La sociedad que conocemos y describe toda la
Historiografía acumulada hasta ahora no ha conocido la paz, ha vivido de
matanza en matanza y practicado el sacrificio de millones de personas con
la idea de que en ella sobrevivan sólo los más fuertes. Curiosamente, los más
fuertes han sido precisamente quienes jamás han trabajado en el estricto
sentido de la palabra.
Aunque los gobernantes republicanos, sus apologistas y
toda la clase fuerte burguesa lo nieguen, el PTB de esta sociedad lo ha
producido exclusivamente la mano de obra servil, campesina, esclava y
modernamente la asalariada del proletariado. La clase fuerte han sido los
esclavistas, los reyes y reyezuelos, los aristócratas, los feudales, el
sacerdocio de alta jerarquía y modernamente los burgueses inversionistas. Todos
ellos se han quedado con la mayor parte de ese PTB, a tal punto de que
mientras más injusta y desigual sea la distribución de esa riqueza, más se
empobrecen la mayoría de los trabajadores explotados, y correspondientemente
más fuertes se tornan sus explotadores.
Hasta la llegada del régimen burgués la lucha de
clases era obvia, se escenificaba a diario entre los trabajadores y sus
amos. Los trabajadores carecieron siempre de estímulos para el trabajo
espontáneo. Ambas clases vivían en permanente contradicción de intereses y su
antagonismo era manifiesto. Hasta el látigo fue empleado sobre sus lomos, y
la pena de muerte a nadie inmutaba salvo a las víctimas involucradas. Resultaba
inconcebible que un siervo se erigiera como amo o que un “plebeyo”
lo hiciera en aristócrata. Con la llegada del capitalismo, hoy perfeccionado
como Imperialismo burgués, la lucha de clases virtualmente desaparece,
o por lo menos no resulta tan obvia como en las formaciones sociales
precedentes.
Entre asalariados y patronos no hay antagonismo sino
simples contratos jurídicos bilaterales que, aunque leoninos, están ajustados a
leyes estatales que amparan las Constituciones burguesas. Estas se han
elaborado haciendo plena y descarada abstracción de la existencia de clases y
considerando que todos los ciudadanos son iguales ante la ley
“jurídica”. Las Constituciones modernas omiten que
realmente los ciudadanos son diferentes desde el punto de vista
estructural. Se trata de leyes creadas por la clase poderosa para controlar al
trabajador y presentar a toda la sociedad como una libre asociación de
ciudadanos con iguales aspiraciones y oportunidades. Por cierto, la tribuna
política burguesa ha encontrado en esta mentira un fértil terreno para sus
rimbombantes promisiones populistas, su ascenso al poder y su conversión final
en fieles e incondicionales protectores del sistema imperante.
Efectivamente, el régimen burgués es el único que
hasta ahora ofrece la posibilidad, aunque con baja probabilidad, de que un
asalariado parta de cero y pueda hacerse de un capital inicial a partir del
cual convertirse en miembro de la burguesía. Podría hacer negocios, explotar a
sus ex compañeros de infortunio y hasta llegar a ser Presidente de estas
repúblicas en el mejor de los casos. Esto es verdad pero sólo rige azarosamente
para algunos pocos mientras la mayoría de los asalariados permanecen como tales
y perpetúan su condición proletaria dentro de sus familias y descendientes.
Tal es el encanto de la sociedad burguesa ya que
ofrece la posibilidad de reducir la lucha de clases a una puja por
conseguir capital para dejar de trabajar y dejar que sean otros quienes
fabriquen el PTB. Así lo hacen algunos ex trabajadores cuando pasan de
explotados a explotadores. Y es que gracias a esa posibilidad no solo se
mejora la condición económica de algunos trabajadores sino que es la
estrategia sociológica perfecta para que el sistema se retroalimente con
nuevos burgueses, nuevos empresarios y nuevos rentistas en general. Es por
esta razón que las hipótesis marxistas ortodoxas siguen sugiriendo sin
éxito la toma de conciencia clasista a unos asalariados que lejos de luchar
por la desaparición de la clase asalariada, lo hace cada uno aisladamente
por su propio ascenso y conversión en miembro de la clase burguesa. Por
ejemplo, las luchas salariales son meras luchas conservadoras de la conciencia
burguesa. La celebración de contratos laborales armoniza los intereses de
trabajadores y patronos por lo menos hasta la renovación de sus contratos individuales
o colectivos.
Por otra parte, en estas sociedades se vive en
permanente lucha política que suele ser vendida como lucha social. Por esa lucha política entendemos la pugnacidad entre los mismos
asalariados, entre los mismos capitalistas y entre ambos grupos en una
informe mezcla de ciudadanos en variopintos partidos políticos asociados
coyuntural y ciegamente para tomar el poder gubernamental, para conseguir
jugosos contratos privados, robar descaradamente el Fisco Nacional, hacerse
ricos, y todo ello dentro de la más demagógica bandera de lucha por los pobres,
por los trabajadores, por los indígenas y enarbolando otras banderas que
tanta rentabilidad han venido ofreciendo a todos los políticos inescrupulosos
que la Historiografía ad hoc recoge hasta ahora.
La lucha social económica y estructural no
existe en la sociedad burguesas, y la lucha política se asume como si
fuera lucha social. La lucha social burguesa es la de las fuerzas productivas y
en su indetenible desarrollo técnico y científico hasta agotar la
posibilidad de una tasa de ganancia que justifique la prolongación del sistema
capitalista. Es una lucha a largo plazo por excelencia. Que algunos líderes se
arropen con banderas socialistas, que estos deseen precipitar la caída del Imperio,
que despotriquen del sistema capitalista, no los califica como socialistas ni
c. comunistas ni c. luchadores sociales. Su lucha es lucha burguesa
respetuosa del sistema, una lucha política superestructural que no va al
fondo de la estructura clasista.
marmac@cantv.net