Nunca antes, Julio Borges, como ahora en crónica taurina, había sido más lerdo

Cuando Neil Amstrong, aquel joven astronauta pisó la luna causó grandes conmociones. No sólo marcó un hito histórico, “el hombre en la luna” y el de poner a EEUU por delante de URSS en lo que entonces se llamaba la lucha por la supremacía espacial, sino que mancilló la núbil dama de quien todos los poetas habían estado enamorados desde la aparición del hombre. A partir de allí, comenzó a mirársele de otra manera y hasta provocó que unos cuantos dejasen de contemplarla en las horas nostálgicas y de insomnios. Es decir, dejó de ser aquello que la cursilería solía llamar fuente de inspiración.

“Ya la luna no es la misma” parecieron decirse los poetas, soñadores y noctámbulos. Aquella vieja canción del toro enamorado de la luna, que la miraba a escondida entre los arbustos, pudiera haber perdido parte de su encanto.

“La luna se está peinando

en los espejos del río

y un toro

la está mirando

entre la jara escondido.”


Este toro, en este caso es el pueblo venezolano que mayoritariamente apoya a Chávez, según lo admitido por Borges, en su intento de hacer una gracia que salió morisqueta, es el mismo de siempre, tan enamorado de la luna ha estado, que sueña con tomar el cielo por asalto, para mirarla de cerca, sin esconderse en la jara, gringos la hallan mancillado, para suspirar y gozar de libertad.

Pero para Borges, el toro es una simple bestia. Un animal abominable, merecedor de la “suerte” inteligente del torero, quien “enano”, o algo así como él le calificó, quizás midiéndose así mismo, llega vencerlo, pero no solo, sino con malas artes y ayuda mercenaria.

¿En qué consiste la inteligencia, habilidad y clase del torero a quien Julio Borges tanto exalta?

Pues el torero, primero, en los toriles, espacio donde encierran a los toros que al día siguiente “liberarán” en el redondel de la plaza, observa, vigila, espía, con detenimiento aquéllos que le tocará lidiar. Los toros nada saben que son vigilados y estudiados. Ya en la arena, los ayudantes del torero, esos que salen a lanzar capotazos a diestra y siniestra sin arte, gracia ni armonía, hacen todo aquello para que el “matador” descubra los “derrotes” del toro; es decir sus mañas o secretos en la embestida, de qué manera lo hacen. ¿Levantan o bajan la cabeza, cuándo, en que momento de la embestida?

Es decir, cuando el torero sale a lidiar el toro, ya le conoce. Este no sabe nada del torero. En eso ya hay un ostensible ventajismo. Pero todavía hay más.

El picador, un hombre brutal, montado en un caballo tan fuerte como el toro, asesino despiadado, carnicero en el peor sentido de la palabra, al servicio del torero, como los mercenarios gringos, contratistas les llaman, o de otra parte donde se deposite la escoria, se encarga de lancear al animal hasta restarle en veces más del 50% de sus fuerzas. Le desangra sin clemencia, introduciendo, tantas veces como puede, varios centímetros de la punta filosa de la vara que porta. Aquel abominable hecho o acto del picador se repetirá hasta que el torero vea que la bestia apenas logra mantenerse en pie. Pero mientras, entre una actuación del picador y otra, el “matador” se “lucirá” o más bien alardeará ante el público colocando dos o cuatro pares de banderillas, que no es más que hundirle en carnes y músculos seleccionados del toro, dardos gigantes de hierro, que le restarán más fuerza. Ya cuando le ven disminuido, mermada su energía, incapaz de defenderse o en difícil, torpe accionar, el torero entra al tercer tercio, el de asesinar a un “monstruo”, como le llama Borges, a quien volvieron antes un ser inofensivo, desvalido y quien nunca se valió de malas mañas o ayuda adicional y artera. Sin hacer mención, que el “inteligente” torero y quienes manejan el negocio, asunto mercantil, suelen limar o “afeitar” los cuernos al animal de lidia para mayor seguridad de quien “inteligentemente le enfrenta”.

Por eso, cuando escuché a Borges usar la imagen del toreo y calificarse y calificar a la MUD como inteligente cual un torero que se enfrenta a un monstruo lleno de energías y todo poderoso, dije en privado, en público y hasta en twitter, nunca había percibido más lerdo al pequeñín de Borges. Le traicionó el subconsciente; él y la MUD, reconocen que en política, no se les agua el ojo para hacer uso de mañas, afeites y mercenarios.

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