Carta de amor y desagravio a las mujeres del CNE y del país

Es una mañana más en la vida de cada una de ustedes. Después de abrir sus ojos al nuevo día, dando gracias a Dios, van y despiertan a sus hijos y a sus hijas para que se laven sus caritas y sus dientes. Desayuno, besos y bendiciones alientan al futuro que en unos minutos disfrutará la escuela y ustedes quedan mirando ese futuro tan precioso, mientras se va en un transporte, felices y esperanzadas porque hoy será mejor que ayer.

Luego corren, se bañan, se visten, apuran la casa, dejan todo listo, se maquillan y al trabajo. Allí sus compañeros y compañeras les reciben con respeto y ustedes, también con respeto, retribuyen saludos y enseguida comienza el trajinar de llamadas, correos, mensajes, reuniones y soluciones.

Son el baluarte de una democracia que se está construyendo con seriedad y sacrificio. Dejan horas y horas en esa lucha sin cuartel de tratar de resaltar la civilidad por encima de todo, de hacer respetar las reglas del juego electoral (del que depende en sumo grado la paz de nuestro pueblo), de hacer patria, de hacer ciudadanía. Olvidan parejas muchas veces en este proceso tan complejo y aquel futuro que fue tan bien atendido por la mañana ya en la noche está en manos de sus papás o de las abuelas o de alguien que les ayuda mientras ustedes ayudan a todo un país.

Se les ve en televisión, prensa escrita y hasta en el cine, o se les escucha por radio y siempre proyectan aplomo, firmeza en sus convicciones, buen talante comunicacional, ética, profesionalismo y, sobre todo, respeto. También se les siente a veces un poco cansadas, pero nunca fuera de control, nunca con una mala contesta hacia quienes les preguntan cosas. Me atrevo a decir también que a las cuatro se les ve muy lindas cuando las veo. Si, muy lindas. Sé que su lindura se debe básicamente al hecho de saberse poseedoras de un trabajo digno, de un trabajo que quieren, de una responsabilidad que asumen disciplinadamente día a día, de un trabajo que hacen con amor y mucha fe.

Merecen pues, ustedes, todo nuestro amor de ciudadanos. Merecen que se les trate con cariño y que se les escriba poesía de vez en cuando, cantarles serenatas, ofrecerles nuestro apoyo cívico e incondicional, invitarles un helado (a sabiendas que siempre lo rechazarán porque nunca tienen tiempo) y, eso sí no les quitará mucho tiempo, agradecerles públicamente, cada vez que se pueda, su ética y su dignidad al frente de las delicadas tareas que realizan a diario.

Permitan pues Socorro, Tania, Tibisay y Sandra darles las gracias por lo que hacen. Permitan también agradecerle a ustedes y a todas las mujeres de la patria lo que hacen por nosotros y por nuestros hijos y nuestras hijas.

Permitan también pedirles perdón, en nombre de todos los hombres que queremos a este hermoso país por lo que, muy lamentablemente, ha hecho un hombre (si es que se le puede llamar hombre) contra su condición de mujeres, luchadoras y trabajadoras, amparado en una caricatura de un tristemente célebre periódico reaccionario llamado “Tal cual”.

Pido perdón por él aunque no sepa ni me interese saber quién es el Abilio responsable de esa caricatura, porque sentí mucha vergüenza ajena cuando vi aquello tan oprobioso y tan falto de gallardía, de hombría y de honor contra ustedes. Sentí tristeza por él porque sé que en su casa nunca le dijeron que a una mujer ni con el pétalo de una rosa. Supe de inmediato que eso sólo pudo ser producto de una persona mediocre y sin principios morales, ni religiosos ni ciudadanos. Sentí rabia y, luego (gracias a Dios) pensando en ustedes como lo hecho ayer y hoy, he terminado sintiendo un gran amor de patria por ustedes y por todas las mujeres de nuestro país que merecen respeto por sobre todas las cosas.

Vaya mi corazón a ustedes, todo mi respeto y mi agradecimiento por lo que son y por lo que hacen. Vaya a ustedes mi saludo de hombre patriota que las reivindica y las ama.

Que Dios las bendiga.

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Rafael Rodríguez Vergara


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