Los vuelos del capital

Dicen los que saben, el ingeniero Slim entre ellos, que México requiere de inversiones por más de 250 mil millones de dólares para crecer a un modesto ritmo de 6% anual. También dicen que del exterior nos llegan inversiones por algo así como 25 mil millones de billetes verdes. Pero también dicen que durante los aciagos seis años del calderonato salieron del país cerca de 100 mil millones de dólares de mexicanos para invertirse en el exterior. Como quien dice, estamos en la olla; tenemos poco, nos llega poco y sacamos mucho; así ni a la esquina alcanzamos a llegar. Entre capitales golondrinos (los que llegan en parvada y huyen al primer trueno), capitales chupamirtos (los que de manera solitaria exprimen todo el jugo) y los buitres o zopilotes (que son los más gordos porque aprovechan la carroña del capital) vamos a tener que llamar a un biólogo ornitólogo para que se encargue de las finanzas nacionales en esta era de la globalidad.

La tradicional actitud chantajista del capitalista que presiona a los gobiernos con la amenaza de la desinversión y la fuga de capitales (remember “el peligro para México”), con la globalización adquirió patente de corso. La garantía del libre flujo del dinero impuesta por los organismos financieros internacionales y los acuerdos de libre comercio, coloca en plena indefensión a los estados nacionales que, en tal circunstancia, determinan las políticas públicas con el ojo puesto en la reacción de “los mercados”, generalmente contrarios al interés mayoritario del país. El caso patético de los países europeos lo muestra con claridad: las calles tomadas por las multitudes en protesta no alcanzan a modificar un ápice la política económica de austeridad en el gasto social de los gobiernos; pero el más mínimo retraso en la aplicación de las medidas restrictivas se refleja en serias bajas en las bolsas de valores, las que sí son capaces de tumbar gobiernos.

Esta condición caracterizó a los dos gobiernos panistas y, según parece, se mantiene con el flamante gobierno priísta de Peña Nieto: gobernar al gusto de “los mercados”; mantener sin variar en lo mínimo la política de apertura irrestricta y el libre flujo de capitales y mercancías, con invitación privilegiada a la inversión foránea, como si no fuese suficientemente clara la lección del acontecer mundial y, particularmente, la del desastre de la economía mexicana. Los tecnócratas se defienden con el triste argumento de la fatalidad de la globalización y soslayan los casos exitosos de los países de la América Latina que han optado por la emancipación: todos ellos crecen y reducen significativamente la pobreza y el desempleo.

El nuevo secretario de economía confirma que el gobierno seguirá apostando a la exportación como motor del desarrollo del país, con el agregado de que se impulsará el aumento de la productividad para la mayor incorporación de insumos nacionales a las cadenas de exportación, con lo que pretende que se fortalezca el mercado interno. Significa esto que se mantendrán los privilegios a la inversión externa con miras a la exportación y, para ello y en aras de la competitividad, se mantendrán bajos los salarios y los impuestos, con lo que el mercado doméstico continuará deprimido y las expectativas de bienestar pospuestas.

La salida de capitales nacionales para invertirse fuera del país es un indicador importante. No es el caso de que la fuga obedezca a razones de inestabilidad política o de temores por regímenes nacionalizadores, sino por los bajos rendimientos producto, a su vez, de la debilidad de la demanda doméstica, además de la brutal competencia de las importaciones. Es un contrasentido sacrificar bienestar para atraer a los de fuera y castigar a los de adentro.

Brasil, cuyo desempeño económico ha sido ejemplar, es atractivo a la inversión local y foránea por el potencial de su demanda interna, con salarios en aumento permanente que duplicaron en pocos años a los de México. Venezuela crece a más que el doble de México y registra inversiones privadas significativas, aún en un régimen de corte socialista, porque ha incorporado a grandes masas de población a la posibilidad de consumir.

El único y eficaz aliciente a la inversión es que los sesenta millones de mexicanos pobres pudieran comer tres veces al día, vestir con mínima dignidad, vivir con salud y educarse con calidad. Además, de eso se trata cuando de política económica se habla, si no me equivoco.

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Gerardo Fernández Casanova


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