Alquimia Política

La “ilusión” de Julián Marías


El año de 1984, que fue bisiesto, ocurrieron cuatro hechos importantes: por un lado, en la Unesco se suscribe un documento que declara Patrimonio de la Humanidad a la ciudad libanesa de Biblos y a las ruinas de la misión jesuíta San Ignacio Miní, ubicadas en la provincia de Misiones, en Argentina; hecho, éste último, de gran significación para Latinoamérica, dado que se estaba reconociendo el legado de nuestros pueblos aborígenes. En otro aspecto, según informe presentado a las Naciones Unidas, se devela, con cifras oficiales, que la hambruna en Etiopía ha matado a un millón para lo que iba de 1984 (en noviembre se presentó ese informe). Como tercer acontecimiento, comienza a develarse que una nueva sustancia alucinógena está invadiendo el mercado del narcotráfico: el crack; esta nueva forma de cocaína que se puede fumar, aparece por vez primera en el área de Los Ángeles y pronto se difunde por todo Estados Unidos en lo que pasa a ser conocido como "epidemia de crack". Y el cuarto acontecimiento, sin olvidar que para comienzos de 1984 se iniciaba en Venezuela un nuevo período constitucional de gobierno, el de Jaime Lusinchi, se da la publicación de un pequeño texto de filosofía titulado “Breve Tratado de la ilusión” (Madrid, Alianza Editorial, serie Humanidades 4426), del escritor y filósofo español Julián Marías (1914-2005).

El texto “Breve Tratado de la ilusión”, es un paseo filológico, filosófico, místico y racionalista, por todas las vertientes que, desde la lengua española, y otras lenguas del mundo global, han caracterizado la palabra “ilusión”. Muchas veces se hace referencia a este término para referirse a estados de ánimo fantásticos, irreales; engañosos para quienes se aferran a la idea proyectada desde esos vapores destellantes de la ilusión. Tal cual dice el refrán popular: “Quien vive de ilusiones muere de desengaños”. Pero el tratamiento que le da Marías a este término es mucho más acucioso. Devela un interés especial por centrarlo entre el bien y el mal; destaca en el término los valores humanistas que lo delinean y a su vez, permite ahondar en las amenazas, en lo contrariado que puede llegar a ser un término que induce a la esperanza pero que no la concreta.

La palabra ilusión, esgrime en las 144 páginas de su libro Marías, proviene del latín illusio, por lo que aparece en las lenguas romances y en algunas como el inglés. En sus primeros pasos se le dio un significado negativo (burla, escarnio); aparecen también algunas palabras derivadas de ésta como: Iluso: el que está engañando; Ilusor: el que engaña a otro; e, Ilusorio: algo que engaña. Pero es en el español donde comienza a aparecer el significado positivo de la palabra ilusión. Con este significado, comienzan a surgir distintas expresiones como "tener ilusiones", "vivir con ilusión", entre otros. El cambio semántico de ilusión tiene lugar en los primeros decenios del siglo XIX, pero no fue registrado por los diccionarios hasta finales de dicho siglo. Hasta entonces, la ilusión era fruto de la imaginación, algo engañoso, un sueño imposible de alcanzar (hacerse ilusiones). En 1875 sigue su significado negativo, pero empieza a verse el positivo, aunque predomina la noción de error. Pero ya podemos ver que la ilusión nos es imposible de alcanzar o no, y si es así, si la podemos hacer realidad, nos brinda felicidad y satisfacción. Así, también cabe destacar que toda ilusión está inseparablemente unida a la posibilidad de la desilusión; cuando no conseguimos nada, cuando creemos que algo nos va a provocar bienestar y al final no es así, nos desilusionamos. A mediados del siglo XX se comienza a registrar la mayor parte de los aspectos positivos de esta singular palabra: tener ilusiones, hacer algo o poseer algo que nos haga sentirnos bien.



Julián Marías, dice que el hombre va construyendo el futuro con proyectos y "con la ilusión" de poderlos llevar a cabo, pero se sabe que existe la posibilidad de conseguirlo o no, pues el futuro no se puede controlar, de ahí que se necesite un margen de esperanza en la cual se asuma la ilusión como algo esperado en lo inesperado de las cosas de la vida; además, el hombre está consciente de que un día u otro morirá, por eso la ilusión tiene ese doble sentido, el positivo como la posibilidad de anticipación y el negativo como camino erróneo hacia unos objetivos limitados por la finitud de la existencia humana.



La ilusión, reitera Marías, es anticipación de lo que va a aparecer en la vida; cuando la realización de la ilusión es a corto plazo, aparece la impaciencia que la hace más intensa; si la ilusión fracasa, surge el sentimiento de no saber qué hacer y renunciaremos a ella o elegiremos otro camino para conseguir el fin. La ilusión es inminencia; nos ilusiona lo que podemos conseguir, pero esto no evita el que aparezca el temor a la desilusión, a que el resultado no responda a nuestras expectativas. Sin embargo, si lo que se alcanza es lo proyectado, es tomado como parte de la vida como algo personal e insustituible y sirve para ir formando en el “yo”, una trayectoria vital, pero la no conclusión del hombre en algunos de sus proyectos, hace que la vida no sea un elemento estático y se necesite nuevas ilusiones que complementen a las que se tienen y que contrarresten a las pérdidas o a las desilusiones. Por todo ello, la ilusión necesita un periodo de maduración y de planificación de medios, para darle un enfoque hacia el futuro; por eso no se debe confundir, expresa Marías, el placer instantáneo con la satisfacción de conseguir algo en lo que se ha ido trabajando durante un tiempo.



En una palabra, la ilusión se desarrolla de distintos modos en las distintas circunstancias, pero pienso que todo ser humano desea y se ilusiona aunque el grado o intensidad sea diferente. Cuando se vive ilusionado, la tendencia es a estar rodeados de circunstancias ideales para llevar a cabo las ilusiones. Esta actitud no desaparece cuando hay desilusión, sino que sigue patente por su continuidad y por el carácter proyectivo del hombre. La ilusión es el vínculo que el hombre cultiva para no perder su lugar en el universo.

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Ramón E. Azócar


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