Uno
de los muchos personajes de Joselo era un sujeto (no recuerdo si era el
inolvidable mendigo) que llegaba al hospital víctima de un dolor
espantoso. Conmovidos por su estado, los doctores y enfermeras del
hospital le prodigaban todas las atenciones, lo consentían, le daban
comida, las mejores sábanas. Cuando alguien intentaba negarse a
servirlo como a un rey el hombre se doblaba entre gritos, tras lo cual
volvía a ser atendido con toda delicadeza. A medida que avanzaba el
sketch el hombre se iba poniendo pesado. Pasaba una enfermera buenísima
y él le agarraba el culo; cuando la mujer iba a protestar le sobrevenía
una puntada terrible y la tipa tenía que volver a su actitud servil.
***
Es
vieja la figura, pero hay que volver a ella de vez en cuando: los
judíos creen tener el monopolio del dolor. El mundo tiene que calarse
las bombas, crímenes y chantajes del gobierno de Israel y de todas las
comunidades judías en el mundo tan sólo porque Hitler los volvió
remierda el siglo pasado. Y vaya que les tienen miedo los gobiernos y
gentes poderosas; nada que ofenda a los judíos puede quedar sin una
disculpa pública, y a veces tampoco sin una disculpa privada. Quien se
mete con Israel y su radio de acción (un radio de acción que abarca
todo el hemisferio occidental y parte del otro) está frito, no tiene
vida, no tiene futuro. ¿Inventos fantasiosos de neonazis y comunistas?
No señor. Ya les echo un cuento.
***
En
1998 yo trabajaba en una difunta revista de El Nacional, la cual
respondía al nombre de Feriado. Esa misma, donde antes se hicieron
famosos Kico, Juan Barreto, Pedro Chacín, Valentina Quintero y una
larga generación de periodistas, algunos más serios que otros. Recuerdo
que antes de yo entrar a chapucear en esa publicación la revista se
mantenía firme en la preferencia de los lectores de la edición
dominical, entre otras cosas a causa del culero bello que aparecía en
sus páginas. Aquello era un desfile de muchachas talentosas y otras muy
imbéciles, y es fama que estas últimas estaban más buenas que las
anteriores. Y la revista se leía, captaba anunciantes. Luego entró de
director Edmundo Bracho, la convirtió en una revista decente con
contenidos decentes, los culos fueron desapareciendo poco a poco para
darle paso a unos reportajes interesantes y a los lectores de El
Nacional comenzó a aburrirles el asunto. Los anunciantes fueron
escaseando y de pronto Feriado fue sacada de circulación. Que en paz
descanse.
El
caso es que en aquel año 1998 trabajaba en la revista un caballero
llamado Luis Agüero. Cubano él, escritor y humorista, redactaba una
columna semanal. Un día, en uno de sus artículos, dejó caer un
comentario casual, una metáfora ligera que aludía a la execración
social de la cual eran objeto los fumadores. Escribió el caballero,
palabras más, palabras menos, algo como “La sociedad ve a los fumadores
como una raza maldita. Son los perseguidos, los judíos de este tiempo”.
Cosa tan inocua y relajada como esa merecía haber pasado como un
comentario más entre los muchos que producen más bostezos que
carcajadas. Pero no fue así. Porque aquel buen hombre, cuya intención
de cada semana era apenas llenar una página apta para el “lector
dominical” (la industria editorial considera que hay lectores
dominicales, pero no dice cuál es la diferencia entre la gente que lee
los domingos y la que lee los jueves) osó hacer un lánguido chiste
utilizando para ello la mención de los propietarios absolutos del
sufrimiento, de los mártires por antonomasia de la humanidad, y por si
fuera poco a los propietarios de muchos (en serio: MUCHOS) negocios en
nuestro país. ¿Cuál fue la reacción de estos hegemones planetarios? La
leerán aquí abajo, luego de los cortes.
Con el permiso de ustedes, voy a vomitar y ya regreso a escribirles el resto.
***
Primera
medida: telefonazo indignado de una especie de club de bichos de estos,
probablemente la propia Confederación de Asociaciones Israelitas de
Venezuela, a Miguel Henrique Otero. Se supone que el contenido de la
llamada y de la reacción del Otero era confidencial, pero la cosa es
demasiado buena como para venir yo a tragarme ese chisme ocho años
después (ya lo he contado antes, no se alarmen): Miguel Henrique le
pidió al director de la revista que por favor publicara íntegra la
carta que le envió la organización a Agüero (segunda medida, la carta
aquella), porque la pinga, esa gente era dueña de empresas y voluntades
y con sólo hacer sonar una campanita de bronce la mitad de las pautas
publicitarias del periódico podían esfumarse.
El
contenido de la carta era una especie de poema quejumbroso, escrito en
ese tono seudodiplomático propio de los tipos que cuando se ríen parece
que estuvieran aguantando las ganas de orinar. Recuerdo que llamaban
ignorante al columnista, por haber llamado éste “raza” a un
conglomerado que en realidad es un pueblo. El membrete de la carta era
un candelabro de esos de seis picos, ante cuya presencia se supone que
uno debe guardar silencio, tirarse en el piso apoyándose en la frente o
ponerse a rezar, o las tres cosas al mismo tiempo.
Ni
Miguel Henrique ni nadie habló en ese momento de presiones ni de
atentados contra la libertad de expresión. Todo correcto, todo en
orden: si usted tiene un chiste que aluda a los judíos usted se calla
la boca. Si usted se la da de gracioso y quiere cogerla con alguien
métase con los negros, los gochos y los gallegos, que esos sí son seres
inferiores. Porque si usted dice algo cómico sobre los judíos al día
siguiente puede amanecer fichado como nazi.
Eso no es censura previa, eso no es persecución. No chico. Quién dijo.
***
Por
cierto. ¿Recuerdan que hace unas semanas me metí con el todopoderoso y
también intocable “maestro” Abreu? Sobre este payaso les tengo otro
cuento bastante parecido. Pero será para después. Las bombas del
“maestro” hacen bulla pero no han matado a nadie, que se sepa.
***
Al
final del sketch de Joselo, llegan unos médicos armados con bisturíes y
otros instrumentos y le dicen que tienen que operarlo de emergencia.
Joselo se levanta, dice que ya está curado y el clímax del chiste se
produce cuando el tipo trata de zafarse de los médicos y enfermeros que
lo sostienen.
Pero
no tengan esperanzas: el libretista que convirtió a los israelíes y
judíos en general en sujetos intocables no ha inventado el bisturí
capaz de asustar a los dueños del mundo. Puede que a usted le duelan
esas imágenes de niños despedazados por las bombas de Israel, pero
usted se calla: si me abre la jeta es un adorador de Hitler.
ie de poema quejumbroso, escrito en ese tono seudodiplomático propio de los tipos que cuando se ríen parece que estuvieran aguantando las ganas de orinar. Recuerdo que llamaban ignorante al columnista, por haber llamado éste “raza” a un conglomerado que en realidad es un pueblo. El membrete de la carta era un candelabro de esos de seis picos, ante cuya presencia se supone que uno debe guardar silencio, tirarse en el piso apoyándose en la frente o ponerse a rezar, o las tres cosas al mismo tiempo. Ni Miguel Henrique ni nadie habló en ese momento de presiones ni de atentados contra la libertad de expresión. Todo correcto, todo en orden: si usted tiene un chiste que aluda a los judíos usted se calla la boca. Si usted se la da de gracioso y quiere cogerla con alguien métase con los negros, los gochos y los gallegos, que esos sí son seres inferiores. Porque si usted dice algo cómico sobre los judíos al día siguiente puede amanecer fichado como nazi. Eso no es censura previa, eso no es persecución. No chico. Quién dijo.
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Por cierto. ¿Recuerdan que hace unas semanas me metí con el todopoderoso y también intocable “maestro” Abreu? Sobre este payaso les tengo otro cuento bastante parecido. Pero será para después. Las bombas del “maestro” hacen bulla pero no han matado a nadie, que se sepa.
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Al final del sketch de Joselo, llegan unos médicos armados con bisturíes y otros instrumentos y le dicen que tienen que operarlo de emergencia. Joselo se levanta, dice que ya está curado y el clímax del chiste se produce cuando el tipo trata de zafarse de los médicos y enfermeros que lo sostienen. Pero no tengan esperanzas: el libretista que convirtió a los israelíes y judíos en general en sujetos intocables no ha inventado el bisturí capaz de asustar a los dueños del mundo. Puede que a usted le duelan esas imágenes de niños despedazados por las bombas de Israel, pero usted se calla: si me abre la jeta es un adorador de Hitler.
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