Obispos, Conferencia Epispolar Venezolana y su junta bipolar

Un aquelarre de grises y troquelados

Los hombres de negro entraron a aquel local apenas alumbrado por un rayo de sol que entraba lánguido, como los rostros de ellos. Cada uno tomó asiento sobre dos cajas retornables de Polar de las “bien frías” y recostaron sus espaldas en sendas pacas de Harina Pan.

Luego lo hicieron en fila otros hombres. Un empresario taciturno de negocios oscuros como el local mismo, experto en esconder sus productos para empujar los precios hacia arriba o generar inestabilidad política, según sea el caso o la fecha, como 12 de abril, 10 de enero o días de elecciones. Y unos políticos grises también tirando a oscuro, tanto que se confundían con todos los que antes que ellos habían entrado; también prendados de días como esos.

Los epispolares, el Polar de pura cepa y los bipolares genuinos, aunque los primeros también juegan a lo mismo que éstos, acudían allí como demócratas convencidos, según los discursos que fueron pronunciando, adoradores de la constitución pero dispuestos a violarla para tumbar al gobierno. La bipolaridad colectiva allí agolpada, en aquel espacio lúgubre, expresó su amor al pueblo, su deseo por el bienestar de éste, promoviendo uno - el empresario- y apoyando sin dudas los demás, el acaparamiento de productos de la dieta básica para que el sujeto de su amor desmedido, el pueblo, no los consiga y si lo hace deba pagarlos a precios especulativos.

Todos, uno a uno, llamaron a un paro cívico, llenos de rabia. Pero a la vez enternecidos de dolor, con mucha alegría por dentro, porque el día 10 el presidente no habrá de juramentarse ante la Asamblea Nacional, “como si fuese la primera vez.”

Pero antes de iniciar el aquelarre, se ordenó a unos porteros musculosos y vestidos igualmente de negro, con el cerebro troquelado, que no dejasen entrar como antes a Herman Escarrá. La orden fue dada por el jefe de los epispolares, quien les advirtió:

“Si viene por aquí díganle de parte mía que se le acabó su cuarto de hora y que esa flor ya no retoña.” “Que ya su canto no nos alegra las mañanas.”

“Eso sí”, les recomendó el jefe epispolar, apuntándoles con el dedo índice derecho de manera firme y agitada, “en cuanto vean a nuestros juristas estrellas como Julio Borges, Leopoldo López, Capriles, Enrique Mendoza y periodistas impolutos como Nelson Bocaranda, les hacen pasar de inmediato; y no se ocupen de envolverlos en la oscuridad; ellos vienen preparados.”

Cuando todos reunidos estaban en círculo, en el centro el empresario, la bipolaridad era homogénea. No había escape por ningún lado. Se cuidaron de tapar todos los resquicios.

Salieron a la luz, una vez terminada aquella oscura, homogénea reunión de bipolares a dar declaraciones a la prensa. El periodista Bocaranda, se fue antes que el jefe de los epistolares comenzase a declarar, a escribir sus “tuíteres” para evitar que su bipolaridad confundiese.

“Señores”, dijo a la prensa el jefe de los epispolares, quien como tal debía anunciar la opinión de la Conferencia Epispolar Venezolana, “nosotros no nos metemos en política, ni tenemos preferencia”; dijo aquello como si los periodistas no viesen de quiénes estaban acompañados.

“El día 10 de enero termina un período constitucional y se inicia otro. No hay continuidad ni tutía.” Quiso decir, Chávez, debe juramentarse ese día. “Alterar la constitución es moralmente inaceptable”, agregó.

Tomó un respiro, llamó a uno de los porteros, le preguntó si Escarrá por allí había ido y después de escuchar la negativa respuesta, le ordenó:

“Vé allá dentro, agarra mis dos cajas de cerveza y sendas pacas de harina y me las guardas. Pon cuidado en eso que vamos mitá y mitá. Acuérdate que no se encuentran en ninguna parte.”

Volviose a los periodistas y agregó:

“Eso está más claro que el agua. Es lo único claro que allá dentro hubo. Es una cuestión de ética”.

Al final, un atrevido periodista le preguntó:

“Qué opina usted que a la Polar le acusan de esconder sus productos. ” ¿Eso es moralmente aceptable y ético?”

Miró hacia el portero a quien había dado antes la orden, volteó a mirar al periodista que así le interrogó:

“Pregúntele a él, que es un hombre del pueblo, no a mí, si hay esa carencia que usted menciona.”

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