El Banco del Vaticano "es la única institución financiera que no tiene acuerdos con los organismos de control internacionales".

La escritora y ensayista, nacida en Cerdeña, Michela Murgia, está decidida a contar cómo la Iglesia de Pedro ha contribuido y contribuye con reforzar los estereotipos de sumisión e inferioridad femenina, centrados, sobre todo, en los países mediterráneos.

Ahora lo hace a partir del éxito de su primera novela, La acabadora (Salamandra), pero su tarea, casi una militancia, se multiplicó a raíz de la publicación del ensayo Y la Iglesia inventó a la mujer (Salamandra) donde estudia las imágenes y la teología que las soporta hasta llegar a la actualidad: Berlusconi, violencia de género, curas pedófilos, etc. Todos, efectos colaterales de una “misión” que tampoco puede escapar de su propio malestar y decadencia. Ésta es la conversación que sostuvo con Ñ digital en las oficinas de la editorial Edhasa.

-Pasó de la narrativa a la literatura casi de denuncia…

-Exactamente, pero son procesos complementarios. En La acabadora la protagonista es una mujer dedicada a una tarea que en el mundo moderno ha desaparecido, tragada por una industria. Pero escribir es como hablar: uno no habla siempre de lo mismo. Y en el caso de este libro se trató de una necesidad. Yo quería hablar, participar del debate que en estos momentos hay en Italia sobre el lugar de la mujer, pero paradójicamente en ese debate no había espacio para la Iglesia Católica. Este ensayo le da un espacio en ese debate a la Iglesia Católica.

-No es un espacio muy amable

-No, es el espacio que puede tener. No podía escribir ficción sobre este problema. Hay cosas que no se pueden contar, y para las cuales es imprescindible usar la novela (la novela llega a todas partes). Por ejemplo, la eutanasia no se puede teorizar, se puede narrar, por ejemplo. La muerte se puede teorizar, pero si se la narra, el efecto es más preciso.

-¿Cómo nace este libro?

-Durante la época de Berlusconi, la imagen de la mujer estaba cosificada, degradada, vituperada. Era el reino de la mujer objeto. Pero el señor Berlusconi había sido votado por una gran cantidad de mujeres. Las cosas se sucedieron, los escándalos, uno tras otro, hasta que el año pasado mujeres de todas partes, de todas las ciudades, sin orientación ideológica definida, llenaron cuarenta plazas para protestar contra esas imágenes de la mujer. Obviamente, esto sucedió después de la serie de escándalos de orden sexual que protagonizó Berlusconi. Esas mismas mujeres que lo habían votado salieron masivamente a protestar contra él y su gabinete. Entonces se reabrió el debate sobre la imagen de la mujer en la sociedad, sobre la necesidad de reglamentar la publicidad, sobre los usos televisivos de esa imagen y sobre la imperiosa participación de las mujeres en la vida política.

-Había que pensar en la simbología religiosa que acompaña esa narración sexista.

-Por supuesto. Ése es uno de mis intereses fundamentales: pensar en qué medida la simbología religiosa acompañó esa narración sexista. Porque esto hay que decirlo con todas las letras: éste es un problema cultural, no es un problema del señor Berlusconi, que resultó el catalizador. Puedo asegurar (y no dudo que acá sea parecido) que en Italia cantidad de hombres piensan sobre las mujeres como Berlusconi.

-Digamos entonces…

…que Berlusconi aportó un pensamiento, pensamiento de bar, de café, y lo llevó al ámbito del gobierno. Porque muchas de las mujeres a las que él pagó servicios sexuales luego fueron ministras. Entonces la cuestión se transformó en un debate político.

-Berlusconi era un aliado explícito de la Iglesia. O al menos tácito.

-¡Explícito! Claramente. En Italia, la relación entre el gobierno y la Iglesia Católica se da a través de la CEI (Conferencia Episcopal Italiana), cuyo titular, en este momento, es monseñor Claudio Bagnasco.

-¿Es del Opus Dei?

-No, no, tiene relación… es de un grupo más reaccionario todavía. Al punto de que cuando Berlusconi llega al poder, lo que se hace es un pacto entre él y la Iglesia. Por eso digo que la relación es explícita: la Iglesia no se metía con los asuntos privados de Berlusconi, y el gobierno se comprometía, por ejemplo, a no tocar algunos institutos de la Iglesia, sobre todo los educativos. Y mucho menos su financiación. Dejaban que se metieran con las reformas educativas, cierto, pero nunca en aquellos sectores que se supone tocan las leyes y la moral católica. Para el caso, la cuestión bioética, sobre todo el testamento biológico y la muerte, los ritos funerarios. Tampoco legislar sobre las uniones de hecho o el matrimonio homosexual. El hombre es el hombre y la mujer es la mujer, y después, con suerte, los dos hijitos. Pues bien: Berlusconi respetó ese acuerdo a rajatabla, incluso, cuando hubo mucha presión con respecto al matrimonio homosexual, las leyes no se lograron sancionar.

-La Iglesia italiana parece tener múltiples negocios…

-La iglesia, en términos generales, es una empresa multinacional. Sus capitales están repartidos en todas las áreas, incluso, en la venta de armas. Se sabe que el Banco del Vaticano financió armas y cuando se estableció una comisión para investigar la ruta del dinero, no fue posible avanzar.

-¿Por qué?

-Porque es la única institución financiera del llamado mundo desarrollado que no tiene firmados acuerdos con los organismos de control internacionales, tribunales, etcétera, que puedan revisar sus cuentas, gastos, ingresos, erogaciones. Al Vaticano no se le pueden pedir cuentas por el movimiento de su dinero. Si no tienen nada que esconder, uno no puede evitar preguntarse por qué hacen eso. Y una de las respuestas posibles es que ciertos dineros no pertenecen sólo a la Iglesia católica sino a otros países.

-Volvamos al libro.

-¡Pero yo cuento todo esto en el libro! Y recapitulo, por supuesto… Lo que la Iglesia hizo con la narración de la mujer fue general. La imagen de la degradación, la humillación, el ser inferior, eso fue general. Y el impacto se sintió muy fuerte en los países más católicos, España, la Argentina, Italia. En otros países, Alemania, Holanda, Dinamarca, esa narración se superó porque también fueron atravesados por otros discursos, el del protestantismo, el del calvinismo. Hubo una evolución del lenguaje religioso. Lo que no quiere decir que no exista el machismo. Eso viene de mucho antes. Pero lo que no tenía era la impronta religiosa que la Iglesia sí le dio. La Iglesia no inventó el machismo, pero teniendo en sus manos el mensaje de la liberación (ni pobres ni ricos, ni judíos o no judíos, ni hombres o mujeres), se ocupó de los dos primeros pares –se ocupó mal– y para peor, ofreció una estructura narrativa que terminó reforzando el machismo. La división entre hombre y mujer persiste hasta hoy, y en esa división lo que se juega es la estabilidad de la Iglesia. La masculinidad de Dios es fundante en el imaginario católico.


-¿Qué dicen las italianas sobre las teorías del género?

-Eso es muy interesante… Porque quien primero se interesó por el feminismo de la diferencia, por ejemplo, fue Juan Pablo II, que era un hombre muy culto e inteligente y cuando arreciaban los movimientos de liberación femenina, en algún documento, reformuló la idea de diferencia. Dijo que la mujer no era diferente sino especial. Y desarmó a una buena parte del catolicismo de izquierda. Era un hombre inteligente en serio, informado. Sin embargo, jamás pudo entender que las mujeres, los homosexuales, cualquiera que no fuera hombre, simplemente lo que quería no era ser diferente (habrá excepciones, por supuesto) sino ser normal. Nosotros queremos ser normales. Es un largo camino el que falta por recorrer.

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