Andalucía último acto de una selección biológica

Andalucía es el último acto de una selección biológica de siete siglos. Desde que San Fernando conquistó Sevilla, doscientos cincuenta años antes, la línea de la guerra se deslizó desde la llanura manchega hacia el sur. Poco tiempo después subía a Sierra Morena. En 1481 era apenas un punto alrededor de Granada.

Sobre esa línea que en el año 700 Tarik llevó hasta Asturias, estuvieron de pie los hombres de guerra de España y de la morería. A su alrededor nacieron y murieron voluntarios del mundo antiguo. Se sucedieron los padres a los hijos, se relevó con niños a los viejos. España, para los hombres de guerra de toda la Península, fue siempre esa línea. Unas veces se ensanchaba hacia los moros, otras hacia Castilla.

Alrededor suyo siempre estuvieron los guerreros, los voluntarios. Y con ellos la simiente de sus estructuras, que a diario germinaba entre espasmos de muerte y de vida. La línea roja se iba llevando, como un magneto en un campo de alfileres, toda el alma aventurera de España. Atrás quedaban las huertas y los mercados, los conventos y las universidades. Era la franja azul de la España que piensa, sueña y construye. Era una España cada vez más ancha. Crecía y se dilataba en la medida que la línea roja se acercaba al mar.

Cuando llegó el final, la zona de sangre era una corola escarlata que miraba hacia el Albaicín. Luego se expandió y dilató nuevamente por las tierras que le eran comunes. Cayeron Andalucía y Extremadura.

En ella siguió viviendo la simiente del león y de la hiena, del santo y del loco, del criminal y del aventurero. Andalucía, como el fondo de una centrífuga recibió la decantación de siete siglos de guerra. Por eso no es de extrañar lo que aconteció en España y en especial en Andalucía inmediatamente después del armisticio.

No se había extinguido el llanto de Boabdil y ya comienza a asolar la tierra andaluza el bandolerismo.

“La guerra hace al ladrón, la paz lo ahorca —habría dicho Maquiavelo—. Porque los que no saben vivir de otro modo, ni encuentran quien les mantenga, ni tienen virtud de acomodarse a la vida pobre pero honrada, acuden por necesidad a robar por los caminos, y la justicia se ve obligada a ahorcarlos. La situación es crítica. Los bandidos asolan las villas y los caminos. Los señores feudales se van a las manos. Dirimen sus problemas en guerras privadas. Los veteranos ambulan por los caminos como almas en pena. Algunos mendigan, otros toman por la fuerza lo que siempre habían tomado. Era crítica la situación de España a fines del siglo XV. Sobre ella pesaban demasiados años de guerra. España estaba enferma de armisticio”.

Estos hombres, estos veteranos de Granada serán la razón mediata o inmediata de los Viajeros de Indias. De ahí que no sea casualidad que América se funde con hombres de Sevilla y de Málaga, con extremeños olorosos a establos y esencia de tomillo. Ellos son los que se llevan en las carabelas jirones de la franja roja, lo que hizo posible que España toda se engalanara de azul.

Si buena parte de la población heterodoxa de España se fue tras la línea roja de la Reconquista, es razonable suponer que gran parte de la población psicopática española se fue tras la guerra. Si se estableció y estabilizó definitivamente en Andalucía, tuvieron que modificar la densidad de su población psicopática. ¿Hay entonces una sobrecarga psicopática en Andalucía?

¿Por qué emigraron los Viajeros de Indias?

“El hombre por dos cosas trabaja —dice el Arcipreste de Hita—: la primera por haber mantenencia, la otra era por haber ayuntamiento con fembra placentera”. ¿Eran éstas las razones que motivaron al Conquistador?

Salvador de Madariaga lo confirma en esta frase: “Buscaban la medida del poder social, la palanca del dominio sobre los seres menos afortunados”. De igual opinión son la mayoría de los historiadores.

En efecto, mucho se impresionaron sus contemporáneos ante aquella marcha triunfal de Colón con indios cautivos, pájaros de colores y un oro puro brillando al sol. Lo prueba el hecho de qué en la otra expedición lo acompañó una flota y más de mil quinientos hombres.

El oro, sin embargo, no vuelve a brillar hasta bien avanzada la segunda década del siglo XVI. Es necesario que Pizarro vierta sobre España el oro del Perú para que la fe en América se restablezca. Antes, todo es leyenda y esperanza.

La fe de estos hombres es inconmovible. Confían ciegamente en el oro que les esconde el Nuevo Mundo. Ojeda, Bastidas, Nicuesa y Balboa trazan los límites del Mediterráneo americano persiguiendo este objetivo.

Los indios señalan hacia el norte o hacia el sur, hacia donde puedan alejar al codicioso. Les dicen que hay ciudades con los techos de oro. Caciques que se embadurnan de polvo aurífero. Minas rebosantes de vetas amarillas. Así surgen el Dorado, las Siete Ciudades de Cíbola y las tantas leyendas que se desbocaron hasta hacer febril la imaginación de los conquistadores. “Un indio capturado por Luis Daza, había contado que hacia el oriente existía un lago azul de aguas tranquilas donde vivía el cacique Dorado, monarca fantástico que solía bañar su cuerpo en goma suave y espolvorearlo de oro”.

Buscando el dorado, tres conquistadores como Federman, Belalcázar y Quesada realizan la epopeya de atravesar miles de kilómetros de selvas rebosantes de indios bravos y peligros increíbles, hasta toparse los tres frente a frente. Por la misma causa Ambrosio Alfinger abandona su gobernación de Coro y va a morir tierra adentro. Persiguiendo la fortuna, Alvarado renuncia primero a la heredad que le ofrece un tío rico en Santo Domingo para irse con Velázquez a la Conquista de Cuba. Igual hacen Cortes, Vázquez Coronado, el Virrey Mendoza en el Perú. Todos sueñan con una fortuna imponderable. Con montañas, ríos y ciudades de oro. La verdadera bondad del mundo nuevo les es completamente ajena. Cieza de León describe a Panamá en estos términos: “Está rodeada de ríos, donde algunos españoles tienen sus estancias y granjerías, y han plantado muchas cosas de España, como sus naranjas, cidras, higueras. Por los campos hay grandes hatos de vacas, porque la tierra es dispuesta para que se críen en ella; los ríos llevan mucho oro; y así, luego que se fundó esta ciudad se cogió mucha cantidad. Los señores de las estancias cogen mucho maíz. En todos los ríos hay pescados y en el mar lo pescan bueno, aunque diferente a los que se crían en la mar de España; junto a las casas de la ciudad hallan entre la arena unas almejas muy menudas que se llaman chuchas, de la cual hay gran cantidad; por causa de estas almejas se quedó la ciudad en aquesta parte poblada, porque con ellas estaban seguros de no pasar hambre los españoles”. Continúa diciendo que el comercio en esta región es tan grande que casi se puede comparar con la ciudad de Venecia”…

“Indios belicosos no existen porque todos se han consumido”. “Sus mujeres, las más hermosas que he visto en las Indias”. A pesar de esta riqueza potencial, pocos o ninguno miran por el bien público, “tratando de hacerse ricos en el menor tiempo”.

Fray Toribio de Benevente o Motolinia satiriza, en estas líneas la vida de aquellos ensoberbecidos: “Ver cuanta pesadumbre se levanta un español de su cama muelle y pide como si fuera manco. No se puede peinar sino que ha de haber otro que lo peine. La comida ha de estar muy a punto, si no hay paciencia y después reposa y duerme. Ya veréis si será menester lo que resta del día para entender en cuentas y en pleitos, antes que estos negocios se acaben es hora de cenar, y a veces se comienza a dormir sobre la mesa si no desecha el sueño con algún juego”.

Las indias de la Española eran hermosas y complacientes con los cristianos, como aquella Anacaona, “venus tropical con sabor a piña y a merey caribe”. ¿Por qué abandonaban estos hombres a este nuevo Paraíso? López de Gomara explica “que muchos conquistadores de México se fueron a otras tierras, por ser imposible dar compartimiento a todos”.

Hacia 1540 el Nuevo Mundo es realmente un mundo nuevo capaz de atraer a los desventurados de España. Santo Domingo es la bella ciudad que nos describe Oviedo, con sus calles rectas y sus mestizas ondulantes. Las tierras de La Española son fértiles y perfumadas. Las andanzas de Caonabó y Guarionex no son más que anécdotas que amenizan las tibias noches del Caribe.

El imperio azteca yace postrado y pacífico bajo la mirada vigilante de las águilas bicéfalas; en él se cultiva la seda, como en Panamá las uvas.

Lima tiene cinco años de fundada. El mar de los Caribes es un verdadero mar interior, donde sólo desentonan los filibusteros.

América comienza a ser un mundo de paz a donde pueden venir pacíficos y sosegados labriegos. Es la América del maíz y del chocolate, la de la caña de azúcar y la del gusano de seda. No obstante, nada es capaz de retenerlos. Día a día parten de Santo Domingo, México, Guatemala y Panamá nuevos contingentes hacia Tierra Firme, Chile, el Marañón y el País de la Canela. Día a día van dejando sus huesos en las selvas y montañas del interior hombres que podían vivir plácidamente en Santo Domingo o en Borinquen como ricos y respetados terratenientes. Dice Gomara que al saberse el descubrimiento del Perú y extenderse la fama y riqueza de estas tierras, casi se despoblaron Nicaragua, Guatemala y Cartagena.

¡Pa’lante Comandante! Viviremos, Lucharemos y Venceremos.
Hasta la victoria siempre y Patria socialista.
¡Gringos Go Home! Libertad para los cinco cubanos héroes de la Humanidad.


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