Guerras por petróleo

Después del ataque de la OTAN a Libia, todo parece apuntar a que nos están preparando para vendernos otra guerra por petróleo. Esta vez en Irán. Por muy criticable que pueda parecernos el régimen teocrático de Ahmadineyad, nada justifica una nueva guerra que supondría cientos de miles de víctimas inocentes.

Desde la finalización de la Primera Guerra Mundial en 1918, el petróleo es el factor determinante de la geopolítica estratégica mundial, y en base a la ubicación de los grandes yacimientos se trazan las fronteras, se hacen las guerras y se imponen los gobiernos. Durante la gran crisis del petróleo de 1973 se dijo que las reservas de crudo se habrían agotado antes del año 2000. Ahora sabemos que nos mintieron, que esto no es así, que hay otros yacimientos. Pero el petróleo sigue siendo un bien escaso y hay que ir a buscarlo allí donde se encuentre y los yacimientos más grandes aún por explotar están en Asia Central, en el Cáucaso, y en algunas de las antiguas repúblicas soviéticas como Kazajstán, Uzbekistán, Georgia, Osetia y Azerbaiyán.

Con la desintegración de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos vio la oportunidad de establecer acuerdos con los nuevos países independientes y las compañías petroleras norteamericanas y británicas establecieron ventajosos contratos con los nuevos gobiernos surgidos en estos países tras el colapso de la URSS.

Pero una vez extraído, el petróleo debe ser transportado para su refino y es necesario construir grandes oleoductos que lleven el crudo desde el corazón de Asia hasta el Mediterráneo para embarcarlo en los grandes superpetroleros hasta los puertos de destino. Y para ello hay que asegurar las zonas por las que pasarán dichos oleoductos. Por esta razón, Estados Unidos ya tiene tropas destacadas en lugares como Georgia (ex república soviética) con la manida excusa de controlar a grupos terroristas que se concentran en su frontera con Chechenia (zona de guerra). También hay presencia militar norteamericana a pocos kilómetros de Bakú, la capital petrolera del Cáucaso. Desde allí el crudo llega al mar Mediterráneo a través del oleoducto que atraviesa Turquía, país aliado de Estados Unidos y miembro de la OTAN. Ese oleoducto debía llegar hasta la antigua Yugoslavia, y para facilitar la negociación de los tratados de paso del oleoducto, alguien decidió que sería más fácil hacerlo con unos cuantos países insignificantes, que con un país fuerte. Consecuencia inmediata: las guerras balcánicas que desmembraron Yugoslavia en la década de los años noventa del siglo XX.

La actual situación de despliegue militar norteamericano en sus fronteras, no es una situación aceptable para Rusia, consciente de que esas tropas son una amenaza para su propia seguridad e integridad territorial. Estados Unidos ha llevado la OTAN hasta las mismas puertas de la Federación Rusa, y el programa del escudo antimisiles parece un remake de la Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan que presidió los últimos años de Guerra Fría entre las dos superpotencias. El poderío militar norteamericano es grande, pero plantearse una guerra con Rusia no es lo mismo que invadir la isla de Granada o Panamá.

No parece prudente alentar aventuras belicistas de los norteamericanos y británicos contra Rusia, un gigante que forma parte de Europa, y que en caso de entrar en conflicto armado arrastraría al resto del viejo continente. No necesitamos una nueva guerra europea de consecuencias imprevisibles, pero en cualquier caso terrible. Recordemos que el gran conflicto de 1914-1918 empezó a fraguarse con guerras localizadas, entre pequeños estados, entonces también se llamaron guerras balcánicas y recuerdan bastante lo que sucedió en Osetia del Sur recientemente, donde los norteamericanos han animado e instigado a Georgia para provocar una guerra abierta con Rusia. No estamos hablando de Kosovo, Bosnia o Montenegro. Ni de una guerra olvidada en el lejano Chad o en Sudán, ¡estamos hablando de Europa!

Otras ex repúblicas soviéticas como las de Kazajistán y Uzbekistán, ya cuentan también con bases militares norteamericanas en su territorio, esta vez con la excusa de la campaña antiterrorista contra los talibanes de Afganistán (país que también cuenta con bases militares norteamericanas en su territorio). Habiéndose apropiado ya de los pozos de Iraq, tras la breve guerra de 2003, la única “amenaza” para la hegemonía petrolífera absoluta de Estados Unidos en la zona es Irán, país calificado como “delincuente” por la administración Bush y por la del presidente Obama, que también parece estar buscando desesperadamente el rifirrafe que justifique una intervención armada en Irán del estilo de las llevadas a cabo en Afganistán e Iraq.

Pero aquí hemos de hacer una puntualización, ¡Irán podría ser un hueso muy duro de roer!

Estados Unidos no tiene ninguna necesidad de forzar la situación, porque con los nuevos oleoductos que se van a construir, precisamente en Rusia, para unir los yacimientos del interior con el puerto estratégico de Múrmansk, tendrán controlada, sin necesidad de desencadenar ninguna nueva guerra, la práctica totalidad de la producción mundial de petróleo y una posición de ventaja innegable dentro del nuevo sistema económico ultraliberal conocido como globalización, y que no es otra cosa que la aglutinación del todo el poder económico y financiero del planeta en las manos de una selecta oligarquía internacional.

En Estados Unidos el acceso a los recursos energéticos propios es considerado un tema de seguridad nacional. El Gobierno de George W. Bush estaba constituido, en buena parte, por empresarios y accionistas de petroleras tan destacables como Halliburton, que en marzo de 2007 anunciaba el traslado de su sede central de Texas a Dubai. Por lo visto la empresa dirigida hasta el año 2000 por el vicepresidente Cheney pretendía así intensificar su actividad petrolera en Oriente Próximo, ya que en Arabia Saudí cuenta con importantes operaciones.

Tras la invasión de Iraq iniciada en marzo de 2003, a Halliburton le fueron adjudicados contratos multimillonarios que no fueron sometidos a concurso público, algo de lo que se acusó a la administración del presidente Bush (accionista de la propia Halliburton). De hecho, investigadores federales concluyeron a principios de 2007 que Halliburton fue la beneficiaria de la cuarta parte del total de 10.000 millones de dólares procedentes de las arcas públicas de Estados Unidos, destinados a la reconstrucción de Iraq, pero que se perdieron en recargos y gastos no justificados, facturados por Halliburton. Cuando la empresa se sintió acosada, su director general, David Lesar anunció en Bahréin que el edificio de oficinas que la empresa tenía en Houston seguirá funcionando, aunque los cargos principales de la compañía actuarían a partir de entonces desde la nueva sede de la compañía en Dubai. Donde, desde luego, no hay incómodos gobiernos federales actuando como sabuesos y vigilando todas sus actividades.

Lesar explicó, durante una conferencia sobre energía en Bahréin, que él mismo sería el encargado de supervisar, siempre desde Dubai, la cada vez mayor presencia de la compañía en Oriente Próximo y Asia, donde se concentran algunos de los mercados de gas y petróleo más importantes del mundo.

En 2006, Halliburton declaró unos beneficios netos de 2,3 billones de dólares, y su cifra total de ingresos ascendió a 22,6 billones de dólares. Más del 38% de los 13 billones de dólares obtenidos por la empresa en el año 2006 por sus servicios petroleros procedían de su actividad en el hemisferio oriental del planeta, donde trabajan 16.000 de sus 45.000 empleados.

Dubai es, con diferencia, el destino preferido en el mundo para lavar el dinero sucio de los terroristas gracias a sus leyes de secreto bancario y demás regulaciones opacas que también constituyen un poderoso reclamo para las multinacionales del petróleo. En Dubai pueden verificarse operaciones financieras encubiertas entre los gobiernos occidentales y los diferentes grupos terroristas islámicos a los que dicen combatir. Pero también es un paraíso fiscal para los traficantes de armas, los contrabandistas de los diamantes de sangre y, cómo no, para las codiciosas corporaciones multinacionales, como ya hemos apuntado abundando en el caso de Halliburton.

Todos comparten un objetivo común: ganar dinero. Los pretextos son lo de menos: unos en nombre de Alá y otros en nombre del Libre Mercado y el Capitalismo. En Dubai todos negocian con todos, porque como apuntaba el magnate John D. Rockefeller en su día: “Los negocios deben estar por encima de los conflictos entre los Estados”.

El petróleo es un recurso estratégico y ha sido la causa de la mayoría de las guerras del siglo XX y de las que llevamos vistas en el recién estrenado siglo XXI, incluyendo la de Libia.

Portavoces de la propia compañía Halliburton declararon en una nota de prensa que “la verdadera razón por la cual la petrolera había trasladado su centro de operaciones a Dubai fue la laxitud de las leyes fiscales y bancarias de los Emiratos Árabes Unidos a propósito del mantenimiento de la contabilidad y del carácter opaco de las transacciones financieras, lo que evitaría a la firma tener que comparecer ante el Congreso de los Estados Unidos para dar cuenta de sus escandalosas operaciones en Iraq, Afganistán y otros lugares”.

El petróleo y el gas natural son las principales fuentes energéticas del planeta, movilizan la industria, la petroquímica, la agricultura, las ciudades, el transporte… la civilización occidental está construida sobre la base energética de los combustibles fósiles o hidrocarburos.

El consumo de petróleo y gas en el mundo asciende a unos 75 millones de barriles por día, y se prevé que llegue a 120 millones de barriles por día para el 2020. De todo esto los Estados Unidos consumen el 26%.

Estados Unidos, como única gran superpotencia mundial (de momento) es quien más necesita asegurar el acceso y control sobre las nuevas reservas para mantener la sociedad de consumo que sustenta su economía, y vemos que la mayor cantidad de reservas se encuentra en Oriente Medio. Otras regiones que tienen reservas considerables de petróleo son Venezuela, Siberia occidental, el golfo de México, el mar del Norte, la parte septentrional del mar Caspio y el golfo de Guinea.

Se sabe de la existencia de alrededor de 30.000 (otras cifras hablan de 40.000) yacimientos alrededor del mundo. Sin embargo, el 80% del crudo proviene de los yacimientos gigantes o supergigantes que son pocos. Si no son lo suficientemente grandes, tampoco resulta rentable su explotación. El 60% de las reservas se encuentran en el 1 % de esos yacimientos. Tan sólo Gawar, campo petrolífero de Arabia Saudita (el yacimiento más grande del mundo) contiene 15 mil millones de toneladas de petróleo.

La situación de esos 26 yacimientos supergigantes sería aproximadamente como sigue: 10 en Oriente Medio; 8 en países de la antigua Unión Soviética; 1 en Holanda; 1 en Venezuela; 1 en México; y se cree que hay 1 más en Alaska. Motivo por el cual, el presidente George W. Bush autorizó, antes de la finalización de su mandato, las prospecciones petroleras en Alaska derogando una prohibición promulgada por su padre a principios de los años noventa.

A partir de 1973, cuando la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) impuso sus precios, las grandes empresas privadas perdieron el control de los recursos petrolíferos y se ejecutaron muchos procesos de expropiación y nacionalización de yacimientos, especialmente en Sudamérica. De las 20 principales empresas petroleras del mundo, 13 son estatales y sólo 7 pertenecen al sector privado: se trata de las famosas “Siete Hermanas” y, casi todas ellas, son de titularidad norteamericana y británica.

De todos modos, el dato es importante ya que contrariamente a lo que se ha hecho creer a sus propios accionistas, las empresas privadas ya no controlan la producción del petróleo a escala mundial. Es decir, ni Exxon-Mobil ni Royal-Dutch Shell son la primera y segunda petrolera mundial por volumen de negocio como hacen creer a sus respectivos accionistas.

Según Steve Comstock, ex vicepresidente de Estrategias Globales de Mobil Oil, la industria petrolera en el siglo XXI debe mantener una verdadera perspectiva global. Lo que según él implica ampliar las fronteras y diseñar estrategias globales que incluyen el acceso a todos los campos petrolíferos y a las diferentes fases de la operación, tanto upstream como downstream, es decir, extracción y refino, pero incluyendo también aquellos campos gestionados por las empresas estatales que los han nacionalizado.

Sobre el papel, se trata de diseñar estrategias que permitan hacer accesibles a todas las compañías privadas las reservas mundiales. Reservas que, por otra parte, no les pertenecen, aunque las ampulosas multinacionales disponen de ellas en sus planes como si de hecho esos yacimientos fuesen suyos. Lo que nos lleva a preguntarnos ¿qué harán si los legítimos dueños de esos yacimientos, los respectivos países que los contienen, se niegan a darles unas concesiones de explotación que ellos ya dan por adjudicadas?

Cabe suponer entonces que dichas empresas cuentan de antemano con la complicidad del Gobierno de Estados Unidos para adueñarse de esos pozos que no les pertenecen. Y por supuesto, cuando hablan de todas las compañías privadas se refieren exclusivamente a las que componen su selecto y elitista club: Exxon-Mobil, Royal-Dutch Shell, Texaco-Chevron, British Petroleum…, es decir… ¡las Siete Hermanas de siempre! Las mismas empresas que ya se repartieron los yacimientos petrolíferos mundiales conocidos entonces sellando un acuerdo secreto en Achnacarry (Escocia) en 1928.

Esta es una de las ideas fundamentales de los empresarios y especuladores internacionales que conspiran en favor de sus propios intereses: “lo nuestro es nuestro porque somos una empresa privada y creemos en el capitalismo, en el libre mercado y en la propiedad privada (de lo nuestro), pero lo tuyo (lo del país extranjero de turno) es nuestro también porque los recursos naturales son de todos (es decir, nuestros)”.

En el nuevo papel reservado a las fuerzas de la OTAN, Cascos Azules, Ejércitos Europeos de Intervención Rápida, etcétera, está previsto que uno de sus cometidos sea el de invadir y ocupar países con ricos yacimientos petrolíferos y gasísticos pero con gobiernos hostiles no dispuestos a colaborar y someterse a los designios de las compañías petroleras globales (Halliburton; Exxon-Mobil; Shell; BP; Texaco-Chevron…): un claro ejemplo lo hemos tenido recientemente en Libia, y el presidente Obama, como antes su predecesor George W. Bush, no se ha escondido a la hora de insinuar que el próximo objetivo podría ser Irán, otro país “delincuente”, según él, con abundantes reservas petrolíferas que “intolerablemente” no están en manos de norteamericanos y británicos. Y, muy especialmente, en las de Halliburton, la próspera petrolera de la que la familia Bush es accionista y cuya sede, patrióticamente, han trasladado a Dubai para pagar menos impuestos. Detalle, éste, que seguramente ignoran los soldados norteamericanos que arriesgan sus vidas en las guerras por petróleo que organizan quienes les mandan a combatir en ellas. Y que son los únicos que se aprovechan del resultado de esas guerras.

Las grandes empresas petroleras exigen a sus gobiernos que les faciliten el control del territorio donde operan, tener fácil acceso a todos los recursos naturales y que las tropas garanticen la seguridad para sus operaciones. Todo esto es posible, y de hecho se está dando en muchos países gracias al fenomenal grado de impunidad con que actúan las petroleras y al constante abuso de poder del que hacen gala los gobiernos fantoches que ellas manejan. Pero cuando nos referimos a un gobierno títere como en el caso de Nigeria, también consideramos marionetas de las petroleras a los propios gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido, cuyos representantes no son más que empleados, botones y lacayos bien pagados de las compañías petroleras privadas.

Para controlar eficazmente el territorio donde se encuentran los yacimientos petrolíferos, es necesario enajenar de sus derechos territoriales a las poblaciones locales nativas: así se ocupan cómoda e impunemente tierras, se construyen las carreteras necesarias para el transporte, se puede acceder fácilmente a las fuentes de agua, y tener, en definitiva, acceso libre a otros recursos naturales de las zonas productoras a fin de realizar una óptima explotación de esos recursos.

Nigeria es el primer productor africano de petróleo y el sexto mundial, sin embargo, sus habitantes no pueden repostar en las gasolineras porque el precio del combustible es prohibitivo para ellos, y se ven así obligados a perforar los oleoductos que lo transportan para obtener unos escasos litros de gasolina, provocando terribles accidentes, explosiones e incendios que han devastado poblados enteros causando cientos de muertes.

El petróleo nigeriano está en manos de la compañía angloholandesa Shell que esquilma sus yacimientos y se lleva de allí hasta la última gota de crudo. Con un reparto más justo de los beneficios del petróleo, los nigerianos no tendrían necesidad de echarse al mar en míseros cayucos jugándose la vida para llegar a las costas españolas en busca de un empleo precario y mal remunerado.

Para que las petroleras se sientan cómodas es necesario promover situaciones neocoloniales en las zonas de actividad petrolera, que así son nuevamente colonizadas en función de los intereses particulares de las empresas petroleras privadas que promueven esos nuevos procesos de colonización, emboscados en términos tan sugerentes como “acceso libre de todos a todos los recursos naturales”. Por supuesto, se trata del acceso de “ellos” a los recursos de los demás para explotarlos en “su” exclusivo beneficio. Nunca en el nuestro.

En países donde existen fuertes conflictos con las comunidades locales, los problemas de seguridad se resuelven mediante el reclutamiento de mercenarios que forman unidades paramilitares, financiadas por las propias petroleras. En otros casos, como hace Royal-Dutch Shell en Nigeria, subcontratan a las Fuerzas Armadas gubernamentales para que actúen como auténticos guardias de la porra que velen celosamente por sus intereses.

En algunos países afectados por el terrorismo de estos violentos grupos paramilitares “privados” como Nigeria, Birmania, Colombia y Sudán varias empresas petroleras han sido acusadas de financiar a estos grupos armados. Entre estas empresas figuran Shell, Chevron, Exxon, Conoco, Texaco, Total, Agip y Unocal. En varios de estos casos, existen ya juicios en los países de origen contra estas empresas por violación de los Derechos Humanos. De todos modos, hay que recordar que Estados Unidos e Israel no reconocen la jurisdicción sobre sus tropas de los llamados tribunales internacionales de justicia, habilitados para instruir y juzgar crímenes de guerra.

La guerra de independencia de Argelia, una de las más sangrientas de África, y que duró casi una década, tenía como causa subyacente, los ricos yacimientos petrolíferos argelinos, que hasta 1968, en que fueron nacionalizadas, fueron explotados por empresas petroleras francesas. Ahora la multinacional TOTAL –que engloba también a las antiguas compañías Fina, Elf y la española Cepsa– quiere hacerle con una parte importante del gas y el petróleo libios.

La guerra civil en Sudán está también manchada de petróleo, sobre todo desde que en septiembre de 1999, Sudán se convirtió en un nuevo exportador de petróleo. Otros conflictos en África relacionados con petróleo incluyen la guerra reciente en el Cuerno de África, los cruentos conflictos en Nigeria, que llevaron a la declaración del Estado de Emergencia y a la disputa sobre las islas Bioko con Guinea Ecuatorial.

En Iberoamérica hubieron dos guerras que, en la década de 1940, estuvieron relacionadas con el petróleo: la guerra del Chaco, donde Paraguay perdió una porción del país con importantes yacimientos de crudo, y la guerra entre Ecuador y Perú.

En los años ochenta del siglo pasado, la guerra civil que azotó a Guatemala, se centró en Ixcán, una zona donde se explotan importantes reservas petrolíferas, después que la población indígena fuese obligada a desplazarse.

El ejemplo más reciente es el del Plan Colombia, que tiene, entre otros objetivos, controlar la producción petrolera en ese país. El Plan Colombia se ha centrado en la región del Putumayo, donde si bien la producción petrolera no es muy importante, las nuevas licitaciones sugieren que las reservas podrían ser mayores que las conocidas. Dentro del Plan Colombia hay un importante fondo para protección del oleoducto occidental en Caño Limón.

No es casualidad que siendo candidato a la presidencia de los Estados Unidos, George W. Bush mirase hacia esa región y advirtiera que “muchas democracias estaban en peligro” refiriéndose a Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú. También podríamos añadir Bolivia, tras la victoria electoral del líder indigenista Evo Morales.

Entonces creíamos que Bush, y Obama después, advertían de un peligro. Hoy, los ciudadanos de esos países iberoamericanos saben que el peligro es el propio presidente de los Estados Unidos (sea el que sea, igual da) y que el hecho de poseer ricas reservas de gas y petróleo, que las petroleras británicas y norteamericanas ambicionan, supone un grave riesgo para ellos y para sus dirigentes, si no están dispuestos a doblegarse.


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