo Ismaelita
(palestinos) con los burros y dijo:
"los
árabes son inferiores. ¿Qué es lo que quieren? Tomar a nuestras hijas.
Dicen que somos racistas, ellos son el demonio, son crueles, asquerosos
como las serpientes. Existe la inmundicia y existe la pureza y ellos
son inmundos".
Golda Meir, judía de
origen Ucraniana, ex-primera ministra del Estado criminal israelí,
no tuvo la menor compasión ni dolencia de las repercusiones de sus
palabras y políticas genocidas cuando manifestó lo siguiente:
“No sólo
la matanza era justificada, sin ello no se hubiese construido el Estado
de Israel. Los palestinos son bestias que caminan en dos patas”.
Menachem Begin. Polaco,
fue más claro, cuando dijo:
“Nosotros
debemos matar a los palestinos, a menos que ellos acepten vivir como
esclavos”.
¿Por qué el sionismo
es la ideología más acabada de la sociedad burguesa?
La creencia de la “superioridad
racial” y la necesidad de dominación y sometimiento de otros pueblos
de la sociedad burguesa y del sistema capitalista enajenante,
envuelve bajo su raciocinio a todas las sociedades, religiones y culturas,
el egoísmo. La explotación del hombre por el hombre y el racismo es
la cultura aberrante legada a nuestros pueblos por esta decadente sociedad.
Desde la aparición de
la moneda (oro y plata) como medio de cambio (-materialización objetiva
del capital-) que permite al hombre acumular riquezas, Jefes de tribus,
grupos familiares, etc., desde tiempos muy primitivos, por su interés
de mantener el control de sus pueblos y de apropiarse medios productivos
generadores de riquezas en constante crecimiento, hallaron en la lógica
enajenante e intimidatoria de la religión el mayor apoyo para sus fines;
el mejor instrumento coercitivo del subconsciente de los pueblos. Así
nace el judaísmo, entre otras religiones, y el sionismo en 1890 como
respuesta a las encarnadas contradicciones de la alta burguesía y la
pequeña burguesía europea, como la ideología y la filosofía avanzada
de la burguesía europea, y como una interpretación enajenante y falsificadora
de la historia pueblo europeo jazar de origen religioso judío; su miseria
religiosa.
El sionismo ha hecho
creer a los judíos de que son un pueblo superior al resto de la humanidad,
“el pueblo elegido” por su Dios el capital. Todo, por la codicia
de sus elites económicas. Pero la mejor crítica al judaísmo sionista
la realizó un europeo de origen religioso familiar judío, emancipado,
Carlos Marx, quien escribió en un artículo titulado: “La cuestión
judía”, lo siguiente:
“La necesidad
práctica, el egoísmo, es el principio de la sociedad burguesa y se
manifiesta como tal en toda su pureza tan pronto como la sociedad burguesa
alumbra totalmente de su seno el Estado político. El Dios de la necesidad
práctica y del egoísmo es el dinero
(...) El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente
prevalecer ningún otro Dios. El dinero humilla a todos los dioses del
hombre y los convierte en una mercancía”.
basemtch@yahoo.com