EL 23 DE ENERO
VIVE

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En 1945 cae
sobre el mundo la
Guerra Fría y sobre América Latina una ola de dictaduras. Un
golpe de Estado impone en Venezuela una autocracia que reina desde 1948 hasta
1958. La coartada del crimen se llama Doctrina del Bien Nacional:
Transformación del Medio Físico, y Mejora de la Población. Elites
tecnocráticas y militares corregirían los supuestos defectos genéticos del
pueblo venezolano cruzándolo con inmigrantes europeos, e instalándolo en un
medio esterilizado por la política de concreto armado. Así se pretendió una
modificación de lo social operada desde fuera del pueblo, que no tuviera lo
social como sujeto, motor ni protagonista.

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Para entonces
el campesinado venezolano huía de los latifundios y agobiaba las ciudades con
rancherías y zonas marginales. El dictador Pérez Jiménez utilizaba la
arquitectura como expresión simbólica de todo problema no resuelto. En lugar de
solucionar el caos de la educación superior, para disimularlo encomendó al
genial Carlos Raúl Villanueva la obra maestra de la Ciudad Universitaria.
En vez de atacar el latifundio, derruyó con pala mecánica los
ranchos y encomendó a Villanueva una utopía de concreto armado para ubicar a
los desalojados. Las maquinarias arrasaron parte de La Pastora y en ella
erigieron 38 superbloques de 15 pisos y 42 bloques pequeños con 9.176
apartamentos. El maestro Villanueva no omitió rasgos humanos: estructuras para
2 centros culturales, 5 escuelas, 8 guarderías. Para conmemorar el fraude
electoral que lo mantuvo en el poder, el dictador inauguró el conjunto con el
nombre de 2 de Diciembre. Los pobres dejarían de serlo al exhibirse en estuche
de lujo.

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El mediodía
del 20 de enero de 1958 alguien tocó una corneta de automóvil para llamar a
huelga general. Segundos después Caracas, todas las ciudades del país
resonaban con una trompetería como la que derribó los muros de Jericó. En
segundos cayó la fachada de consenso que la censura y los medios erigieron en
torno a la dictadura. La
política de concreto armado repartía el dinero del petróleo entre la oligarquía
y no creaba suficiente empleo ni bienestar para las masas. Durante tres días
los cuerpos represivos dispararon sobre el pueblo insurrecto. En la madrugada
del 23 huía el dictador. Las muchedumbres que lo derrocaron ocuparon los
superbloques que éste les hizo construir. Para borrar la memoria del déspota,
bautizaron la urbanización como 23 de Enero.

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A la dictadura
siguió una democracia política que cerró todo paso hacia la democracia
económica y social. El Pacto de Punto Fijo impuso un programa único, limitó el
debate a planchas y candidaturas y excluyó comunistas y socialistas. Se llamó
“Espíritu del 23 de Enero” al permiso de votar mientras el voto no
cambiara nada. Las grandes masas que se cobijaron en el 23 de Enero encontraron
techo, pero no trabajo ni mejoras. A mediados de 1959 fue masacrada una
manifestación de desempleados en Santa Teresa. Así arrancaba la represión que
casi extinguió la lucha armada a principios de los setenta. La policía política
allanaba sistemáticamente cerros y barriadas. Se encarnizaba sobre la
concentración de vivienda popular del 23 de Enero, situada a pocas cuadras del
palacio de Miraflores, en la entrada de Catia y cerca del combativo liceo
Fermín Toro. Cualquier protesta suya paralizaba el centro de la ciudad. En revancha, la
represión allanaba sistemáticamente los superbloques. Acosadas y
desorganizadas, sus masas no integraron juntas de condominio. El deterioro
ambiental se sumó al político y social.

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Derrotadas en
la guerrilla rural, las ilegalizadas organizaciones de izquierda se
concentraron en los barrios populares. Una Coordinadora sincronizaba las
protestas de los liceos del Centro, el Fermín Toro, el Andrés Bello, el 25 de
julio, repartía propaganda entre Monte Piedad y Central Madeirense, el Guarataro,
Santa Rosa y barrios de nombres emblemáticos: Cristo Rey, Pro Patria, La Libertad, Camboya, Sierra
Maestra. La Organización de Revolucionarios, el PRV de Douglas, la entonces
radical Bandera Roja, valiéndose de sus parapetos legalizados Liga Socialista,
Ruptura y Comité de Luchas Populares, tomaban los locales comerciales
abandonados del 23 de Enero y se legitimaban desarrollando actividades
culturales, musicales, deportivas, teatrales, de títeres, talleres de dibujo
y pintura y tareas escolares asistidas. Multígrafos y enseres de propaganda se
escondían en cajas y salas de máquinas de ascensores estropeados. En la
combativa barriada se presentó a César Liendo, a Gloria Martí, a Daniel
Viglieti. Intelectuales comprometidos trabajaban con el pueblo, mientras sus
colegas exquisitos se revolcaban en los charcos de vómito de la bohemia
subsidiada. La respuesta fue la acometida represiva que asesinó a Jorge
Rodríguez y encarceló al flaco Prada, desalojó a los grupos culturales de sus
locales y se los entregó a los narcos. Se tomó el emblemático bloque 7, el
Siete Machos, y se acuarteló una brigada antimotines en la entrada de la urbanización. La
metralleta y la droga impusieron la paz cultural.

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El 27 de
febrero las masas recuperaron la iniciativa y se estructuraron en movimientos
sociales. Grupos como los Tupamaros, los Carapaica y gentes de Pro Patria
expulsaron cobradores de peaje y narcos. A partir de este saneamiento, los
vecinos tomaron en sus manos la restauración física y estética de la zona. Los colectivos
Alexis Vive, La Piedrita y otros la cubrieron de combativos murales. Una
pluralidad de movimientos articulados en la
Coordinadora Simón Bolívar ocupó lo que fuera el cuartel
antimotines para convertirlo en Centro Cultural. La Emisora Libre Al
Son del 23 se convirtió en voz de todos. Los lugareños prestaron una activa
colaboración a las Misiones. Se instaló un Infocentro. Un Club de Abuelas
Manuela Sáenz agrupa y atiende a la tercera edad. Esta vivaz solidaridad entre
colectivos prefigura lo que podrían ser, lo que deberán ser los Consejos
Comunales. El 23 de Enero vive porque no es ya una fecha, ni una proeza
arquitectónica, sino una comunidad.
http://luisbrittogarcia.blogspot.com