El 4 de febrero: significado histórico

El 4 de febrero de 1992 es fecha emblemática de nuestra historia. A 20 años de distancia empieza a perfilarse su verdadero significado. Ya no es como se dijo en su momento, un intento de toma del poder por la fuerza de un grupo de facinerosos. Ni el simple fracaso de una acción aislada, que hizo exclamar a un importante vocero de la época: “Muerte a los alzados”. Fue un importante acontecimiento que se ha venido agigantando con el tiempo, y que a poco de su realización le valió el sobreseimiento de la causa al más importante de sus dirigentes: Hugo Chávez Frías.

Sin duda, el 4 de febrero fue el punto de confluencia de dos épocas, de una Venezuela que venía transitando por la decadencia de un régimen político y sus realizaciones, que pedía su remplazo, y una nueva Venezuela que se vislumbraba ya, y se proyectaba como posible en los ideales que muchos venían planteando desde hacía varios años. La campanada de alerta que enferveció los ánimos para los nuevos tiempo resonó fuerte y fue el inicio de un conjunto de acciones que llevaron al comienzo del inevitable proceso histórico que hoy vive nuestro país.

En efecto, la Venezuela puntofijista, de democracia representativa corrupta y decadente, fundamentada en un régimen de partidos, guiado por dirigentes enriquecidos por el manejo manirroto de los fondos públicos y que habían convertido a la masa venezolana en víctima de los desmanejos en la economía, con la confabulación de entes extranjeros no soportó más el peso de sus propios descalabros, y sucumbió, para dar fin a un periodo nefasto en el que se perdieron muchas buenas posibilidades de hacer una Venezuela distinta, aun dentro del molde del capitalismo.

Estaban dadas las condiciones para arrancar un nuevo período, que en 1999 significó el inicio del actual proceso revolucionario bolivariano, que guiado por el ideal del socialismo bolivariano del siglo XXI conduce al país hacia la materialización de un nuevo orden socioeconómico, de justicia, equidad e inclusión de las masas, que históricamente fueron ayunas de las grandes realizaciones alrededor de la torre de petróleo.

Hoy, en consecuencia, vive Venezuela en revolución, con los altibajos propios de un proceso que tiene aún mucho de transitorio, porque la vieja Venezuela no termina de morir plenamente, para dar paso franco a las nuevas realidades, del socialismo que se busca.

Pero hay que afrontar con decisión este periodo transitorio, para acortarlo y hacer posible, día a día, con firmeza inconmovible las bases indestructibles de la Venezuela socialista.

Ciertamente, la destrucción del capitalismo como sistema mundial no está a la vuelta de la esquina. Sería necio pensar así. Pero el capitalismo a la venezolana si es posible desplazarlo, si se sigue una clara política de aliento a las masas, que son el principal soporte del proceso revolucionario y su más directo beneficiario. El pueblo y ejército unido como un todo es el binomio que asegura el alcance pleno de la meta propuesta. En esto no hay posiciones medias.

Desde luego, la tarea no es sencilla. La superación de un viejo orden y su sustitución por uno nuevo no es automática, de un día para otro. Por mucho tiempo viejas prácticas y viejas concepciones dejan sentir su influjo y penetran los entresijos del proceso revolucionario, condicionando las acciones de sus seguidores, especialmente aquellos cuyo convencimiento de la nueva situación no es del todo firme, y son fácil víctimas de las manipulaciones contrarrevolucionarias.

En el caso venezolano el empresariado todavía es un núcleo fuerte y domina el proceso económico, especialmente en las condiciones de un capitalismo altamente especulativo y contando, a su vez, con el irrestricto apoyo del capitalismo internacional, que pone a su disposición los recursos del sistema, mientras que los esfuerzos revolucionarios por crear una economía alternativa, encuentra para su fundamentación no sólo obstáculos externos, sino aun en los propios conductores y beneficiarios, y el recurso de una economía socialista base del nuevo sistema social afronta numerosas dificultades para su verdadera materialización.

Todavía el venezolano del común ve al Estado como un ente paternal, y un empresario al que hay que exigirle cumplimiento apelando a los métodos de los viejos partidos y del viejo sindicalismo perverso de los viejos tiempos. Y la vieja burocracia enquistada en la maquinaria del Estado sabotea cualquier sana intención de las políticas estatales.

Los saboteos, paros, huelgas, guarimbas, secuestros, asesinatos, golpes y apaleamientos, como mecanismos disuasorios y efectivos están a la orden del día, sembrando terror, inquietud e inseguridad. Por lo que se dificulta la labor persuasora y de control para beneficio de todos que emprenda el gobierno revolucionario. El combate efectivo de las prácticas contrarrevolucionarias pasa indefectiblemente por el ejercicio del Estado de derecho.

Sin embargo, en medio de tantos desasosiegos el proceso revolucionario sigue incólume su marcha, en medio de las luchas que son el ingrediente inevitable de los cambios sociales revolucionarios.

Pero el deslinde señalado por la acción del 4 de febrero de 1992 se inscribe ya en nuestra historia como el agua divisoria de la marcha del pueblo venezolano de un viejo sistema ya inconveniente hacia uno nuevo inscrito en el ideal del socialismo para los nuevos tiempos. La Venezuela capitalista de ayer y la Venezuela socialista de mañana.


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