La
industria del software, en auge durante los años ochenta, al
tiempo que promovieron en el mundo reformas a las legislaciones y
tratados internacionales que le confieren más derechos y
elevaron el proteccionismo, consintieron la comercialización
de copias
no autorizadas
al no accionar judicialmente contra quienes las hacían.
Mediáticamente se ha acuñado la expresión
“copias piratas” para referirse a las copias no autorizadas, en
este sentido pretenden comparar la infracción al derecho de
autor con el robo o el hurto, haciendo la similitud con la piratería
que es la acción de asaltar barcos en alta mar y secuestrar y
asesinar a sus tripulantes.
En
general, las empresas de software no tomaron medidas tecnológicas
para evitar el copiado y aquellas que lo hicieron, sus productos
simplemente desaparecieron del mercado. A sabiendas que la mayoría
de las personas del mundo no pueden pagar los altos precios de las
licencias, las empresas del software, inicialmente, adoptaron una
conducta permisiva frente a la práctica del copiado, inclusive
se aprovecharon del comercio informal (buhonería), quienes
invirtieron sus propios recursos en equipos de reproducción,
insumo y personal, para finalmente difundir eficiente e
instantáneamente el software de las corporaciones.
En
la década de los noventa, una vez generalizado el uso del
software y generada la dependencia, la industria adoptó una
estrategia para obligar, a quienes tenían el poder
adquisitivo, a pagar por las licencias. La BSA (Business Software
Alliance), organización de la industria informática,
inició una cruzada para coaccionar judicialmente a un número
de empresas grandes y bancos que aún operaban con copias no
autorizadas, con la único propósito que estos adquieran
las licencias, acompañado de una fuerte campaña
publicitaria de amedrentamiento, lograron en Venezuela “poner a
derecho” a este sector. Simultáneamente iniciaron un lobby,
con gran éxito, en las instituciones estatales para vender las
licencias. Solo quedaban las Pequeñas y Medianas Empresas
(PyME's), incluyendo las del sector comercio, y personas en sus
hogares usando software sin licenciamiento.
La
BSA y Microsoft intentaron sin éxito impulsar en Venezuela, en
el año 2002, una Ley parecida a la Ley colombiana 603 de 2000,
la cual es una estrategia “malvadamente ingeniosa”, por la cual
se modifica el artículo 47 de la Ley 222 de 1995
que a su vez modifica el Libro II del Código de Comercio,
agregando que las Sociedades en su informe de gestión, para
fines de la declaración del impuesto, deberá incluir
una exposición fiel del estado de cumplimiento de las normas
sobre propiedad intelectual y derechos de autor. Así también,
dice en su artículo 2 que: “Las
autoridades tributarias colombianas podrán verificar el estado
de cumplimiento de las normas sobre derechos de autor por parte de
las sociedades para impedir que, a través de su violación,
también se evadan tributos.”
Estas disposiciones no afectan a las personas naturales sino a las
jurídicas, quienes podrían tener el poder adquisitivo
para obtener las licencias. Convierte un derecho de acción
privada en un delito fiscal, de acción pública, es así
que el Estado debe actuar de oficio para sancionar y los fiscales de
la hacienda pública se convierten en los mejores vendedores de
software mientras verifican la declaración hecha bajo
juramento.
Algo
similar sucede en el sector discográfico. Podemos encontrar
música copiada en las calles de cualquier ciudad en nuestro
país y sin embargo existen cero (0) denuncias ante la Fiscalía
18 (especializada en derechos de autor) contra los buhoneros o
trabajadores informales por parte de las disqueras. Tampoco lo pueden
hacer, ya que los representantes nacionales no poseen los poderes
para actuar jurídicamente en nombre de la casa matriz,
poseedora de los derechos de autor. Solo están autorizados a
comercializar localmente los productos.
Sin
embargo, uno se pregunta ¿por qué entonces las
implacables campañas mediáticas de satanización
y criminalización contra quién hacen copias, como
medio para ganarse la vida, los cuales son
tildados de ladrones y quienes las compran son
acusados de ayudar a financiar el terrorismo y el crimen organizado?.
Pudieramos
pensar que la industria del disco se beneficia de la “piratería”.
Que tienen un interés encubierto para promocionar a sus
artistas en aquellos países donde la gente no tiene dinero
para adquirir versiones originales a precios abusivos. Incluso
podemos pensar también que las mismas compañías
de grabación pueden estar distribuyendo parte de las “copias
piratas”.
Parece
una contradicción pensar que se benefician con la “piratería”,
pero en realidad las disqueras no dejan de vender. Las “copias
piratas” van dirigidas a un estrato del mercado que no podría
comprar permanentemente los Cd's de música en las tiendas,
pero eventualmente si podría pagar una entrada al concierto de
su artista favorito, el cual escuchó a través de una
“copia pirata”. Algunos artistas son obligados por sus disqueras
a pronunciarse públicamente contra la “piratería”,
pero en privado reconocen que se han beneficiado de esta actividad
“ilegal” percibiendo mayores ingresos por taquilla en los
conciertos frente al infimo porcentaje por regalias que reciben por
las copias que declaran reproducir las disqueras. Es decir, la
primera piratería (sin comillas) es la que cometen las
compañias discográficas contra sus autores y artistas
al reportar un número menor al tiraje con el fin de evadir el
pago de impuestos al fisco nacional.
Una
estrategia perversa aplican las disqueras en ciertas épocas
del año, en la que la mayoría de la población
recibe bonificaciones laborales extraordinarias, como por ejemplo: el
pago del bono vacacional, aguinaldos o utilidades, que aumentan el
poder adquisitivo, en estos momentos las compañiías
pretenden que de oficio la policía realice redadas, con el
pretexto que la “piratería” está dañando la
economía y perjudicando los talentos nacionales, para
perseguir a los vendedores de la calle e incautarles sus productos
con el fin de disminuir la disponibilidad de “copias piratas” y
así aumentar sus ventas en las tiendas.
Las
disqueras, los supuestos afectados, son los que deben iniciar los
procesos judiciales para impedir la “piratería” y no lo
hacen. Mientras tanto presionan politicamente a nuestras
instituciones y nuestros gobiernos son amenazados con sanciones
comerciales y otras penas si no le defendemos el “negocio” a las
multinacionales.
No
hay duda que la actividad de “piratear” música es nociva
en el aspecto que facilita la transculturización y arropa la
cultura local con la foránea. Sin embargo según Alan
Story en “The
copy south dossier”
opina que los “piratas posibilitan
la distribución de tecnología, información y
entretenimiento a bajo costo para millones de personas quienes de
otra forma no podrían acceder a ellas o costearlas.”
Debemos
evitar el uso del término
“piratería” ya que es peyorativo y criminalizador, las
empresas multinacionales a propósito lo emplean con frecuencia
para asociarlo a la reproducción local o artesanal. Así,
generan la matriz de opinión de que todos los productos
manufacturados por nuestras industrias como por ejemplo: calzados,
pantalones o medicamentos genéricos, son, según ellos,
“productos piratas” y solo los producidos en las grandes
metrópolis con procesos que emplean alta tecnología son
los “genuinos”.