México

La regeneración obliga a educar

Recibí acres comentarios a la nota en que escribí  que dos terceras partes del electorado votaron por el conservadurismo, el doble de quienes lo hicieron por el progreso. Lo escrito, por cierto, no es una opinión o un punto de vista materia de debate sino una realidad numérica incontrovertible. Es cierto que tal correlación es producto de la obscena manipulación de la voluntad popular que supo engañar a muchos y del dinero que compró a más. Eso no quita que casi 50 millones de electores votaron bajo el engaño o vendieron su voto por migajas, sin descontar algunos que lo hayan hecho por convicción. Es claro que tal ejercicio violenta el principio constitucional que norma a los procesos electorales y niega el espíritu democrático, lo que es a todas luces inaceptable: se tiene que rechazar e impugnar por todos los medios posibles, aunque sólo fuera para que la historia lo consigne.

En el discurso hacemos referencia al pueblo soberano y en él sustentamos el afán de la transformación; lo suponemos como un ente homogéneo capaz de comprender las causas de su infelicidad y de identificar a quienes la provocan. Imaginamos que nuestra claridad para interpretar la realidad imperante es suficiente para que los demás lo entiendan. Estamos muy equivocados: la realidad cultural de la mayoría nos niega. Tiene, por lo menos, quinientos años la cultura que identifica la infelicidad con el mérito al goce eterno; que el cargo público es boleto al medro personal; que lo que se dice en el púlpito (o en la televisión ahora) es la pura verdad incuestionable, entre muchas otras aberraciones. En este contexto la entrega del voto a cambio de una despensa, en vez de causar vergüenza, significa un orgullo de la "viveza" del que algo obtuvo a cambio. De ahí que sea una extendida costumbre popular la pregunta ¿Qué me vas a dar? a quien llega a formular cualquier propuesta política. Si nuestra concepción de la realidad no incluye esta condición, estaremos muy lejos de entenderla.

Los conservadores la han comprendido y fomentado ancestralmente; son sus usufructuarios ampliamente favorecidos. Saben, por ejemplo, que pueden engañar diciendo que la reforma laboral es para crear empleos y beneficiar a la sociedad para que la mayoría deje solos a quienes protestan por su aprobación; un enorme ejército de desempleados aplaude una reforma que -le dicen- les permitirá trabajar. Cada nuevo golpe a la economía y al bienestar va envuelto en el guante de seda del engaño y la mayoría lo cree. Así sucedió cuando Salinas anunció la reestructuración de la deuda externa sin mencionar sus costos; la vendió como un gran triunfo que colocaba a México en el umbral del primer mundo y la mayoría se lo creyó. Aunque menos hábiles en el manejo del engaño, los panistas sustentaron sus patrañas en un brutal gasto de propaganda insuficiente para mantenerlos en el poder; regresaron los que tienen mayor capacidad de engaño y ya la ejercen a plenitud.

Reconocer esta realidad no es para aceptarla como algo fatal ni para darse por vencidos y arriar las banderas. Tampoco es para adoptar el engaño como fórmula de actuación de quien se proponga la transformación de la realidad. Es preciso asumir con claridad que la regeneración del país pasa necesariamente, como ineludible prerrequisito, por la creación de una nueva cultura social, acorde con el sentido de la democracia y para que el pueblo pueda salvar al pueblo. Se requiere de un gran esfuerzo educativo, no sólo para las nuevas generaciones, sino para la gente actual; no sólo la educación en la escuela, sino en todo el espectro del acontecer cotidiano personal y social. La acción política transformadora, antes que pedir votos, tendrá que crear pueblo y poder popular; combatir la ignorancia en la acción misma de aprender haciendo; aprender democracia ejerciéndola; procurar la justicia practicándola; acceder al bienestar trabajándolo.

          No es fácil hacerlo pero no hay otro camino que afrontarlo: es la principal tarea de quienes formamos ese tercio de la población que optó  por la alternativa del progreso.

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Gerardo Fernández Casanova


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