Alquimia política

CIA y sus dos razones

El libro de Tim Weiner (norteamericano, 1957) “Legado de cenizas”, La historia de la C.I.A. (publicado en el 2008 en español, traducción de Francisco J. Ramos, ediciones Debate, Barcelona, España; es un acucioso trabajo documental acerca de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, Central Intelligence Agency) de los Estados Unidos de Norteamérica, EE.UU, instancia que conjuntamente con la Agencia de Seguridad Nacional, están encargadas de la recopilación, análisis y uso de "inteligencia", mediante el espionaje en el exterior, para preservar la seguridad nacional. El texto es revelador y ampliamente documentado con archivos desclasificados de la agencia de inteligencia, así como con entrevistas a los protagonistas de su historia.

      El autor, Tim Weiner, es un periodista y escritor que ha laborado en importantes rotativos como el New York Times; ganando, en 1988, por sus reportajes sobre la CIA que luego darían forma al libro “Legado de cenizas”, el Premio Pulitzer de Periodismo. Weiner comenzó a utilizar sus artículos como base para una serie de textos con gran componente político a partir de 1990, como The Pentagon's Black Budget o Betrayal: The Story of Aldrich Ames, an American Spy. Sin embargo, su documento-histórico más conocida a nivel internacional es “Legado de cenizas”.

      En la obra, Weiner expone una visión de la política exterior norteamericana la cual la califica como una especie de líneas de acción fundamentadas en la fidelidad de sus valores hegemónicos sobre los demás países del mundo, sobre todo Latinoamérica a la que ellos han denominado siempre su “patio trasero”. Decenas de intervenciones militares de todo tipo se aseguraban de hacer cumplir la conocida máxima del quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe, que en 1823, declaró que “América debía ser para los americanos”; claro, esos americanos que deben dominar son los del Norte. Más de tres cuartos de siglo después otro presidente estadounidense, Theodore Roosevelt, basándose en su política del Big Stick (Gran Garrote), sostendría que su país podía intervenir en cualquier nación latinoamericana "culpable de actuar incorrectamente en su política interior o exterior". Así lo hizo en varias ocasiones, recibiendo, al igual que sucedió con Barack Obama (EE.UU., 1961; recibió el Nobel en el 2009), el Premio Nobel de la Paz en 1906. Sus pulsiones bélicas fueron tan susceptibles de cualquier esbozo de buenas intenciones que en cierta ocasión le escribió a un amigo: “Confidencialmente, agradecería casi cualquier guerra, pues creo que este país necesita una.”

      Según Weiner hay dos razones históricas y políticas que llevaron a los EE.UU. a darle cuerpo institucional a una agencia de inteligencia: primero, el fulminante ataque de los japoneses a Pearl Harbor, en Diciembre de 1941; una agresión a buques de guerra norteamericanos que destruyó 200 aviones y alrededor de 3.000 hombres muertos y/o heridos. Dado que el hecho se podía haber prevenido si el Departamento de Estado, y los diplomáticos, por su parte, hubieran tenido acceso a los materiales de inteligencia del Ejército y de la Marina, trajo consigo que se creara una instancia que unificara, urgentemente, todos sus organismos de Inteligencia. George Kennan, el más influyente asesor del presidente Truman, según revela Weiner, se expresó con brutal sinceridad a este respecto: “Los Estados Unidos posee el 50% de la riqueza del mundo, pero sólo el 6% de su población... En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. Pronto llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuántas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá..."

      Y como segunda razón, el hecho de que los EE.UU., después de la Segunda Guerra Mundial (1945), emergió como una influencia decisiva en todas las esferas de ámbito mundial, e impusieron a nivel planetario un conjunto de instituciones con la finalidad de garantizar que las cosas iban a funcionar según sus intereses. Había la necesidad de conformar una agencia que vinculara las nuevas instituciones internacionales que asegurarían la hegemonía capitalista y por ende norteamericana; las instituciones claves en esta construcción fueron el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. A éstas se añadió, en 1948, el Plan Marshall, mediante el cual los EE.UU., prestará a la Europa occidental una ayuda económica de unos 13.700 millones de dólares en cinco años. La operación crediticia tenía una doble finalidad: crear un macromercado para los productos norteamericanos en Europa y, a su vez, controlar el peligroso escoramiento hacia la izquierda que se experimentaba en el viejo continente. Del Plan Marshall, esgrime Weiner, se dispuso un 5%, unos 685 millones de dólares, para financiar la naciente agencia de inteligencia. Al final, la propia Europa pagaría para el espionaje de los norteamericanos a sus propios gobiernos y Estados.

      El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el propio Plan Marshall, servían de vía para controlar los flujos económicos y chantajear a aquellos países que no se sometieran al dictado de los intereses norteamericanos. El Servicio de Inteligencia comenzó a estructurarse de una forma adecuada, poniendo precio a miembros del ejército y a personalidades políticas con gran influencia en el colectivo de sus países. Se podían comprar conciencias, eliminar disidentes y, en el último extremo, si el “enemigo” era rebelde, acallarlo con la amenaza de una guerra sin cuartel y con la debilidad tecnológica que ha sido evidente en el desarrollo particular de los EE.UU. como potencia mundial. La C.I.A. se convirtió en 1947, en un instrumento de presión imperialista que traducía la política exterior norteamericana en un lenguaje pragmático y bélico. 

      El final de la Segunda Guerra Mundial, convirtió a los EE.UU. y a la Rusia unificada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Estado federal constitucionalmente socialista que existió en Eurasia entre 1922 y 1991, en dos grandes polos ideológicos de organización política de la sociedad. Aquellos abogaban por el capitalismo neoliberal; éstos por el comunismo marxista leninista. En aquellos años se tejió un conflicto mundial entre ambas potencias y sus aliados, consolidando ambas, una respetable industria armamentista, que alimentó no sólo su propio esfuerzo bélico, sino también el de todos los ejércitos aliados. El final de la guerra no podía significar la conclusión de ese ventajoso idilio entre producción e industria militar, había un espíritu que Weiner cita fielmente de las palabras del escritor norteamericano Richard Barnet: "La economía de guerra facilita una posición cómoda a decenas de miles de burócratas vestidos de uniforme o de paisano que van a la oficina cada día a construir armas atómicas o a planificar la guerra atómica; a millones de trabajadores cuyos puestos de trabajo dependen del sistema de terrorismo nuclear; a científicos e ingenieros pagados para buscar la solución tecnológica definitiva que proporcione una seguridad absoluta; a contratistas que no quieren dejar pasar la ocasión de obtener beneficios fáciles; a guerreros intelectuales que venden amenazas y bendicen guerras" .

      En una palabra, se justificaba mantener el emporio industrial-armamentista ante posibles escenarios de conflicto. Ya  enemigos como  Alemania, Italia y Japón, habían sido derrotados, pero ello no garantizaba que pudieran resurgir o, peor aún, aparecieran nuevos enemigos que infundieran terror, poniendo en peligro “the american way of life”, o la “la forma de vida americana” como se suele conocer.

      Una agencia de inteligencia operativa y anticipadora, haría posible que el pueblo norteamericano se enrolara en una nueva cruzada contra “las hordas asiáticas”, como las llamaba G. Kenan, el ya mencionado asesor del presidente Truman. La histeria se instaló en el cerebro de cada estadounidense; figuras como  el “Capitán América”, héroe de comics, pasó de luchar contra los nazis a perseguir peligrosos comunistas; la persecución no se limitó a los satanizados marxistas sino que se proyectó, sobre los países amigos que no eran capaces de jurar fidelidad incondicional a la bandera norteamericana.

      La C.I.A. dio cuerpo a una nueva era, para algunos es la de la Guerra Fría (término acuñado al financiero estadounidense y consejero presidencial Bernard Baruch, 1870-1965, quien en abril de 1947, en un discurso dijo: “No nos engañemos: estamos inmersos en una guerra fría”), pero si razonamos de fondo su sentido, es la consolidación de la era de la sospecha, donde todos los que planearan independencia y autodeterminación, eran potenciales amenazas para la política exterior norteamericana. Estas fueron las bases fundacionales de la C.I.A., pero se hará necesario explorarla en sus razones más particulares para poder ir entendiendo por qué es una instancia que corrompe los principios de moral y dignidad de los pueblos del mundo.

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Ramón E. Azócar A.


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