Alquimia Política

El nuevo paradigma de desarrollo: Independencia

El problema de la falta de germinación de una política de desarrollo que sea consecuente con el valor humano y productivo de la región Latinoamericana, se debe al “efecto colonizador”. El efecto colonizador de la inversión, es decir, su efecto alienante, por la transferencia a los extranjeros del control sobre los procesos productivos de un país, está en el meollo mismo, recalca Jiménez, de lo que los partidarios de la teoría de la dependencia han llamado nueva forma de dependencia en América Latina la desnacionalización de la industria interna. Y es que el cúmulo de intereses transnacionales ha marcado huella en el intento independiente de los países latinoamericanos para volcarse a premisas propias de desarrollo regional, limitante que se traduce en un crecimiento sostenido de la pobreza y un desgaste de los regímenes políticos vigentes.

Esta visión cruda de la realidad Latinoamericana nos centra en una interrogante urgente: ¿a quién le interesa si hay o no desarrollo en América Latina? Los habitantes de este hemisferio nos hemos vuelo indiferentes a lo que pudiese ser el aseguramiento de nuestro futuro. Aceptamos de forma indómita que hay un índice desfavorable para el bienestar y lo tomamos como garantía de que siempre seremos inferiores y que no hay manera de cambiar esta realidad. El latinoamericano se ha cimentado en el conformismo y por ende no tiene caminos alternativos ni creativos para inducir nuevas fórmulas que le permitan ver la realidad de la región de una manera más generosa con la sapiencia que en ella existe.

Esto nos lleva a otra interrogante: ¿qué futuro nos aguarda? El capitalismo salvaje será responsable de millones de muertes infantiles en un futuro próximo, así como el hambre y desnutrición de grandes masas en el mundo. Como de costumbre, explotará y oprimirá a innumerables hombres y mujeres. Para combatir esa peste no basta tomar conciencia, es indispensable tomar las riendas de una nueva cultura democrática, en donde lo fundamental no sea imponer un orden autoritario nacionalista, sino una auto gestión laboral, bregar por las autonomías indígenas, paliar la explotación si no es posible erradicarla totalmente, combatir la opresión en todas sus formas; incluirnos en el orden capitalista sin que este nos utilice, porque pensar en el siglo XXI bajo la premisa de un bloque continental sin revalorar lo humano no sólo es descabellado, sino suicida.

Si llevamos la realidad de América Latina a una visión cuantitativa, el muestrario nos presenta, según informe de la CEPAL del año 2011, que la pobreza alcanzó en 2007 el 45 % de su población contra un 48% en 2000; es decir, al año 2007 existían 204 millones de personas, no obstante que durante los ocho primeros años de la década la incidencia de los pobres se redujo en un número importante de países y especialmente en las zonas urbanas. En los menores de 20 años se mantuvo la proporción de pobres en ese período en alrededor de 100 millones y con la crisis de los últimos años esa cantidad podría elevarse a los 117 millones.

Es decir, más de la mitad de los pobres son niños y adolescentes con las consecuentes patologías sociales como la droga y la criminalidad. En otros términos, no pueden los líderes, lo intelectuales y la sociedad latinoamericana darse por satisfechos frente a esta realidad después de años de reformas.

El proceso globalizador y la revolución tecnológica ya no produce sólo explotación sino también exclusión. Los excluidos aumentan. Se trata de aquellos que no logran trabajo por mucho tiempo y que sólo pueden sobrevivir de la caridad. No lograron ni siquiera entrar a la cola del cambio técnico; pero lo más grave aún es que esa masa de excluidos está siendo alimentada por gobiernos adheridos a modelos transnacionales, renunciando a su independencia, a la capacidad de establecer criterios propios de subsistencia. No precisamente con apertura de plazas de empleo se induce al desarrollo, sino con una política de Estado que priorice lo social por sobre lo económico administrativo, aspecto que abre esperanza a los pueblos; un ejemplo de ello, el proceso revolucionario en Venezuela: un proceso en independencia económica, tecnológica e ideológica.

El filósofo germano-británico Ralf Dahrendorf (1929-2009), sin embargo, aprecia que hay una serie de países que, independientes o dependientes, debería hacer algo más que buscar crecer y liberarse; deberían dejar de ser satélites, parásitos de otros países o grupos económicos. Describe esta realidad con la categoría de la “indigentes”, que también abraza a países desarrollados que dependen de tecnología y recursos naturales de otros. Estos países, esgrime Dahrendorf, de no existir,  el resto podría (y quisiera) vivir sin ellos. En consecuencia, ellos no pueden ayudarse a sí mismos y muchos quieren terminar con todas las instituciones de la solidaridad. Más aún, la exclusión no abarca a aquellos que se encuentran en la base de la pirámide de la estratificación social. La cuestión es que sus miembros no pueden siquiera alcanzar a poner sus pies en el primer escalón. Esta evidente realidad es la que ha venido atacando, con muchos obstáculos, el proceso revolucionario venezolano. Apenas se está haciendo un esfuerzo, valga hacerlo sostenido en el tiempo para su materialización.

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Ramón E. Azócar


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