El poder de las televisoras

Sin quitar el dedo del renglón en el sentido de tomarle la palabra al régimen en el afán de someter a los llamados poderes fácticos –cosa que en el discurso suena de lo más atractivo- procedo a comentar uno de los temas en que expresé reservas: el poder fáctico de los medios masivos de comunicación y, en particular, de los electrónicos. Después del inmenso poder de hecho que detentan los organismos financieros internacionales, y seguramente cobijado por él, el de tales medios es otro de los que en mayor medida obstaculizan el progreso nacional, característica ésta plasmada en la carátula que expone los motivos del llamado Pacto por México.

El problema es que la fórmula propuesta para someterlo se limita a romper el duopolio actual mediante la autorización de dos nuevas cadenas nacionales, de manera de que se registre una mayor competencia en el negocio. Es una falacia: de esta manera lo único que se podrá lograr es la conversión del duopolio en tetrapolio, porque el poder mediático no disminuirá, antes al contrario se verá multiplicado, con el agravante de resultar seriamente lesivo al interés de la sociedad.

Me explico: la competencia entre las empresas de la televisión se da en términos de lograr la mayor captura de la audiencia (el famoso rating) de manera de valorizar el precio del tiempo-aire para la publicidad comercial o institucional; en segunda instancia la competencia se registra en el precio del espacio publicitario. Lo anterior significa, por un lado, una mayor vulgarización de los contenidos y un aumento al bombardeo publicitario, de por sí ya excesivo y letal.

En cuanto a la vulgarización de los contenidos, baste repetir el epigrama de Lope de Vega: “El vulgo es necio/ y puesto paga es justo/ hablarle en necio/ para darle gusto”. No de otra manera se explica la pésima calidad de la oferta de la televisión abierta: el objetivo de la cantidad riñe brutalmente con la calidad. Si a ello se agrega el oscuro objetivo de embrutecer para dominar, la combinación resulta un perfecto atentado y constituye la piedra angular del poder mediático. Mientras que la televisión se contemple como negocio comercial el resultado será el mismo, así se abran mil canales. La competencia por la publicidad seguramente logrará reducir su precio, aunque el costo para las empresas se verá duplicado por la necesidad de estar presentes en los cuatro canales. Para el consumidor el único resultado esperado será el del aumento del bombardeo publicitario enajenante, incluida la propaganda oficial encubridora de la triste realidad.

Lo anterior descrito, embrutecimiento y enajenación consumista, sólo es la cama para el ejercicio del gran poder de la manipulación informativa. De ninguna manera es concebible que los dueños de los medios electrónicos permitan un manejo informativo que atente contra sus particulares intereses, por más competitiva que pretenda ser, lo que incluye a los intereses de sus clientes publicitarios: las grandes empresas y el gobierno en turno. Cualquier excepción confirma la regla: el caso de Carmen Aristegui, que es un oasis en el desierto informativo, prevalece en tanto así ha convenido a los dueños del medio en que funciona; aunque tiene una gran audiencia, sus grandes espacios para la publicidad pasan vacíos por falta de ventas; está vetada por las grandes empresas publicitarias. La regla es desinformar al gusto del patrón.

Por lo antes expuesto puedo afirmar que la propuesta específica en materia de apertura de la competencia con la autorización de dos nuevas cadenas privadas de televisión, contradice lo postulado en la exposición de motivos del Pacto por México. En los términos de ésta última, el afán de reducir y someter a las leyes el poder fáctico de las televisoras tendría que pasar, sí, por la apertura del espacio radioeléctrico pero destinada a las universidades, a informadores independientes de corte comunitario, a etnias y, en esta apertura, hasta las iglesias pudieran participar. La legislación argentina ofrece una interesante experiencia a estudiar. El tema amerita la convocatoria a una amplia consulta a la sociedad que, con base en información cierta, haga efectivo el postulado del Pacto por México. Es una prueba de fuego para saber si va en serio o es sólo una patraña más del viejo PRI en el poder.

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Gerardo Fernández Casanova


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