México y la política descafeinada

Escribo este artículo a horas de que los datos arrojados por el Instituto Federal Electoral (IFE) iniciarán una tendencia para el próximo mandato presidencial que a todas luces restituye en la silla de los Pinos al Partido Revolucionario Institucional ( PRI). Algunos en Venezuela intentarán hacer analogías entre el proceso mexicano y lo que sueña la oposición que ocurriría en las elecciones venideras donde dos candidatos se “disputan” la Presidencia, a saber; Hugo Chávez y Capriles Radonsky, pero debemos aclarar que esas coincidencias no pueden ser producto de una mera abstracción, sin evaluar la totalidad de factores que hacen compleja la política de México , no ocurren en Venezuela y son los que han llevado a la caída del Partido de Acción Nacional.

En un primer momento la crisis económica de México se ha agudizado con el “rebote” tambaleante de sus vecinos del norte, atados no sólo por la condición geográfica sino a través del Tratado de Libre Comercio, que ha generado un colapso del tradicional campo mexicano, arrastrando consigo las comunidades indígenas, el efecto de las maquilas ha flexibilizado el sector laboral liberalizando prácticamente el papel del Estado en el marco regulatorio del trabajo. A esto se añade las consecuencias devastadoras del cambio climático y el papel del narcotráfico en una “guerra” fallida que ha comenzado a mutar en una nueva forma de violencia social que afecta de forma creciente al ciudadano común.

La política del PAN se enfocó en la privatización de los recursos energéticos y en una agenda de seguridad que enfatizó sistemáticamente en los escandalosos números que elevaron la tasa de homicidios. A diferencia de Venezuela, que sí ha propuesto y propone una transformación social y económica desde el sector oficial, en el proceso electoral mexicano se plantearon al menos tres opciones electorales que pueden ser descritas como: mala, muy mala y menos mala. En ningún caso las propuestas electorales tocaron sustancialmente el cambio de modelo económico o político con la presencia de poderosos sectores empresariales compitiendo entre sí en el tradicional teatro de la democracia liberal.

Peña Nieto coincide con Capriles, ambos han sido gobernadores, son el producto del marketing mediático, los poderosos canales televisivos los han impuesto como candidato “fresco” en medio del pasado de corrupción que invaden a sus aliados partidistas postulantes. La diferencia radica en el candidato de la izquierda, y es que Obrador no guarda semejanza directa con Hugo Chávez en Venezuela, el esquema de la política del Partido de Revolución Democrática responde a la lógica dominante, contrario a un liderazgo sólido de Chávez que emerge de la ruptura con esos sectores tradicionales de la política.

En otro punto, el IFE mexicano a diferencia del CNE actual, guarda niveles de confianza totalmente opuestos, lo que hace fiable una elección no es la inmediatez de los resultados, es la seguridad en el voto que sebe ser garantizado en todo el proceso electoral. Estas garantías no estaban dadas en México con procesos altamente viciados que en el fondo distraen la atención del problema central que ha sido evidenciado con el surgimiento del movimiento # 123, un conjunto de indignados de la política continuista mexicana, de la cual los diversos sectores tradicionales trataron de capturar apoyo. Las elecciones han concluido y el dilema del fraude resuena en muchas voces y espacios, al final el gran fraude termina siendo el juego electoral cuando no se tocan a fondo las estructuras de poder, dando pié a la despolitización del pueblo mexicano, todo lo contrario a una Venezuela que se juega su futuro a diario por una alternativa política distinta y totalmente novedosa, y electoralmente se presenta como una coyuntura - transición. .

 
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