La revolución naxalita acumula fuerzas y se extiende por territorio indio

Se trata de una vieja aspiración de la oligarquía india que en los últimos diecinueve años se ha traducido en la imposición de políticas neoliberales, desmantelando paulatinamente su hasta entonces economía centralizada y privatizando los principales sectores productivos.

Junto a este hecho, y en un intento por reforzar este paso al occidentalismo, India ha alcanzado acuerdos militares con Israel (lo que ha provocado un auge del islamismo que se está traduciendo en atentados por todo el país y en ataques contra otras confesiones religiosas, en especial la cristiana) y estudia «congelar» el acuerdo de construcción de un oleoducto de gas con Irán.

La izquierda india, muy numerosa y con responsabilidades de gobierno en estados como Bengala Occidental, Kerala, Minipur, Tamil Nadu y en Tipura (que albergan a unos 220 millones de indios en total, casi la cuarta parte de la población del país), todos gobernados por el Frente de Izquierda hegemonizado por el Partido Comunista de India (marxista). Pero también en India se está asistiendo al auge, cada vez mayor, de la insurrección naxalita, liderada por el Partido Comunista de India (maoísta) y su brazo armado, el Ejército Popular Guerrillero del Pueblo. Existe, además, otra organización guerrillera impulsada por el Partido Comunista Marxista-Leninista Guerra Popular.

Estas dos organizaciones ya han hecho un llamamiento a boicotear las elecciones.


Los naxalitas se están convirtiendo en un movimiento político de alcance nacional. Actúan en catorce de los 28 estados de India (Chhattisgarh, Jharkhand, Uttar Pradesh, Asma, Uttaranchal, Kerala, Tamil Nadu, Bengala Occidental, Gujarat, Andhra Pradesh, Madhya Pradesh, Orissa, Maharashtra y Bihar), lo que, en cifras, significa que en 182 distritos, de un total de 602 en que está dividido administrativamente el país, son los maoístas quienes controlan la situación. En abril se consideraba que actuaban en 165 distritos (170, según del CADH), y el que ahora estén activos en 17 distritos más indica su progresión imparable, que se produce no sólo en el campo sino que está comenzando a extenderse a las ciudades, especialmente a las zonas obreras e industriales de Delhi, Mumbai, Raipur, Pune y Jammu, donde alternan las acciones propagandísticas con las militares. El propio Gobierno indio estimaba hace un año que entre el 30% y el 35% del territorio de India está bajo el control de los naxalitas, porcentaje que será mayor en la actualidad.

Los éxitos revolucionarios en el campo son incuestionables: ni la Policía ni los funcionarios estatales se atreven a entrar en Bastar, una extensa zona del Estado de Chhattisgarh, de unos 100.000 kilómetros cuadrados, y sus acciones contra los paramilitares de Salwa Judum («cazadores de la paz», armados por terratenientes y el propio Estado que les ofrece, además, un sueldo) están provocando la desmoralización y deserción de estos mercenarios en cuanto se produce un combate, debido a las constantes bajas que sufren.

El periódico «Indian Express» relataba con crudeza lo ocurrido tras un ataque maoísta que causó 55 muertos a una fuerza conjunta de policías y paramilitares al hacerse eco de un informe oficial en el que se recogía la investigación llevada a cabo: «La cobardía, la deserción, la excesiva dependencia de los oficiales de Policía respecto de la Policía Especial Local (los paramilitares de Salwa Judum tienen la categoría de agentes policiales rurales), la carencia de un entrenamiento apropiado y el consumo de sustancias tóxicas influyeron en las causas de la matanza de los 19 policías y 39 PEL (Salwa Judum)». Para minimizar el efecto de la derrota, el informe recogía que dicho ataque había sido efectuado por una fuerza de «por lo menos 400 naxalitas». Aunque éste ha sido, hasta ahora, el ataque con mayor número de muertos, constantemente se reportan bajas entre policías y paramilitares, incluyendo a los comandos de élite de Andhra Pradesh, llamados «Galgos», que el pasado mes de junio sufrieron 38 bajas mortales al ser atacado el barco en el que se dirigían a realizar una operación militar contra un campamento maoísta.

«Diez contra uno, uno contra diez»

Los naxalitas han dado el paso de la guerra de guerrillas a la de movimientos, con una mayor acumulación de fuerzas y siguiendo el esquema clásico maoísta de «diez contra uno, uno contra diez», es decir, de obligar a las fuerzas estatales a asumir una posición defensiva táctica -fácilmente atacable en base a la superioridad de fuerzas- para, debido a estos golpes militares, obligarles luego a asumir una posición defensiva estratégica, o sea, la inmovilidad y la concentración de fuerzas en un solo punto para defender una ciudad o un territorio. Se puede afirmar que la guerrilla naxalita actúa en brigadas de hasta 300 combatientes. Si hay que hacer caso a la prensa india, los ataques contra estaciones de Policía, locales de los paramilitares, empresas mineras, ferrocarriles, estaciones de telecomunicaciones, construcciones eléctricas e, incluso, asaltos a cárceles -en diciembre de 2007 atacaron la prisión de Raipur, capital de Chhattisgarth, facilitando la fuga de 299 presos, 100 de ellos guerrilleros- los realizan fuerzas de entre 40 y 150 combatientes aunque en ocasiones llegan a los 400. No obstante, eso no quiere decir que los naxalitas mantengan grandes formaciones guerrilleras con carácter permanente, sino que se constituyen en función de la estrategia.

La guerrilla está comenzando a buscar la complicidad de los policías, a quienes llama a pasarse a su filas si no quieren seguir sufriendo sus embestidas. Cada vez que se realiza un ataque contra dependencias policiales los guerrilleros dejan en el lugar panfletos que dicen: «Estás luchando para impedir el levantamiento del pueblo, por lo que tu vida está en juego, porque el pueblo, al que estás matando, es de tu propia clase. Levántate contra el sistema». Cabe indicar que el Ejército, como tal, no está implicado en la lucha con los guerrilleros aunque algunas unidades de élite sí han participado en operaciones concretas contra la dirección naxalita.

La situación ha llegado a tal extremo que el Gobierno, que ya consideró hace unos años a la insurgencia maoísta como el principal problema de India, ha decidido poner en marcha un plan para contener el avance de la guerrilla: Iniciar un programa de desarrollo de las zonas más empobrecidas, modernizar la Policía, construir carreteras que sirvan tanto a las poblaciones como para facilitar el traslado rápido de las fuerzas policiales y crear seis escuelas de guerra, es decir, formar unidades antiguerrilleras para poder atacar y destruir los campamentos naxalitas en la selva. La idea del Gobierno es crear unos batallones específicos para la lucha contra la guerrilla que estén compuestos por 14.000 efectivos y la previsión era que antes de fin de año hubiera dos o tres en funcionamiento. En la actualidad la Fuerza Central de Reserva de la Policía, junto a los paramilitares de Salwa Judum, lleva el protagonismo en la lucha contra los maoístas. Cuenta con 201 batallones, 32 de los cuales están desplegados en zonas donde operan los naxalitas pero se han mostrado altamente ineficaces y, cada vez con mayor frecuencia, reciben contundentes golpes militares, por lo que ahora se han decidido crear batallones antiguerrilla al estilo del tristemente célebre Batallón Atlacalt de El Salvador, responsable de innumerables matanzas en zonas rurales del país centroamericano.

El gran salto adelante

Hasta este momento, la guerrilla estaba dejando a un lado las ciudades para centrarse en el control total del campo, siguiendo la vieja estrategia de cercar las ciudades desde el campo. La estrategia era penetrar y consolidarse en las áreas rurales y, una vez consideradas seguras sus bases de apoyo, ir estableciendo coordinaciones eficaces y efectivas entre las diferentes células en otros estados. Esto ha dado inmejorables resultados en Nepal.

Al igual que sus camaradas nepalíes, los maoístas indios respetan a los cargos locales -incluyendo a policías- si el pueblo considera que son honestos y no están comprometidos en casos de corrupción o represión. También respetan a las empresas que están instaladas en sus zonas de influencia, pero las cobran un «impuesto revolucionario», que oscila entre el 15% y el 20% de sus beneficios, con el que financian sus actividades. Por el contrario, los naxalitas son implacables en su lucha contra las Zonas Económicas Especiales (ZEE) que está poniendo en marcha Delhi, con el apoyo de los gobiernos de los estados, para establecer industrias, incluidas las metalúrgicas y mineras, y que están provocando el desplazamiento de sus hogares de decenas de miles de habitantes rurales, que, por consiguiente, están perdiendo sus medios de vida. La gran mayoría de desplazados son aparceros sin tierra, artesanos y pequeños comerciantes, provenientes de las comunidades desfavorecidas de dalit y adivasi y de minorías religiosas.

El trabajo político de la guerrilla naxalita, se centra, precisamente, en los dalits, los intocables en el sistema de castas y los parias dentro de India. Esta decisión ha estado en el origen de la expansión guerrillera por toda India. Como eje del trabajo político y militar, en el IX Congreso se acordó, además, la extensión de la guerra popular a todo el país, «el apoyo a las luchas nacionales contra el expansionismo indio» en Cachemira y Jammu, la expansión del movimiento a las ciudades para tener presencia entre las masas urbanas empobrecidas y la clase media con la finalidad de «lograr un movimiento masivo contra las políticas neoliberales» y, por consiguiente, la lucha contra las Zonas Económicas Especiales, calificadas de «enclaves neocoloniales», que han sido creadas en los últimos años y han provocado «la dislocación de las pequeñas industrias y de los comerciantes, empujados a la bancarrota por la ofensiva masiva de las imperialistas compañías transnacionales y de los compradores-burócratas-burgueses».

La entrada en las ciudades es «el gran salto adelante» de los maoístas indios. Hay presencia de células naxalitas en las zonas obreras e industriales de Delhi, Mumbai, Raipur, Pune y Jammu. Aunque, por el momento, la principal actividad es la propagandística, en algunas zonas donde el movimiento naxalita es especialmente fuerte se están ya realizando acciones militares.

Es el caso de Nayararh, una de las más importantes ciudades del estado de Orissa, donde un comando naxalita realizó una de sus más audaces acciones hasta la fecha: se produjo el asalto a una comisaría de Policía y la requisa de 1.069 armas almacenadas allí. El Gobierno indio sólo ha dado la cifra, no detalles de las armas capturadas, lo que indica que en poder de la guerrilla hay ahora un material más sofisticado, como se pondría de relieve en las últimas operaciones militares en las que se han bombardeado instalaciones policiales con morteros de 80 milímetros y se están usando lanzagranadas para atacar las caravanas de vehículos policiales y paramilitares.

La presencia naxalita en ciudades y centros industriales supone el salto a la guerra popular prolongada. Desde mediados de 2007 los naxalitas han actuado de forma preferente en ZEE de una franja que comprende las ciudades de Bhilai-Ranchi-Dhanbad-Calcutta, por un lado, y de Mumbai-Pune-Surat-Ahmadabad, por otro, al tiempo que han planteado bloqueos que han sido impuestos de forma desigual, dependiendo de las zonas donde tienen más fuerza, como es el caso de los estados de Jharkhand, Orissa, Chhattisgarh y Bengala Occidental y en los que menos, como en Haryana y Punjab. En Bengala Occidental, un Estado gobernado por la izquierda, la ZEE prevista ha tenido que ser suspendida tras una revuelta popular campesina, que contó con el apoyo maoísta y que fue sofocada a sangre y fuego. Este hecho provocó un tremendo descrédito de la izquierda tradicional, del que se está beneficiando la insurrección naxalita que ve cómo los campesinos pobres se incorporan en masa a sus filas.

Un nuevo frente de izquierda

Los éxitos militares de los revolucionarios indios están siendo acompañados de un éxito político demostrable en las zonas bajo su control, donde se ha logrado una eficaz mejora del nivel de vida de la población, básicamente rural, y están en condiciones de ofrecer una alternativa a la izquierda tradicional y reformista. Esto está provocando que un cierto sector de los intelectuales indios vea con agrado y simpatía a la guerrilla y que, como es el caso de Arundhati Roy, se niegue a calificar su lucha de inmoral o «terrorista». O como el conocido músico Ravi Shankar, que ha dicho públicamente que los maoístas son «admirables».

Desde que los naxalitas comenzaron a realizar trabajo político en las ciudades, entre los pobres urbanos, los habitantes de los barrios marginales y de la clase obrera organizada, especialmente tras la masacre de campesinos ordenada por el Gobierno de Bengala Occidental -gobernado por el Frente de Izquierda hegemonizado por el Partido Comunista de India (Marxista)- en marzo de 2007 cuando se oponían a la ZEE prevista en Nandigram, las voces para que los maoístas lideren otro frente de izquierda en India, de carácter inequívocamente revolucionario, se están alzando cada vez con mayor fuerza. Se les pide «una nueva dinámica en la propaganda», una mayor atención hacia los «no iniciados en política» y «una mayor atención a las clases medias».

Los maoístas están en ello, conscientes de que el progreso de su guerra popular prolongada depende de la creación de una plataforma cultural y políticamente diferente de la que ha existido hasta ahora en India -de forma especial en lo que se refiere a la separación de castas, la opresión feudal de la familia y las costumbres- y, sobre todo, alejada de los pasillos del poder que tanto gustan a la izquierda tradicional.

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