Mercado capitalista y mercado socialista

La descomposición de los centros imperialistas continúa agudizándose y la recesión económica se profundiza rápidamente a pesar de todos los planes de “rescate” y de las “inyecciones de liquidez en los mercados” que, nos decían hace apenas unos meses, solucionarían el problema de la crisis financiera y evitarían el contagio a la economía real de las “disfunciones de los mercados”.

Sin embargo, ahora constatamos que mientras los bancos y las grandes empresas financieras, inmobiliarias e industriales reciben enormes cantidades de dinero para sanear temporalmente sus finanzas y garantizar sus escandalosos beneficios, el aumento del desempleo en los Estados Unidos y en Europa demuestra que, una vez más, los gobiernos de los capitalistas hacen pagar los costes de su propia incompetencia, de su corrupción , de sus trampas financieras y de las gigantescas estafas piramidales, a los trabajadores que ven como se destruyen cada día miles de puestos de trabajo.

Las teorías económicas simplistas y reaccionarias que sustentaron el neoliberalismo, y la noción absurda y acientífica de que el mercado capitalista, libre del nefasto intervencionismo del Estado, resolvería todos los problemas, llevaron a la continuada reducción del nivel de ingresos de los trabajadores y a un desequilibrio, cada vez mayor, entre los beneficios de los capitalistas y la capacidad de consumo de las clases populares.

El resultado de esta política de trasvasar recursos de la clase obrera a la burguesía en los Estados Unidos y Europa, y de los países dependientes a los centros imperialistas en todo el mundo, que ha permitido amasar inmensas fortunas y mantener porcentajes de beneficios extraordinarios a la banca especuladora imperialista y a las grandes empresas multinacionales, no es otro que ¡arruinar a sus propios clientes!

Política miope, estúpida y suicida que lleva a la autodestrucción económica por la vía de restarle capacidad de compra a todos aquellos que, a través del consumo, mantienen la actividad productiva y comercial y, en definitiva, todo el ciclo de la economía generadora de empleo y de riqueza, en los ámbitos de la producción, la distribución y el consumo.

Dicen que los mentirosos terminan siempre por creerse sus propias mentiras. Los burgueses imperialistas y los políticos, economistas y hasta filósofos (incluyendo a muchos intelectuales de la “nueva izquierda”) que trabajan a su servicio directa o indirectamente, se inventaron, en su momento, aquella tontería de la “economía de libre mercado” como contrapunto a la “economía planificada” que se atribuía a los países socialistas donde, de forma absurda y antimarxista, se mantenía la “teoría” de la inexistencia del mercado y de la consiguiente inoperancia de sus leyes, descubiertas y desentrañadas precisamente por Carlos Marx y Federico Engels.

Curiosamente, de la misma manera que no puede existir una planificación económica eficaz sin el uso de las leyes del mercado (de hecho “planificar” no es, en definitiva, más que una forma de regular el mercado) tampoco es cierto que exista ni haya existido nunca un “mercado libre”.

Por el contrario, el mercado es siempre, por definición, regulado por un sinfín de normas, restricciones, reglamentos, leyes, aranceles, tributos, tasas e impuestos de todas clases. La diferencia entre el mercado capitalista y el mercado socialista no reside ni en su inexistente “libertad”, ni en la pretendida inoperancia de sus leyes objetivas.

La única diferencia esencial entre el mercado en el sistema capitalista y en el régimen socialista de transición hacia la sociedad comunista (donde el mercado no será ni libre ni regulado sino que simplemente dejará de existir), es que mientras en el primero todas las normas y regulaciones están pensadas y encaminadas a beneficiar a la clase de los capitalistas y a perpetuar e intensificar la dominación y la explotación de los trabajadores asalariados y los pequeños productores, en el sistema socialista el mercado se regula y se planifica, (planificación que, insistimos, no es más que una forma de regulación) en beneficio de los trabajadores, en un contexto político y social totalmente distinto de la sociedad capitalista.

A diferencia de cualquier Estado burgués que, independientemente de su forma más o menos democrática o dictatorial, es siempre en esencia una dictadura de la burguesía, en el Estado socialista, donde también independientemente de su forma más o menos democrática o dictatorial, impera esencialmente la dictadura del proletariado, el mercado y su regulación y planificación es un instrumento en manos de los representantes de la clase obrera para desarrollar las fuerzas productivas, recuperar el retraso técnico y científico con respecto a los países más avanzados hasta superarlos, y demostrar la superioridad de la sociedad socialista, no sólo en el aspecto ético-moral sino también en el científico-productivo.

El problema actual en los Estados que conforman los principales centros imperialistas, particularmente los Estados Unidos y la Eurozona, es que la ciega e irracional tendencia de sus clases burguesas dominantes a aumentar e intensificar la explotación de la fuerza de trabajo, tanto en sus propios países como en las colonias y naciones dependientes, les ha llevado a la situación absurda de que ya no encuentran quien compre sus productos.

Y al descenso de las ventas ¿cómo responden? ¿Aumentando el poder adquisitivo de la mayoría de la población para reactivar el consumo? ¡No! La anarquía inherente al sistema capitalista hace que cada empresario trate de resolver su propio problema ¡despidiendo a una parte (o a la totalidad) de sus trabajadores!

El resultado general de la actuación egoísta de cada capitalista provoca, en el conjunto de la economía, la contracción material y sicológica del consumo y la consiguiente agudización de la recesión, que avanza imparable hacia la catástrofe económica. Es decir que a la economía capitalista le está ocurriendo aquello tan conocido de que entre todos la mataron y ella sola se murió.

De momento parece que el sistema resiste. El barco hace agua pero no se hunde. Pero sólo se trata de la calma que precede a la tempestad. El desempleo aumenta sin parar. Cualquiera puede comprobar que las oficinas del INEM ya están desbordadas. Se duda de que se puedan pagar todas las prestaciones por desempleo y los subsidios de miseria que prolongan, no para todos, los pagos durante cierto tiempo.

Pero ¿qué va a pasar cuando se empiecen a agotar los plazos de cobro de estas prestaciones, sumado a los nuevos parados que la propia crisis genera constantemente?

Entre los lacayos del sistema empieza a cundir el pánico. Algunos están ya alarmados por las consecuencias sociales de la inminente profundización brusca de la crisis, que se espera para mediados de este año. Aunque pocos se atreven a pronunciarse públicamente, ya se oyen algunas voces atemorizadas.

Hablan de conflictos sociales, de revueltas y motines públicos. Saben que cuando el pueblo no tenga qué comer asaltará los supermercados y saqueará las tiendas. Tiemblan, y con razón, los intermedios, los socialdemócratas, los oportunistas, los izquierdosos. Temen que llegue el momento en que desaparezca su cómodo lugar de neutrales y pacifistas y se vean obligados a pronunciarse. Porque soluciones para resolver la crisis económica no tendrán, pero los “cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado”, (del Estado capitalista, se refieren) están ya preparándose para “cualquier emergencia de desafío a la paz social y al orden constitucional”.


(*) Pedro Brenes es militante del Partido Revolucionario de los Comunistas de Canarias (PRCC)

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