La siguiente cita fue tomada de una
entrega anterior en “aporrea.org”,
http://www.aporrea.org/ideologia/a81738.html :
“Y más allá
de esas ganancias y de su insoportabilidad está el hecho de que una vez
legalizadas se convierten en poderosas armas para contrarrestar todo tipo de
críticas, de observaciones contra el cuadro de riqueza en pocas manos y de
pobreza en las mayorías.
Por ejemplo, el
científico más vilipendiado y subestimado durante las dos últimas centurias ha
sido Karl Marx, y este sólo hizo la consideración de que si el valor de una
mercancía
proviene del trabajo humano, los ricos de siempre deben ser simples
rentistas o explotadores.
El resto de su
obra se limitó a buscar cómo conciliar
la Contabilidad Macroeconómica a fin de cuadrar las cuentas globales del valor
de la producción con el volumen de compraventas realizadas en período
determinado, lo cual revelaría que las ganancias son sólo parte del valor
creado y perteneciente al trabajador.”
En adición, hemos arribado a la
convicción de que “los salarios no son un coste de producción” 1/,
y si lo fueran deberíamos admitir que el trabajador vendería realmente su
fuerza de trabajo cuando la aplica a medios diversos de producción. La fuerza
de trabajo no es algo materialmente tangible, y de allí que su empleo no
aparezca material ni expresamente en ninguna mercancía como bien lo hace la
materialidad de los objetos de trabajo, del cuero en el calzado, por ejemplo.
Los efectos de la fuerza de trabajo son formales en cuanto crea un nuevo valor
útil.
El caso es que el trabajador asalariado
se limita a crear la integridad de un bien y valor útil a partir de
determinados materiales, y muy diferente de estos. La aplicación de la fuerza
de trabajo sobre objetos de trabajo es un acto creativo tan natural como si se
tratara de un producto vegetal en un huerto cualquiera.
Entonces, para que el trabajador venda esa
creación debería ser dueño de los materiales depositarios de la aplicación de
esa fuerza de trabajo suya. Como eso no es así, el patrono capitalista o el
contratista de la mano de obra asalariada terminan asimilando el valor
salario a la creación del valor trabajo atrapado en la mercancía. A este lo
consideran un coste, es decir, enfetichan la creación del trabajo, y finalmente
le dan una existencia fantasmagórica a un capital dinero al que en
conjunto le atribuyen cualidad para generar la ganancia que reciban en el
mercado. Por tal razón, el patrono considera como inversión suya el salario
satisfecho post féstum, al lado de los demás costes concomitantes que
Marx llamó “capital constante”.
Marx usó el concepto de “capital
constante” y el de “c. variable”. El efecto inmediato de esa
clasificación de costes entre constantes y variables es que, por una parte, se
reduce la verdadera tasa de ganancia obtenida en dicho contrato laboral, y
dentro del seno mismo de la producción y antes de llegar al mercado. Es por eso
que el patrono identifica el valor del salario al valor trabajo que crea la
fuerza de trabajo, como si se tratara de una mercancía pagada según su precio,
e identifica el mercado como fuente de su ganancia.
Cabe observar que en realidad toda la
inversión del capitalista es “capital constante”. No existe el
“capital variable” citado en la obra que nos ocupa. Atribuirle
variabilidad al pago salarial, según la concepción marxiana, sería admitir que
los materiales y herramientas, los energéticos y otros costes materiales,
pudieran también acrecentar su valor más allá del precio de compra. Y es así
cómo con esta interpretación marxiana el capitalista logra atribuirle
variabilidad a todo su capital como si los materiales y demás insumos en sí
mismos pudieran revenderse a mayor precio.
Reafirmamos que el trabajador asalariado
no puede vender su fuerza de trabajo ya que esta necesita objetos materiales
donde desplegarse. En cambio, el patrono la recibe, la usa, la aplica a sus
medios de producción y obtiene así un valor nuevo, agregado a su capital (a
secas), invertido en los medios de producción correspondientes, de tal manera
que cuando aquel vende su mercancía logra revender sus medios de producción
consumidos, y también y simultáneamente logra vender el valor trabajo agregado,
un valor que no es suyo sino del asalariado en favor del cual ahora este
patrono tiene un pasivo.
Quede claro que la mercancía producida en
un centro fabril cualquiera es obra exclusiva de la mano de obra, que le
debería pertenecer por entero a los asalariados y ser estos quienes la vendan
para luego reintegrarle el monto de capital constante al dueño de los medios
de producción presentes en dichas mercancías.
Lo que estamos presentando es, pues, la
posibilidad de que sean los asalariados quienes vendan la mercancías que produzcan
para luego darle su parte al patrono. En teoría lo estamos haciendo, y con
ello demostramos que la ganancia no tiene existencia propia ni derivada de
ninguna operación mercantil. Esa “ganancia” es parte integral que
conjuntamente con el salario suman el precio del nuevo “valor
creado” y transmitido a los medios de producción involucrados. Este
valor es y debería ser el pago completo al trabajador.
En esta hipótesis, baste que los
trabajadores asalariados se comporten como artesanos que operan en conjunto y
sean dueños jurídicos de los medios de producción. En tal caso, como
efectivamente ocurre en la realidad, los artesanos venderían sus mercancías a
un precio tal que cubriría el costo del capital empleado y un valor dinerario
adicional que simplemente representaría el precio de su trabajo. Mal podría
este artesano pensar que está sacándole alguna ganancia al mercado y no a su
propio trabajo.
La ganancia desparece en este nuevo e
hipotético modo de producción “cooperativo artesanal”. Marx denominó
Socialismo este modo, como fase de transición, y Comunismo cuando se extinga
plenamente todo vestigio de trabajo aburguesado.
Desde luego, en las sociedades con el modo
actual ocurre lo contrario. El patrono recibe a crédito una fuerza de trabajo que
produce mercancías y luego las vende conjuntamente con sus medios de producción
proporcionalmente consumidos. Como obviamente recibe del mercado un monto de
dinero superior a su capital inicial atribuye al mercado su procedencia
Sin embargo, basta reconocer que el
capital variable no existe, que el trabajador no vende su fuerza de trabajo,
que se limita a crear un nuevo valor incorporado a los medios de producción que
fueron empleados como objetos de trabajo, herramientas, energéticos, etc.
Estos medios actualmente no son de su
propiedad y por eso es explotado, y por eso se le considera pagado con el
salario, por eso a este se le ha considerado parte del capital del patrono, y
con ello se ve reducida la tasa de ganancia, se atribuye la ganancia a operaciones
de compraventa con una magia que se ha visto soportada por el concepto mismo de
capital variable atribuido marxistamente a la mercancía comprada por el
patrono en forma de fuerza de trabajo.
Cuando se postula el capital variable y
de resultas se divide su aplicación en “trabajo necesario” y
“t. adicional” o “plusvalor”, añadidos a los medios de
producción, se le ofrece al patrono burgués un excelente argumento para negar
esa última parte, habida cuenta que siempre estará por determinarse cuánto
vale el trabajo necesario. Es la conocida pugna por restricciones y mejoras
salariales.
El patrono da por justo el valor del
salario satisfecho y espera obtener su ganancia como diferencia entre su
capital aportado y el precio que fije el mercado. Omite así la porción de valor
añadido por el trabajador cuyo valor y monto es justamente equivalente al
salario más la ganancia derivada del precio de venta de la mercancía en juego.
Nosotros estamos planteando que el
capitalista sólo pone capital constante con inclusión del “capital
salarial”. Cuando se presenta como mercader de sus mercancías recibirá un
precio que supera al capital aportado y ya no habrá duda de que esa
diferencia: precio- capital responde a una porción de valor añadido por la
mano de obra viva de sus trabajadores.
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1/
http://www.aporrea.org/ideologia/a64497.html