Transcurridos 60 años, los hechos y los actores son casi los mismos

El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán puso al descubierto la realidad colombiana

La masacre llevada a cabo por el ejército colombiano --en la cual cayeron abatidos en tierra ecuatoriana, mientras dormían, el comandante Raul Reyes y otros miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia--, puso de nuevo en el escenario prácticamente a los mismos actores de hace 60 años, cuando, en el contexto de la celebración de la Conferencia de Bogotá, en la cual fue creada la Organización de Estados Americanos, se produjo el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán.

Tal como ocurre actualmente, los hechos de violencia sucedidos en el hermano país generaron una sacudida política en Venezuela y el resto del continente, sólo que en esta oportunidad la respuesta institucional de la OEA fue completamente distinta, lo cual, para muchos, como por ejemplo, el presidente de Brasil, Luis Ignacio Da Silva –Lula—, es una muestra de los cambios operados en ese organismo que una vez fuera llamado despectivamente “Ministerio de Colonias de los Estados Unidos”.



El asesinato de Gaitán



La muerte de Jorge Eliécer Gaitán ocurrió el 9 de abril de 1948, cuando se desarrollaba en Bogotá, capital de Colombia, la reunión de los países del continente conocida como Conferencia de Bogotá –IX Conferencia Panamericana--, en la cual fue creada la Organización de Estados Americanos, OEA.

Como era de esperarse, ese hecho y sus secuelas –bautizado como “El Bogotazo”-- tuvo fuertes repercusiones en el ámbito político venezolano, donde la sociedad trataba de buscar canales de escape al oscurantismo gomecista y estrenaba un convulsionado régimen democrático surgido de elecciones universales, directas y secretas realizadas pocos meses antes, de donde emergería la figura presidencial de Don Rómulo Gallegos.

El insigne escritor sería víctima también de la misma vorágine poco tiempo después, al ser derrocado por un golpe de Estado en el cual se registró la presencia directa de representantes del Gobierno de los Estados Unidos de América y produjo la toma del poder por parte de una Junta Militar rápidamente reconocida por los demás gobiernos del Continente basados, precisamente, en las resoluciones que había impuesto el país del Norte en la creación de la OEA, unidas a otros dos elementos, como fueron el anuncio del Plan Marshall por el presidente gringo y la iniciación de la guerra fría.

Esos tres elementos desatarían lo que se conoció como el “macarthismo” en los Estados Unidos de América –cacería de comunistas--, el golpe de Odría contra el tambaleante régimen bustamantista en Perú, el noviembre venezolano, y, con algunos años de aplazamiento, el madrugonazo de Batista en Cuba, la invasión mercenaria de Castillo Armas contra el gobierno progresista de Jacobo Arbenz en Guatemala y el desconocimiento del triunfo de Cheddy Jagan en la entonces Guayana Inglesa.

El 10 de abril de 1948, Tribuna Popular, el periódico del Partido Comunista de Venezuela. abrió con gran despliegue su primera plana: “Gangsterismo yanqui. Asesinado Gaitán”. Según el PCV, se trataba de una actuación mafiosa de los norteamericanos enmarcada en su política colonialista y antidemocrática, inspirada por sus planes de dominación del mundo.

Expresaron los comunistas que la sangre de Gaitán provocaba torrente de sangre popular en Colombia cuando un movimiento espontáneo sin precedentes lanzó a la calle a multitudes enfurecidas que desde hacía largos años soportaban la agresión permanente de la policía política conservadora, de los terratenientes revanchistas, de los clérigos cerriles y franquistas y de los agentes del imperialismo yanqui en Colombia.

Recordó TP cómo desde antes del asesinato de Gaitán, los conservadores habían asesinado a más de trescientos militantes liberales y de otros sectores democráticos, habían asaltado hogares y quemado casas, atendiendo las voces de sus líderes que llamaban a acabar la disputa entre conservadores y liberales a sangre y fuego. Cualquier parecido con la actualidad no es simple coincidencia.

En su edición del 21 de abril, Tribuna publicó una entrevista con Pedro Abella, secretario general de la Confederación de Trabajadores de Colombia, quien regresaba a su país luego de asistir en México al III Congreso de la CTAL. Este resaltó que asesinar a jefes liberales no era cosa extraña para la reacción conservadora en la vecina nación y recordó la muerte, en 1914, de otro caudillo, Rafael Uribe Uribe, quien había roto con las oligarquías y orientaba al liberalismo hacia las clases trabajadoras.

“Gaitán –sostuvo Abella—representaba el ala izquierda del Partido Liberal. Líder popular, opuesto a la colaboración con el gobierno reaccionario de Ospina Pérez, enemigo de las camarillas oligárquicas dentro del seno del liberalismo (...) estaba logrando la unificación de la gran masa liberal bajo su dirección y sin duda alguna lograría en las próximas elecciones presidenciales derrotar a los candidatos conservadores; ha caído vilmente asesinado por un instrumento de los enemigos del pueblo colombiano”.

Quienes armaron espiritualmente al asesino, según él, no podían ser otros que los clericales conservadores y sus amos imperialistas. Basó su señalamiento contra estos últimos en la determinación de Gaitán de no aceptar las cruzadas anticomunistas a las cuales el imperialismo quería llevar a los partidos mayoritarios en Colombia.

“Y al mismo tiempo, en su programa (...) subrayaba la necesidad de una lucha de todo el pueblo colombiano contra la intervención y opresión de los grandes capitales extranjeros. Además, estaba haciendo un estudio especial para la reintegración a favor del estado de las concesiones petroleras, especialmente de la concesión Mare, cuyo vencimiento está fijado para 1951 y cuya compañía, una subsidiaria de la Standard Oil Company, hermana de la Creole de Venezuela, provocó últimamente los conflictos obreros de los cuales la prensa de todos los países de América se ha ocupado intensamente”.

Posteriormente a esta entrevista, daría cuenta Tribuna Popular de la detención de connotados dirigentes del liberalismo colombiano, entre ellos Gerardo Molina, rector de la Universidad Nacional; Jorge Zalamea, José Vicente Cambariza y Rómulo Guzmán, todos del sector gaitanista, y ello, según el vocero comunista, confirmaba la apreciación de que el asesinato del líder liberal buscaba eliminar las cabezas visibles del movimiento izquierdista en esa organización.

Para TP, la formación del nuevo gobierno de coalición surgido a raíz de la conmoción social no significaría la paz para Colombia, pues ésta sólo se lograría con el abandono del poder por parte de Ospina Pérez y los conservadores clericales. El gobierno Ospina-Lleras Camargo constituía una traición al pueblo y al movimiento gaitanista, y su interés era liquidar a la corriente inspirada por Gaitán y a las fuerzas democráticas que pugnaban por el establecimiento de un gobierno popular en Colombia.





Los comunistas colombianos



El 11 de mayo, el diario publicó como editorial la declaración del Partido Comunista de Colombia sobre los acontecimientos, donde se ratificó que la muerte del dirigente liberal fue una consecuencia natural y lógica del clima de violencia y de barbarie creado por el gobierno conservador unificado, dando estricto cumplimiento a las consignas de “acción intrépida” y de “política de sangre y fuego” preconizadas primero por las directivas conservadoras desde la oposición y practicadas luego por el ministro Montalvo desde el gobierno. Fue también un efecto directo de la orden de asesinar a Gaitán lanzada públicamente por el periódico conservador de Montería, El Deber.

El clima de provocación y los asesinatos, llevados a cabo por las armas oficiales a través del territorio colombiano, formaban parte de las maniobras imperialistas encaminadas a crear una situación caótica posibilitadora de la instalación de dictaduras antidemocráticas para poder someter, por este medio, a nuestros países a los dictados de los grandes monopolios norteamericanos, ratificando lo que ya se había venido diciendo en Venezuela.

La espontánea explosión popular había buscado, en un principio, el derrocamiento del gobierno y luego degeneró en saqueos y actos de terror, cometidos fundamentalmente por los presos liberados de las cárceles y fomentados por elementos provocadores del conservatismo para desviar el objetivo central del pueblo. Sin esos actos, decía TP, el pueblo colombiano hubiera logrado una jornada efectiva para la democracia.

“Los trágicos acontecimientos que ha vivido el país –enjuiciaba el PCC en su comunicado— comprueban una vez más la impopularidad e incapacidad de la oligarquía conservadora para gobernar nuestra patria y demuestra que es ella la directa responsable de la sangre derramada y de todo el dolor del pueblo colombiano.

“El Partido Comunista considera que sólo la caída de Ospina Pérez y la instauración de un gobierno democrático puede garantizar la restauración democrática del país, respeto a la vida de los colombianos y asegurar la tranquilidad de la patria”.

Si nos ubicamos en el momento actual, revisando los planteamientos que han venido haciendo los sectores enfrentados al gobierno colombiano, podríamos percatarnos de que la realidad ha cambiado muy poco, salvo el nombre de los actores y la presencia militar directa de los Estados Unidos de América, con al llamado Plan Colombia o Plan Patriota.

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