Fábula de la rana y el Medio Oriente

Es un hecho real, incuestionable, que también los cambios graduales que se dan en la historia, tienen el mismo aditamento anestésico que le producen a los seres humanos, como individuos, esos fenómenos que entran por la puerta de atrás, silenciosos y que de manera artera reptan camuflados hasta que la toma de conciencia de ellos llega demasiado tarde.| CRISTIÁN JOEL SÁNCHEZ.*


Me explico. Hay un aforismo muy sabio que dice que si usted mete una rana en una olla con agua fría, y luego comienza a calentar el agua de manera gradual, la rana no se mueve hasta que muere sin percatarse del peligro que la fue rodeando. Pero si usted mete la misma rana en una olla con agua hirviendo, la rana salta despavorida fuera de la cacerola poniendo de inmediato pies en polvorosa.

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen.Sabia moraleja que, por desgracia, rara vez es tomada en consideración por los individuos y por la historia que, en último término, también la hacen los hombres a veces con muy malos resultados. Ocurrió a manera de ejemplo con el nazismo. Creció como el cáncer humano al cual no se le hace caso en sus síntomas hasta que es demasiado tarde.

En torno al nazismo estaban, naturalmente, sus partidarios cuyos fines eran para ellos perfectamente claros. Pero haciendo “la vista gorda” estaba todo el sistema capitalista que aseguraba que esos “simpáticos muchachos” vestidos de gris, les sacarían, como el gato a las castañas, a los molestos marxistas, esos comunistas y socialistas que en la Europa de preguerra amagaban sus intereses soliviantando a la clase obrera que debía asegurar con su miseria las ganancias de la gran burguesía.

Se equivocaron. Y la equivocación, el no percatarse que el agua se calentaba lentamente, al comprender demasiado tarde que el nazismo atenazaba ya a medio planeta, le costó al mundo más de 50 millones de muertos a costa de estos asesinos mirados entonces con dubitativa tolerancia. A esa dura experiencia le siguió la de la guerra fría, la de las dos potencias, donde el agua hervía ahora paradojalmente a borbollones, a punto de calcinar no sólo a Europa sino que a todo nuestro atribulado planeta.

En aquel entonces los estadounidenses, como a la rana de nuestra fábula, intentaban tirar a esa olla bullente a naciones y continentes enteros, como Vietnam, como a Cuba, al África empobrecida y discriminada, al Medio Oriente que emergía como potencia petrolera y codiciada por el gran capital. Pero la época candente hacía que estas ranitas saltaran fuera del la cacerola acompañadas de la solidaridad de los pueblos, con una URSS poderosa que le gruñía a la prepotencia yanqui desde el este del mundo.

Aquello terminó con la derrota lamentable del progresismo y el agua terminó por enfriarse de la forma como todo el mundo conoce. Sin embargo, desde entonces y hasta nuestros días, manejado con una astucia envidiable, el avance del capitalismo mundial y su cohorte político-militar, ha logrado anestesiar la opinión de los pueblos del mundo con su política de salvadores de la democracia.

Como en las cruzadas del Medioevo, van descabezando herejes cuyo principal pecado no es la represión de sus pueblos esgrimida como loable justificación para agredirlos directa o indirectamente, sino librarlos de esos “detestables” tiranuelos que habían impedido durante décadas que los saqueadores de la riqueza mundial pusieran un pie en sus respectivas naciones.

Internamente y a la cabeza de los movimientos de “liberación”, se mueve una piara de mercenarios apoyados logísticamente con lo mejor y más sofisticado del arsenal de la CIA, el Mossad israelí, además del aparataje sedicioso de su majestad británica, amén de la política hipócrita de Francia —que no va a cambiar a pesar de Hollande.

Lo más genial de la maniobra no es hacer pasar a estos esbirros como mártires de la represión de los gobiernos a los que atacan, mientras van conquistando ciudad tras ciudad amagando incluso las capitales no obstante ser pobrecitas “víctimas desarmadas”, sino convencerle a usted, querido lector, que ellos tienen lo que Unamuno llamaba “la razón y el derecho en la lucha”, convencerle que esos pueblo anhelan y mueren por vivir la sacrosanta libertad de occidente, la libertad de atravesar a la vereda de enfrente a tomarse una Coca-cola luego de consumir el más fabuloso emparedado de ratón que les ofrece el democrático Mac-Donald’s.

Cuando el agua alcance los grados suficientes, despertar será ya demasiado tarde, demasiado tarde porque uno a uno habrán caído en manos del gran capital neoliberal y globalizado todos los países que hace treinta años eran un ejemplo que al imperialismo se le podía derrotar con la fuerza de los pueblos, que se le podía derrotar incluso con las armas como lo demostró el heroísmo del pueblo vietnamita, o con la fuerza de la solidaridad como lo graficara la sobrevivencia de Cuba a dos pasos del coloso imperialista.

Yo le pregunto, mi honrado y crédulo lector, ¿estaría usted dispuesto, como lo hizo su padre por Vietnam, o quizás también su abuelo por la España republicana, a salir a las calles a defender la soberanía y el derecho a la autodeterminación de Siria, asediada hoy por los mercenarios del norte, amenazada por la OTAN que arrasó Libia, que masacro Irak, que apunta paso a paso, como en el ajedrez, a su principal objetivo, su hueso más duro de roer que es Irán?

Le insisto: ¿caminaría usted por apoyar a Siria los más de cien kilómetros entre Santiago y Valparaíso como hizo la juventud de mi tiempo en apoyo a la gran batalla que libraba Vietnam contra la agresión armada de Estados Unidos y sus aliados?

Lo menos que podrá usted decir es que este articulista se volvió loco. ¿Marchar por Siria, es decir por Bashar al Assad, o haber marchado por Libia, es decir por Gaddafi cuando aún era tiempo, o por Irak con su déspota tirano Hussein que amenazaba todos los días a occidente y a su brazo armado Israel?

Su respuesta será si acaso este escritor no supo como todos estos años nos estuvieron demostrando, machacando por todos los medios mundiales que poseen, que todos ellos eran y son demonios destructivos, odiados por sus pueblos, corruptos, saqueadores de las riquezas nacionales, es decir nos estuvieron entibiando lentamente el agua cuyo calor todavía nos llena de un agradable ambiente soporífero del cual sería muy estúpido despertar.

Para finalizar algo que nos toca muy de cerca. Exactamente la misma estrategia, los mismos pasos sutiles, los mismos grados centígrados son los que hoy se preparan con paciencia de gato contra Venezuela. ¿Qué conoce usted de Chávez? ¿Sabe usted el formidable progreso que han tenido las masas empobrecidas venezolanas en los años de régimen bolivariano? Si no tiene usted en su parrilla de canales a Telesur, que es el único oasis informativo en medio del mar de basura que nos rodea, es muy difícil que usted lo sepa.

En cambio, le han ido a usted preparando suavemente, gota a gota, casi de manera subliminal, para que respire usted aliviado cuando aparezcan los mismos “héroes” que asedian a Medio Oriente agrediendo con las armas de la CIA al pueblo de Bolívar, y respirará más aliviado aún cuando la OTAN, siempre generosa y sacrificada, llegue en ayuda de los “libertadores” de Venezuela.

Entonces todas las riquezas nacionalizadas por Chávez, sobre todo el inmenso patrimonio petrolero hoy en poder del estado y que ha servido para el bienestar del pueblo, volverán a manos del imperio. Eso no tendrá importancia porque como dijo el negro yanacona que se instaló en la Casa Blanca frustrando las esperanzas mundiales cuando asesinaron al líder de Al Qaeda: “Hoy es un gran día para EEUU. El mundo es más seguro y mejor gracias a la muerte de Bin Laden”.

Gracias también a la muerte de Hussein, de Gaddafi, y quizás si mañana de Bashar al Assad, de Ahmadinejad y de Hugo Chávez, todos los cuales osaron levantarse contra el poder del capitalismo mundial.

Por eso, amigo mío, no confíe en la tibieza engañosa de las aguas que hoy le rodean. Puede que lo estén a usted cocinando lentamente… si acaso no está usted ya medio sancochado.


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