La ideología capitalista, ¿un instrumento de dominación?

En esta etapa del proceso revolucionario venezolano las condiciones han maduro para que una buena parte de los revolucionarios veamos la necesidad de profundizar el contenido ideológico del proceso. Ello, a fin de impulsar la construcción del socialismo. Sin embargo, todavía el término ideología sigue siendo un cascaron hueco: una palabra más, carente de significado, que sólo se utiliza como instrumento para la demagogia política.

La ciencia de las ideas (la ideología) les ha permitido a los hombres y mujeres en el transcurso de la historia humana en algunos casos entender y en otros justificar las relaciones de producción y de dominación en los diferentes períodos históricos. A partir de las relaciones de producción se construyen un conjunto de ideas en el campo de la cultura, de la política, de la estructura social, de las normas formales e informales, de la ética, de la religión y de la educación que le aportan la carga lógica y la justificación a las relaciones de dominación que nacen de estas relaciones de producción. Esta lógica de dominación permite el ejercicio de la violencia contra todos aquellos que pretendan enfrentar este tipo de relaciones de producción.

En una sociedad capitalista las relaciones de producción se expresan en la apropiación que hace el dueño del capital de la mayor cantidad de valor que produce el trabajador a través del ejercicio del trabajo. O en otras palabras, las relaciones de producción se expresan en el pago incompleto que hace el dueño de la empresa u oficina de todo lo que produjo el trabajador. Pago que en general se reduce a un salario de subsistencia. Esta falta de pago a cada trabajador (el excedente apropiado) va acumularse en la cuentas del dueño de la empresa u oficina; quien a través de esta acumulación, nacida de la reiterada explotación de los trabajadores, logra privilegios que mejoran su calidad de vida en detrimento de los trabajadores y trabajadoras.

En estas relaciones de producción se establece una lucha entre el dueño del capital y los trabajadores. Esta lucha determina quién se queda con la mayor cantidad del valor creado por el trabajador. Bajo estas relaciones de producción capitalistas los dueños del capital ejercen el papel de dominio en la relación; son los que imponen su voluntad a los trabajadores y trabajadoras. Con esta relación de dominio imponen una lógica (una forma de hacer las cosas) que producto de la persistencia y del uso reiterado de la violencia determinan que se califique de “natural” la existencia misma de esas distribución del valor entre capitalistas y trabajadores.

Para lograr imponer esa distribución del valor dentro del conglomerado de los trabajadores, y en general de los seres humanos, el capital hace uso de la política: del establecimiento de reglas de interacción social (más allá del campo de las fábricas y oficinas) que privilegian e imponen los intereses de los dueños del capital sobre el resto de la sociedad. Pero, la política no puede estar aislada de un proceso educativo que enseñe desde muy pequeño a los hijos de los trabajadores y a los hijos de los dueños del capital a mantener esas relaciones de producción de manera “pacífica”. En ese sistema educativo capitalista no se cuestiona y tampoco permite que se cuestione la explotación del hombre por el hombre; por el contrario, se construye un conjunto de ideas (prejuicios, conceptos o visiones de la realidad) que justifican y hacen “natural” las relaciones de producción, la política y la estructura social de los que tienen privilegios (los dueños del capital) y de los que sobreviven (los trabajadores y trabajadoras).

A la política y al sistema educativo se agregan, como instrumentos de dominación, el conjunto de normas formales e informales que viene reprimir las acciones que atenten contra el orden establecido: contra las relaciones de producción y la estructura social existente. Estas normas vienen a justificar junto a la política la creación y utilización de un estamento armado que le garantice a los dueños del capital el ejercicio libre y arbitrario de la violencia contra los trabajadores. Más aún, cuando los trabajadores y trabajadoras se rebelen a su condición de vida o cuando producto de las cíclicas crisis del capital sean arrastradas literalmente a la muerte.

Paralelo a este proceso violento de imposición de los intereses de los dueños del capital existen otros dos conglomerados de ideas que viene a servir de cemento a los ladrillos que conforman las otras mega ideas de la sociedad capitalista. Nos referimos a la ética y a la religión. Estos dos conjuntos de ideas vienen a alienar (a enajenar, a torcer, a trastocar) el espíritu de los trabajadores respecto a su realidad: vienen a convertirlos en mansas ovejas explotadas por los dueños del capital. Tanto la ética como la religión llenan a los trabajadores y a los campesinos de un conjunto de ilusiones (de ideas) y de miedos que refuerzas, justifican y sacan de los canales de la realidad material “el orden natural e irremediable” que privilegia los intereses de los dueños del capital. Un ejemplo de ello lo constituyen las frases: “Dios dice que existen ricos y pobres”, “Dios castiga al que se rebele a su mandato” “Dios dice que la iglesia católica es la expresión de él en la tierra”. Los dueños del capital (y en general, en la historia humana, los que dominan) han llevado estas ideas “del orden natural e irremediable” a tal extremo que señalan que si los trabajadores y campesinos niegan la religión; esto es, el conglomerado de ideas que auto justifican mágicamente las relaciones de producción dominantes, reniegan también de la fe misma. Como señalábamos antes la religión viene a convertirse en el instrumento de dominación por excelencia de los explotadores, pues la fe es un elemento consustancial de la naturaleza humana. Por ello, la religión pretende apoderarse (secuestrar) la fe del ser humano (de los dominantes y, particularmente, de los dominados) y autoerigirse en el Juez que impone el castigo divino según los intereses del amo de turno (del esclavista, del aristócrata feudal o el capitalista). Su actividad se concentra en manipular, embrutecer y dominar a los trabajadores (a los creadores de valor en cualquier época) y someterlos bajo ilusiones, miedos, castigos imaginarios y engaños, a las relaciones de producción y de dominio existentes. Para ellos (los dueños de la religión) este gran trabajo de domesticación de los trabajadores es retribuido por los dueños del capital haciéndolos partícipes del festín de privilegiados, que para ellos representa la sociedad capitalista. La religión es el opio del pueblo, como lo señalara Marx, porque es capaz de engañar, dopar, atemorizar y controlar la mente de los explotados para ponerla al servicio de los explotadores: alegando que ellos son la fe y la salvación.

Por otra parte, la cultura, en su más amplia expresión, envuelve un conjunto de ideas que traducen “valores” que pretenden imponérsele a los trabajadores y campesinos a través una sicología individual y colectiva que privilegia los intereses y las relaciones de producción capitalista; así como, una lógica y unas reglas de juego propia de la sociedad capitalista. Esta cultura junto a la religión y la ética determina que es bueno o que es malo para los seres humanos: que no es otra cosa, que establecer lo bueno o malo para los dueños del capital. Esa cultura determina hasta donde se limitan las capacidades y competencias de los trabajadores y trabajadoras; así como, cuáles son las capacidades y competencias de los países colonizados o explotados. Esta cultura es la que determina porqué “somos así”: en algunos casos, flojos y perezosos (calificativo que aplican a los países ricos en minerales y riqueza natural o del llamado “tercer mundo”) o trabajadores buenos y capaces (calificativo utilizados para los países explotadores, industriales o del “primer mundo”). Quien determina cuál es nuestra cultura es el que domina en las relaciones de producción y son ellos (los dueños del Capital o el imperialismo) quienes tratan de condenar a los pueblos a las limitaciones que más le convienen a sus intereses: a su explotación. En este marco, los medios de comunicación junto a la religión son los instrumentos por excelencia para seducir, embrutecer y atemorizar a los trabajadores y campesinas: son el medio para inyectar en las mentes de los trabajadores y trabajadoras, campesinos y campesinas los valores (las ideas) del capital.

Con todas estas ideas de cultura, política, Estado, educación, leyes, religión y milicia, en fin con esta ideología, no sólo se les impone materialmente a los trabajadores las relaciones de producción capitalista sino se les obliga espiritualmente a reproducirlas de manera “natural”. En el caso de la ideología capitalista, la ideología viene a imponerles a los trabajadores el sueño (el engaño) de la sociedad que ellos “quieren” y les resulta “natural”; aquella, donde ellos tienen el rol de sobrevivir y trabajar para que el dueño del capital mantenga y aumente sus privilegios. Por ello, el interés de los dueños del capital de que este proceso de enajenación (de alienación, de trastocar la realidad), de ideologización, no parezca brusco, ni violento, ni irracional; sino por el contrario, suave, continuo, perseverante y profundamente “Legal” y “aceptada por Dios”. Los dueños del capital quieren una entrega total del trabajador a las relaciones de producción capitalistas: quieren su total y absoluta domesticación y fidelidad. He aquí el gran aporte de la ideología.

De aquí que la ideología se constituye en un conglomerado de ideas que crean la ilusión a los trabajadores, campesinos y en general a toda la sociedad de que el orden en las relaciones de producción, en la lucha de clase y en la estructuración de esa sociedad es “natural”, “lógica” y “eterna”. La ideología es como un almíbar que envuelve y mantiene a la fruta suspendida en un líquido pero que también se mete dentro de ella para determinar el sabor que tiene (en nuestro caso, lo que ellas piensan que son y están dispuestas a defender). En este sentido, plantearse un cambio ideológico implica proponer un cambio radical de este conglomerado de ideas que rodean y se meten dentro de las cabezas de los trabajadores. Y esas ideas deben ser cambiadas por otras que privilegien relaciones de producción socialistas, como lo hizo la burguesía cuando cambió las relaciones de producción feudal. El camino no es otro que practicar nuevas relaciones de producción y a partir de ellas y con ellas construir ese nuevo conglomerado de ideas que imponga una sociedad libre para todos los trabajadores y trabajadoras, campesinos y campesinas: donde todos vivan plenamente de los beneficios del valor que crean con sus manos y con sus mentes.

Por ello a la pregunta de ¿Qué hacer con la ideología? respondemos que lo que debemos hacer es identificar la ideología burguesa (de derecha) aquella que responde a los intereses de los dueños del capital y la iglesia y, a partir de ella, proponer y practicar otra que implique desarrollar nuevas relaciones de producción socialistas.

Y a la última pregunta, ¿Para qué sirve la ideología socialista? Sirve para que los trabajadores seamos libres de cuerpo y mente, para que tengamos una calidad de vida buena y feliz, para que nos sintamos realizados física y espiritualmente en nuestro trabajo; pero, muy especialmente, con los que amamos, con la humanidad. La ideología socialista sirve para tengamos una vida verdadera y naturalmente libre de dominación, sin explotación, sin mentiras ni apariencias. El cambio esta, como siempre ha estado, en las manos y en la mente conciente de la clase obrera, avancemos en post de nuestra ideología socialista: la historia y la humanidad nos lo exige.





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