Políticos chilenos actuales no resisten preguntas simples y directas


Algo indescifrable ha de formar parte del poder, ya que no bien se accede a él comienza a producirse un notorio cambio en la percepción de la realidad,  y la antigua templanza se transforma en un férreo egocentrismo

Arturo Alejandro Muñoz

DESPUÉS DE CINCO décadas de estudios, trabajo y experiencias, puedo dar fe de que la mayoría de los actuales políticos chilenos –sean gobernantes u opositores- eluden olímpicamente las preguntas simples y directas. No las responden. Elucubran paradigmas que nadie les ha consultado y giran sobre sus propias apreciaciones, las que siempre dirigen hacia materias que no son de interés alguno para el interlocutor.

Algo indescifrable ha de formar parte del poder, ya que no bien se accede a él comienza a producirse un notorio cambio en la percepción de la realidad,  y la antigua templanza se transforma en un férreo egocentrismo que aconseja distanciarse de las necesidades y opiniones de aquellos que, supuestamente, deben ser representados.

Si a un político ‘experto’ se le pregunta en público cuál es su función, de seguro iniciará una retahíla ininteligible que derivará hacia la nada misma, aunque repitiendo hasta el hartazgo palabras como ‘honestidad’, ‘trabajo’, ‘pueblo’, ‘democracia’ y ‘patria’, pero sin asentarlas en un programa acorde a la intencionalidad de esos conceptos.

La única vez en la cual los políticos mostraron una insoportable honestidad fue durante el combate o el apoyo que expusieron ante la dictadura militar, muy particularmente en los primeros años de esa administración totalitaria. Como se sabe, los dirigentes de izquierda jamás titubearon para desacreditar internacionalmente la tiranía militar, e incluso mostraron franca disposición a apoyar una contraofensiva armada que sacara a tiros a los genocidas instalados en el gobierno y en el poder. Los derechistas, por su parte, tampoco se arrugaron para denostar un sistema que nunca les fue completamente favorable, como el democrático institucional.

En 1977, el asesor del dictador Pinochet e ideólogo de la actual Constitución totalitaria, Jaime Guzmán, en una entrevista a la televisión suiza, declaró: “Si entendemos por democracia parlamentaria como aquello que hemos vivido en Chile,  creo que es imposible volver a ella y nadie quiere hacerlo en el país, pues estamos conscientes que los problemas del país no pueden ser resueltos por asambleas irresponsables (es una referencia al Congreso Nacional)”.

Ante las mismas cámaras de la televisión suiza, otro de los asesores políticos de Pinochet, Álvaro Alcaíno, declaraba muy suelto de cuerpo la real opinión de la derecha chilena respecto de temas tan sensibles como el sufragio universal y la democracia. “Creo que gran parte del mal viene del sufragio universal. Creo que una de las grandes contradicciones de este siglo y del siglo XIX es el sufragio universal que le da la misma importancia a la opinión de un analfabeto y a la de un profesor. Es una contradicción reñida con la razón”.

El analista Leo G. Soto Toloza, en la página web “El Quinto Poder”, respecto de las líneas anteriores, escribe: “Jaime Guzmán y Álvaro Alcaíno, intelectuales que fundaron y articularon la actual estructura del sistema político chileno, muestran sus pareceres sobre el porqué una democracia como la chilena debe estar resguardada de formas como el parlamentarismo y el sufragio universal ejercido de manera directa. Para ello diseñan e implementan una estructura política que impide que las grandes modificaciones del país (Constitución, binominalismo, presidencialismo) sean efectuadas sin la venia del partido del ideólogo de la constitución pinochetista (la UDI).”

Pero, hoy (aquí y ahora), la derecha política, al igual que su gemela -la derecha económica-, niega categóricamente que sean esos sus objetivos y anhelos. Por el contrario, insiste en mostrarse muy democrática y tiernamente solidaria con los sectores sociales más desposeídos económicamente. Ello ocurre sólo en las palabras, pues en los hechos concretos su accionar dista mucho de tales verborreas.

Si una nación está conformada por personas… si esas personas son quienes laboran engrandeciendo el país…y si los gobiernos y parlamentos son elegidos precisamente por esas personas para obtener el ansiado bien común, ¿por qué finalmente los gobiernos –casi sin excepciones notables- realizan administraciones que en gran medida desmedran a los habitantes de esa nación, y en cambio efectúan esfuerzos ingentes para privilegiar el bienestar y bolsillo de individuos que no respetan al conjunto de seres que pueblan el país? ¿Por qué esos gobiernos se esmeran en permitir que ese grupo de empresarios, o mega empresarios, incremente la doble esclavitud de los habitantes explotándolos en cuanto trabajadores como también en la calidad de consumidores?  ¿Los gobiernos son elegidos por la sociedad de una nación para que generen o incrementen una profunda brecha económica, y desplieguen a la vez una indigna desigualdad no sólo en lo económico sino también en lo social y cultural?  ¿Esa es la labor y ese el rol de los políticos?

Formule –en Chile- esas simples preguntas a un ministro, senador o diputado, y prepárese para recibir la más insulsa de las verborreas defendiendo, precisamente, todo lo contrario. Escuchar las explicaciones de nuestros actuales políticos y politicastros significa estar dispuesto a sacrificar hígado y colon para aceptar lo inaceptable, como por ejemplo que es democrático, moderno, sano y muy técnico que una decena de mega empresarios se lleve a destajo todos los recursos del país, deje convertido en un asqueroso basural el medio ambiente, cancele como impuestos cifras risibles y, para peor, que a usted le paguen una miseria mientra el gobierno –SU gobierno (usted lo eligió, ¿no?)- le obligue a callar, le prohíba sindicalizarse y le tire las penas del infierno si se atreve a criticar toda esa situación saliendo a la calle.

Traiciones y mentiras forman parte del archivador esencial de todo político. Venderse al mejor postor, sacrificando a sus electores, parece constituir el non plus ultra de senadurías, diputaciones y ministerios. ¿Y la gente? Bah…es desechable, ella interesa solamente en su calidad de electores, pero únicamente al momento de los comicios y siempre que responda de manera positiva al inacabado tiroteo de promesas y falacias. Después de ello, esa gente importa un carajo. Como un carajo importan también los benditos ideales que el candidato propaló durante su investidura de opositor y, obviamente, en el proceso de la campaña.

“¡Somos el país con la mejor democracia de Latinoamérica!”, le espetarán a través de canales de televisión y diarios ‘oficiales’. Usted está condenado a aceptar cualquiera sea la indolente mentira que le endilguen. Tiene derecho ’oficial’ a aplaudir y endiosar a su ‘representante’ de turno. Pero, las preguntas simples y directas nunca son contestadas por lo derecho. No les conviene responder a políticos y gobernantes. No tienen argumentos para ir de frente. El camino recto es odiado por ellos, pues prefieren las vías enrevesadas ya que estas les permiten ir recogiendo frutos y monedas ajenas sin quedar desnudamente expuestos a la vista pública.

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Arturo Alejandro Muñoz


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