Comunas y alcaldías en tiempos de cambios

Está sobre el tapete el debate sobre la construcción del Estado Comunal, y quienes no nos limitamos solo al debate, si no que estamos ejerciendo desde la praxis política la construcción de las Comunas estamos obligados a alzar nuestras voces, emitir nuestras opiniones por los medios que tenemos a nuestro alcance.

Las visiones más conservadores se ruborizan cuando desde las experiencias que desarrollamos en el estado Lara, por ejemplo, siendo activistas de la Red Nacional de Comuneros, hablamos de autogobierno comunal, instalamos los Parlamentos Comunales, o desarrollamos proyectos socio productivos. Sus iracundas poses se hicieron aun más vehementes cuando el Presidente Chávez exhortó en un Consejo de Ministros para que se acelerara la construcción de estas instancias del poder popular y hasta amenazó con eliminar el Ministerio del Poder Popular para las Comunas por la incipiente labor impulsada al respecto.

Algunos han generado la matriz de opinión que lo que se busca con la promoción del estado Comunal es el desmantelamiento de las Alcaldías y más allá de eso, las Gobernaciones.

Las ocultas razones de ese temor habitan no solo en quienes defienden la trampa de la llamada “democracia representativa” ya sin cabida en nuestra Constitución, pero aun con destellos en la mentalidad y la cultura de muchos, incluso dentro de funcionarios que se dicen revolucionarios e igualmente tiemblan cuando perciben el avance del poder popular.

Señores, si algo tiene la historia, es su indetenible marcha transformadora, y sabiendo que ella en palabras de Marc Bloch es “la ciencia de los hombres en el tiempo” y las instituciones políticas, todas surgidas de circunstancias históricas determinadas y en cuya esencia vibra la hechura humana, estas también están sometidas a los cambios, a las transformaciones , y para nadie es un secreto que hoy nuestro país, el mundo entero vive tiempos de profundos cambios.

No es que las Comunas, surgidas del calor y participación del pueblo, erigidas sobre una economía que marcha hacia lo comunal, impactando los medios productivos y por tanto el modo de producir, se plantee como objetivo el desmantelamiento de las Alcaldías como simple tarea. Nuestros objetivos son superiores, pues la propia palabra democracia, en su significado profundo desde tiempos griegos es participación del pueblo y eso de por si es superior. No es que el Gobierno Bolivariano de la noche a la mañana decretará la desaparición de Alcaldías, sustituyéndolas por Comunas como han querido hacer ver algunas voces manipuladoras.

Asumimos que las instituciones políticas se someten, igual que todo lo contenido en el tiempo y el espacio de la historia, a transformaciones. Transformaciones que pueden tener recorridos transitorios donde convivan diferentes formas de ejercer el poder, pero su permanencia o no dependerá de la capacidad que tenga dicha institucionalidad a adecuarse a los cambios en este caso impulsado por una presencia más activa y protagónica de ciudadanos y ciudadanas.

Incluso, la propia Ley orgánica de las Comunas en su artículo 9 dice: “…el ámbito geográfico donde se constituya la Comuna, podrá coincidir o no con los limites políticos administrativos de los estados, municipios o dependencias federales, sin que ello afecte o modifique la organización política- territorial establecida en la Constitución de la República”

Como ven, pueden, por ahora, dormir tranquilos quienes se desvelan con “ese fantasma” que ya recorre la nación venezolana…”el fantasma del poder popular”, y dejemos que la historia haga su oficiosa labor transformadora.

Las leyes, el estamento jurídico de una nación germina frondoso a partir de realidades que construye la gente. Las instituciones que surgen de esas leyes tienen también su proceso, tienen su tiempo histórico.

Vean ustedes las instituciones surgidas de la dominación colonial española como la encomienda, los pueblos de doctrinas, las Villas, los Virreinatos, todas desaparecieron…desaparecieron también las instituciones esclavistas. Todas esos saltos, precedidos y empujados a partir del accionar humano en el tiempo, han dado paso a otras instituciones, algunas han  experimentado reacomodos y se han colado en nuestro presente y moribundas resisten la ebullición de la historia; el Cabildo español es una de esas piezas históricas que dejó su impronta en la institucionalidad capitalista y el pesado fardo de la representatividad le aleja cada vez más de una avasallante realidad signada por un pueblo que avanza hacia su plena participación. Hasta donde se mantendrá en pie…no sabemos, nosotros, pueblo llano, pueblo mil veces invisibilizado, sencillamente hacemos lo que nos corresponde.

Así que no se trata de entrampar el debate en el mero y simplista escenario de sustituir una institución por otra. Se trata de estar al lado de la dialéctica, de las transformaciones y esas transformaciones hoy más que nunca tienen el signo de la participación.

Las instituciones políticas, las leyes, así como las creencias y hasta aspectos de la cultura son parte de la superestructura de una sociedad, y si tomamos uno de los principios más vigentes del marxismo plasmado en la Crítica a la Economía Política según lo cual “…No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario la realidad social es la que determina su conciencia”, la tarea es incidir sobre esa realidad, una realidad labrada en el seno de profundas contradicciones que dan cuenta de cambios y revoluciones  originando las regulaciones y formulas necesarias para que  la sociedad pueda seguir su curso, ascendente, si las fuerzas que se activan rompen con viejos esquemas, agotados ya para proveer mejores condiciones de existencia de la gente.

En consecuencia si la fórmula es optimizar los niveles de participación del pueblo en el ejercicio de asuntos de Estado, para decirlo con una frase muy utilizadas por “ilustradísimos” defensores del sistema representativo, la idea entonces sería promover  “ la perfectibilidad de la democracia”. Por qué entonces satanizar la propuesta presentada en el Plan Patria por el candidato ganador  categorizada como Estado Comunal,  vinculado este, lógicamente , a la construcción de comunas, iniciativa que según el artículo 10 de la Ley Orgánica de las Comunas “…corresponde a los Consejos Comunales y a las organizaciones sociales que hagan vida activa en las comunidades organizadas…notificando de este acto al órgano facilitador”.

Varios aspectos se desprenden del artículo citado: uno, la iniciativa corresponde a las organizaciones comunitarias. Dos: la iniciativa no es exclusiva de Consejos Comunales, si no a organizaciones activas de la comunidad (es incluyente), y tres: a la institucionalidad, que en este caso es el Ministerio del Poder Popular para las Comunas se le notifica, no se le pide permiso, no es quien autoriza, si no que facilita el proceso.

Desde esa perspectiva podemos observar como la franja que relaciona al poder constituyente (el pueblo)con el poder constituido (instituciones) es extremadamente respetuosa, prudente, dialéctica, para evitar contaminar un proceso que nos debe conducir, cualitativamente a una elevación del ejercicio del poder del soberano contemplado en la Constitución de la República.

Ahora bien, las experiencias que desde la Red de Comuneros conocemos, con sus aciertos y errores, apuntan hacia la activación de modelos de economía que privilegian lo colectivo, asumiendo el día a día de los desafíos y contradicciones que ello implica, forjando desde la colectivización de los medios de producción una nueva cultura, un nuevo ser humano, más solidario, menos individualista y por ende enfrentado al modelo capitalista que fundamenta su existencia en la propiedad privada.

Es allí donde está la principal razón de que oligarcas tiemblan cuando reviven en la praxis del pueblo las sabias formulaciones de Bolívar, de Simón Rodríguez, de Zamora.

El gobierno revolucionario se construye desde abajo, con el pueblo. No nos extrañe eso de autogobierno, es tan sencillo como las normas y mecanismos que deben concurrir en una familia para conducir por buena senda a sus miembros, en el marco de de las leyes generales que se comparten con el resto de la comunidad y el país. Así también una comunidad, compuesta por familias e individuos obrando en colectivo ejercerían su autogobierno, que “… como entidad local con una memoria histórica compartida, rasgos culturales, usos y costumbres, que se reconocen en el territorio que ocupan y en las actividades productivas que le sirven de sustento y sobre el cual ejercen los principios de soberanía y participación protagónica como expresión del Poder popular…”( art. 5 LOC).

Culminaría esta modesta reflexión con una frase de un gran poeta venezolano, la cual cada vez mas entiendo su dimensión. Se trata de nuestro Aquiles Nazoa, quien dijera en una oportunidad que “cuando el pueblo se organice el canto vendrá solo”.

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