El imperialismo, fase monopolista del capitalismo, pretende cual tsunami barrer las conquistas económicas y sociales del pueblo de Bolívar

En las últimas décadas del siglo XIX, se manifiestan los primeros síntomas de un fenómeno de significación histórica mundial: la formación económica-social capitalista, evoluciona de una estructura regida por las leyes de la libre concurrencia hacia una estructura regida por los monopolios, sin olvidar que en uno y en otro caso, el único fin es la búsqueda de los máximos rendimientos.

El desarrollo de los monopolios podemos dividirlo en tres fases. Primera fase: los monopolios no constituyen más que gérmenes apenas visibles entre 1860 y 1880, porque lo que domina en este período es la libre competencia; segunda fase, después de la crisis de 1873 –esta crisis cíclica, a escala mundial, fue la más aguda de las ocurridas en el siglo XIX-, se aprecia un largo período de desarrollo de los cartels, pero éstos constituyen una excepción, aun representan un fenómeno pasajero; y última fase, auge de fines del siglo XIX y crisis de 1900-1903; los cartels se convierten en una de las bases de toda la vida económica. La particularidad de los cartels es que éstos se ponen de acuerdo entre sí respecto a las condiciones de venta, a los plazos de pago, etc. Se reparten los mercados de venta. Fijan la cantidad de productos a fabricar. Establecen los precios. Distribuyen las ganancias entre las distintas empresas. En pocas palabras, el capitalismo se ha transformado en imperialismo.

El imperialismo es la fase monopolista del capitalismo. En esencia, esta fase del capitalismo, no es otra cosa que el dominio del capital financiero, cuyo origen proviene de la fusión del capital bancario de algunos grandes bancos monopólicos con el capital de los grupos monopólicos industriales. Una expresión clásica de la fusión de capital bancario y de capital industrial corresponde a los Banco Chase Manhatan y Citybank con las compañías descendientes de la original Standard Oil Trust, es decir, la Standard Oil de New Jersey (conocida hoy por EXXON), la Standard Oil de Nueva Cork (hoy MOBIL), la Standard Oil de California, la Standard Oil de Indiana, la Standard Oil de Ohio (SOHIO), la Maratón, la Phillips 66 y CHEVRON. Bancos e industrias petroleras pertenecientes a la familia Rockefeller.



Imperialismo y monopolios constituyen una unidad, de dos elementos, por una parte, el económico, es decir, el capital financiero o unión del capital bancario de algunos grandes bancos monopolistas con el capital de los grupos monopólicos de industriales, y, por otra parte, el elemento político, esto es, el reparto del mundo que es el transito de la antigua política colonial, que se expandió sin obstáculos en las regiones todavía no apropiadas por ninguna potencia capitalista, a la política colonial de dominación monopolista de los territorios del globo, por parte de los países imperialistas.

En resumen, el imperialismo como fenómeno económico y político contiene cinco rasgos fundamentales: 1) concentración de la producción y del capital, de un grado tan elevado de desarrollo que ha creado los monopolios, los cuales, desempeñan un papel decisivo en la vida económica del mundo; 2) fusión del capital bancario con el industrial, creándose el capital financiero y, de éste proceso, surge la oligarquía financiera; 3) exportación de capital, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particular; 4) formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) culminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

II

Durante el último cuarto del siglo XIX, la industria capitalista se ve involucrada en una revolución técnica. Como la primera, la segunda revolución industrial modifica esencialmente la fuente de energía para la producción y los transportes. Al lado del carbón y del vapor, el petróleo y la electricidad hacen ahora girar las ruedas y las maquinarias.

La revolución industrial de fines del siglo XIX, modificó la importancia relativa de las diferentes ramas industriales en la economía mundial. Durante un siglo, el algodón y el carbón habían sido los productos más importantes. Pero ahora el acero ocupa el primer lugar, seguido inmediatamente por la construcción mecánica y la producción de automóviles. En ese momento, Gran Bretaña pierde definitivamente su preponderancia industrial y su monopolio de productividad, ya que la revolución energética favorece, sobre todo, a los Estados Unidos, porque éste poseía abundante petróleo.

En esta estructura económica-política de los países más poderosos, aparece Venezuela, como fuente proveedora de energía barata. Comenzando el siglo XX, el imperialismo, ya se había trazado como objetivo sojuzgar a la patria de Bolívar porque tenía suficiente información acerca de las inmensas riquezas de nuestro subsuelo, en especial, petróleo. Es así que Gran Bretaña, logísticamente apoyada en sus posesiones coloniales de Guayana, ocupó militarmente sesenta mil millas cuadradas de territorio venezolano, en el que subyacen invalorables yacimientos de oro, diamantes, bauxita, etc.

No sólo Gran Bretaña pretendía apoderarse de los recursos minerales de Venezuela, también pugnaba los Estados Unidos. En este sentido, la Nacional Asphalt Co., que en 1886 había absorbido la New Cork & Bermúdez Co., pretendía apoderarse de las minas de asfalto de Venezuela, a fin de librarse de la competencia y dominar a su antojo la producción y mantener el precio. Al respecto, César Zumeta le escribió al Presidente Cipriano Castro, diciéndole “Se anuncia que la Nacional Asphalt Co., se ha transado con el dueño de La Felicidad, que entra a formar parte del Trust y quedará sujeta a las mismas restricciones de la Bermúdez. Tengo confirmación privada de esta noticia, y sé además que se están negociando nuevos depósitos en esta ciudad (Trinidad). Esta lucha no nos promete sino nuevas complicaciones cada día más llenas de peligros, y el único medio de ponerle cese a tan grave abuso parece ser la adopción de una medida radical que ponga a cubierto del Trust el resto de la región bituminosa”.

En apoyo a los grupos monopólicos, se implementa, en 1901, una conjura internacional contra Venezuela, tenebrosa y violenta, con astucia movió sus tentáculos en los centros financieros metropolitanos, en Caracas y en el interior del país, en las colonias europeas de las Antillas y en Colombia. Precisamente, el gobierno colombiano, de ese entonces, promueve y arma una invasión comandada por Carlos Rangel Garbiras, que al frente de cuatro mil hombres penetra el territorio venezolano saqueando y asesinando. En los mismos momentos que se desarrollaba la confrontación armada colombo-venezolana, la Conferencia Internacional Americana celebraba una reunión en México. La conferencia emitió una declaración solicitando de los gobiernos de Colombia y Venezuela llegar a un acuerdo equitativo y “fraternal”. El Presidente Cipriano Castro respondió en términos de inobjetable dignidad patriótica y sentido democrático: “El gobierno conservador de Colombia ha tendido siempre a ejercer una funesta función sobre la genitora de su libertad e independencia, lo que es inaceptable por degradante. Es un gobierno que vive del terror, de la miseria y del oscurantismo. Venezuela quiere la paz, pero una paz honrosa, digna de la actual civilización”.

III

La alborada del siglo XXI, no es distinta a la del siglo XX, la República Bolivariana de Venezuela y su Presidente Hugo Chávez han sido constantemente atacados por la burguesía nacional y por los monopolios transnacionales. Pero no son solamente éstos, también, se han unido a la conjura las burguesías latinoamericanas y europeas. Estos grupos contrarrevolucionarios ven comprometidos sus intereses porque el pueblo venezolano decidió acabar con el saqueo criminal de sus recursos naturales por parte de las transnacionales. Por ello, en este momento recibimos la embestida de la más poderosa compañía petrolera: Exxon-Mobil. Esta compañía se niega a aceptar que la apertura petrolera llegó a su fin.

La acción judicial llevada por la industria petrolera monopolista Exxon-Mobil contra Pdvsa, tiene dos caras: una política y otra económica. La política responde a los intereses del imperio estadounidense. Es decir, el gendarme de la tierra, no está dispuesto a tolerar, que un pueblo luche contra el capitalismo y realice tareas revolucionarias en pos de la construcción del socialismo. En lo económico, la industria monopolista Exxon-Mobil, no concibe la perdida de los privilegios que le concedió la apertura petrolera, en cuanto a exploración, explotación y comercialización del petróleo.

Es importante señalar, algunos elementos de la “extraordinaria apertura petrolera”, llevada a cabo por el sector tecnócrata que dirigió la antigua Pdvsa, contando con el apoyo servil de los gobiernos adeco-copeyanos.

A partir de 1989, se diseñó el programa de apertura petrolera (convenios operativos, asociaciones estratégicas, convenios de asociación. En otras palabras, se abrió el mercado interno de hidrocarburos a la participación del capital privado, la privatización parcial de la industria petroquímica, la creación del Fondo de Inversiones Petroleras, la reestructuración de Pdvsa y la llamada política de internacionalización petrolera. De esta manera, se volvió al antiguo régimen de concesiones, esta vez, como se mencionó arriba, bajo la modalidad de convenios operativos y asociaciones estratégicas para reactivar campos, producir crudo, explotar gas costa afuera, crear empresas mixtas. Por supuesto, que este paquete no respondía al interés soberano de la nación, sino al interés del sector privado transnacional.

La apertura petrolera fue, sin duda, la más importante de las estratagemas adoptadas durante la última década del Siglo XX, para responder a las exigencias y condiciones del llamado “neoliberalismo”. Con ella se inició el proceso que transfirió del sector público al sector privado, fundamentalmente al capital transnacional, importantes actividades de la industria de los hidrocarburos del país, que desde la nacionalización habían estado reservadas al Estado venezolano.

La privatización de Pdvsa acarreó elevadísimos costos al fisco nacional. Por ejemplo, el documento, concebido y redactado por la elite gerencial de Pdvsa, contiene “…la propuesta de iniciar un proceso de apertura de las actividades de exploración y producción de nuevas áreas a la participación de capitales privados, como parte integral de la estrategia, bajo el esquema de Ganancias Compartidas”. De igual forma, mediante ley se autorizó la venta del 49 por ciento del capital de la Petroquímica. Además, con la apertura se avanzó hacia una profundización de la autonomía de Pdvsa y sus filiales respecto al Estado, tratando de hacer de ella un Estado dentro del Estado venezolano.

Para llevar a efecto el esquema de apertura petrolera, El Ejecutivo Nacional de la época, otorgó groseros incentivos fiscales, monetarios y numerosos privilegios a los inversionistas extranjeros. Es preciso señalar que, mediante decreto presidencial, se autorizó la depreciación y amortización acelerada de las inversiones extranjeras, es decir, que en vez de recuperarse la inversión en un lapso de 15 a 20 años, ahora lo harían durante cinco y tres años, respectivamente, con lo cual se quebrantó el genuino interés fiscal de la nación. Otro de los incentivos fiscales otorgados a los inversionistas extranjeros por participar en el plan de expansión de Pdvsa, trató sobre la exoneración del impuesto al consumo suntuario y a las ventas al mayor, actividades derivadas de los hidrocarburos y la potestad de recuperar ciertos créditos fiscales. Asimismo, con el interés de proteger el capital privado internacional, se autorizó aplicar el llamado “ajuste por inflación”. También se le permitió mantener en el exterior cuentas en institutos bancarios, en las cuales podían depositar las divisas. De estas divisas sólo regresaban al país, las necesarias para pagar impuestos y regalías, para la compra de bienes y servicios y para el pago de sueldos y salarios.

En 1996, las exploraciones petroleras en áreas petroleras del país estaban a cargo de consorcios extranjeros (Mobil, Nerón, Dupont Conoco, Amoco, LL&E y Benton, de Estados Unidos; Veba, de Alemanía; ELF Aquitane, de Francia; British Petroleum, de Inglaterra; Nipón, de Japón; Maxus, de Argentina, Normen, de Canada, China NPC, de China y Repsol, de España). En los convenios operativos participaron empresas nacionales de capital privado, tal como, Empresas Polar, Inelectra y Arco.

De lo expuesto podemos interpretar, por una parte, el carácter colonizador de los monopolios, que mediante la apertura petrolera, pretendían controlar la producción y la comercialización de los crudos pesados de la Faja del Orinoco. Y, por otra parte, observamos que los hechos históricos ocurridos en el año 1901, tienen mucha semejanza, en cuanto al contenido de los ataques contra la República Bolivariana de Venezuela por parte del imperialismo, de las burguesías latinoamericanas y europeas y de la burguesía venezolana.

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