La Salud: Cenicienta de la Revolución

En 2012, el pueblo validó y valoró la propuesta revolucionaria y el gobierno del Presidente Hugo Chávez quien a su vez ha priorizado y reorientado el presupuesto público y la riqueza nacional hacia los sectores más pobres del país. Pero, ni la valoración positiva o electoral de un pueblo, ni la reorientación del gasto, garantizan la justicia social como su fin último; de allí su carácter o condición de proyecto revolucionario, aun en transición, en un país que, ya explícita y mayoritariamente quiere ir hacia un modelo socialista conviviendo con un liderazgo opositor desesperado pero peligroso.

El estado Venezolano ha dado muestras coherentes en algunos aspectos de esa transición, lo cual es visible en liderazgos ejecutivos y programáticos de ciertas áreas y ministerios como Cancillería, Energía, Vivienda, Tierras, Educación y Cultura. Pero también ha mostrado debilidades en otras áreas donde persisten los retardos, la incertidumbre y quizás lo más peligroso: los contrasentidos ideológicos.

Ejemplo de este contrasentido es nuestra salud como país, donde su liderazgo y la mayoría de su pueblo, quieren ver y sentir los beneficios socialistas de un sistema de salud justo y al mismo tiempo la atención en salud y su macro-estructura (más allá del ministerio y su sistema público) fortalecen y regocijan las inquietas manos del Gran Capital.

En Venezuela y en salud, la responsabilidad de alcanzar un sistema sanitario con fuerza e impacto socialista no puede recaer exclusivamente en un ministro o en el ministerio que en ese momento lo represente. Por el contrario, es un problema y decisión de estado, de un estado que por acciones y no por discurso quiere ser socialista y debe legislar para eso: ¿Cuántos años tiene la Asamblea Nacional discutiendo sin concretar la Ley de Salud? Además, tienen que existir políticas del más alto nivel, coherentes con esa alternativa y un Poder Popular como actor consciente y decisorio de lo que está en juego.

En nuestro país, esos cambios de fondo en salud, todavía, no están ocurriendo, lo que si podemos ver son: muchos deseos, operativos médicos, misiones, construcción de infraestructuras y el apoyo directo pero en paralelo de un país hermano. Todas estas son alternativas importantes pero insuficientes y en algunos casos superficiales, porque lo sustancial queda nuevamente excluido y la salud en Venezuela sigue, y como negocio crece, en las manos del Capital, donde las ganancias son distribuidas entre tres grandes: Las corporaciones de los seguros médicos, la industria farmacológica, y algunos medianos y grandes dueños de clínicas privadas. No se trata de acabar con ellos pero si de darles su justo lugar y su justo margen de ganancias.

Nótese que la figura del médico está excluida en esa triada distributiva. Médico a quien lejos de darle el adjetivo de profesional mercantilista, lo deberíamos entender más bien como fuerza de trabajo que forma el estado venezolano pero que utiliza o aprovecha, con relativo bajo costo en entrenamiento y remuneración, la insaciable industria de la salud. Esa misma Industria que hábilmente ha convertido la salud en una mercancía, y al momento de negociarla incluye al médico como parte de ella.

Volviendo a un punto central: ¿Qué diría Marx, de un servicio o trabajo en salud que, en su momento y lugar, él mismo definió, en términos de valor de cambio, como un trabajo improductivo y de poca o ninguna plusvalía, al contrastarlo con la actual riqueza que se genera y acumula a partir de este nuevo tipo de mercancía?

El estado venezolano directa o indirectamente financia dos sistemas de salud (que en realidad es uno solo): un sistema privado, fuerte y con elevado rendimiento a su inversión y un sistema público y débil que se lleva la menor parte del beneficio. Mucho nos parecemos en esto, al país que ideológicamente más confrontamos (EEUU). Allá, casi como aquí, la gente se divide en la que tiene y la que no tiene seguro médico. Ese “gran modelo de salud” tomado y controlado por las corporaciones privadas se reproduce sin esfuerzo en nuestra patria. Preferible, pero no lo mejor, sería copiar los modelos de Inglaterra, de España, o de Canadá, países capitalistas con sistemas de salud más equitativos y con mayor control estatal que el nuestro. Y si no se cree, solo mirar la reciente y contundente respuesta del pueblo español (Madrid, 13 de Enero), de los propios médicos y del personal de salud al intento del capital de ponerle definitivamente la mano como negocio a la salud de ese país.

En Venezuela, lo que sí sería lo mejor es que definitivamente la salud deje de ser la cenicienta de la revolución, que se analice y contrarreste eficazmente la fuerza del capitalismo en la salud. La verdadera revolución sanitaria ocurrirá el día que toda nuestra atención pública y hospitalaria, y no solo los lugares emblemáticos (que hay varios, entre ellos el Cardiológico Infantil de Caracas), sea una alternativa real y calificada para al menos 80% de los ciudadanos de este país, el otro 20 %, si quiere, que siga alimentando a su monstruo de tres cabezas. Que la Asamblea Nacional legisle pero no para adecuar modelos corporativos de seguros médicos y traspasarlos a las estructuras del estado sino para verdaderamente hacer frente a las ambiciones de quienes han convertido la atención en salud en una valorable mercancía.


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