Oposición, revolución y realidad

El abstencionismo de las últimas elecciones del 4 de diciembre de 2005 para elegir los representantes de la Asamblea Nacional plantea la cuestión del rol que desempeña el entusiasmo en la política. Se habla siempre con mayor frecuencia de una desafección hacia la participación ciudadana opositora por razones que van desde las sospechas de que no existe una transparencia en las reglas de juego hasta las críticas realizadas contra la dirigencias opositora.

Antes de analizar este reflujo en la vida privada en momentos tan urgidos de vida pública, conviene entender qué es el entusiasmo y para qué sirve. Pues bien, este estado de ánimo está muy vinculado con las personas felices. Una persona feliz es una persona entusiasmada, pero, por así decirlo, con un “entusiasmo moderado”.

Se trata de una paradoja, porque el entusiasmo es, en verdad, una inspiración, casi un furor o arrobamiento que se apoderaba de las sibilas al dar sus oráculos. Es propio también de los profetas. En fin, se trata siempre de una excitación motivada también por alguna admiración, algo que cautiva y que genera una fervorosa adhesión por una causa o un empeño. Moderar el entusiasmo es, si quiere, una contradicción.

Pensándolo mejor, sin embargo, esta moderación significa no poner todos los huevos en una cesta. Se puede razonablemente pensar en un hombre entusiasta como en aquella persona que tiene muchos y diversos intereses. La vida es muy breve para dispersarse en todos los asuntos, pero es conveniente mostrar aprecio por tantas cosas cuantas resulten necesarias para una vida plena.

Un moderado entusiasmo por la vida política, es, sin lugar a dudas, oportuno. Lo es porque, si la ausencia total de fervor conduce a la apatía, y ésta, al menos en política, a que los aprovechados se beneficien, su exceso genera desencanto, que es una enfermedad y no una suerte de sabiduría o de superioridad intelectual.

Así, si el común de los venezolanos opositores no manifiesta entusiasmo por la política, es porque está desencantado. Si está desencantado, es porque estuvo demasiado entusiasmado, porque creyó en una dirigencia opositora que, ahora, según su desencantado criterio, lo ha traicionado.

No sé si lo ha hecho o no. Esa no es la cuestión. El punto es que el común de los venezolanos de oposición se dejó llevar por un entusiasmo inmoderado, por un entusiasmo sin maneras. Se interesó sólo por sus intereses particulares, en una suerte de introversión política. Sólo se miraba a sí mismo y pronto se encontró, al no tener éxito, sin significación.

Para luchar contra este mal, y recuperar el entusiasmo, es oportuno interesarse por la política como en un todo, es decir, incluir los intereses ajenos, inclusive los que son opuestos a lo que se persigue. Este interés por el “mundo exterior” a los propios intereses permite muchas cosas. Tal vez sea bueno ilustrar este aspecto con un breve cuento que he tomado en préstamo de cierta sabiduría popular:

“Érase una vez dos máquinas de hacer salchichas, exquisitamente construidas para la función de transformar un cerdo en las más deliciosas salchichas. Una de ellas conservó su entusiasmo por el cerdo y produjo innumerables salchichas; la otra dijo: ‘¿A mí qué me importa el cerdo? Mi propio mecanismo es mucho más interesante y maravilloso que cualquier cerdo’. Rechazó el cerdo y se dedicó a estudiar su propio interior. Pero al quedar desprovisto de su alimento natural, su mecanismo dejó de funcionar, y cuanto más lo estudiaba, más vacío y estúpido le parecía. Toda la maquinaria de precisión que hasta entonces había llevado a cabo la deliciosa transformación quedó inmóvil, y la máquina era incapaz de adivinar para que servía cada pieza.”

Esta segunda máquina de hacer salchichas se parece al común de los venezolanos de la oposición. No quiere saber nada acerca del chavismo y de la revolución, supuesta o real que ésta sea. La oposición, con otrora Súmate al frente (¿o debo decir “Réstate”?) se encuentra a sí misma y a sus propios mecanismos más interesante que cualquier otra realidad, siendo ella, en verdad, sólo una parte – tal vez una pequeña parte – de la realidad. Se cree maravillosa. Pero se ha quedado sin alimento natural, que en este caso no es el cerdo, sino el seguimiento de la dinámica social de la que la política es la expresión. Y, entonces, su mecanismo ha dejado de funcionar. No queriéndolo admitir, por último, ha inventado la abstención como forma de “participación” política.

Pero la abstención es una forma de participación política muy dudosa. Sólo surte efecto si existe otra oposición capaz de sacar partido, de pronto, de tal y cual número de abstenciones. Al darse cuenta que tampoco la abstención le funciona, el común de los venezolanos de oposición, ha perdido el entusiasmo, vive en el desencanto y es infeliz.

Es infeliz porque, al igual que la segunda máquina del cuento, se siente vacía y estúpida, aunque esto último no lo admite sino sólo para la dirigencia opositora, y desde luego, para esa realidad que ha rehusado comprender. Pero por más que una realidad se considere – con mayor o menor razón – estúpida, no por ello deja de ser real. La estupidez no derrite la realidad: más bien la refuerza.

Así, el común de los venezolanos de oposición se siente infeliz porque debe soportar esa realidad que ha considerado de entrada, sin muchos análisis, estúpida, y cuya estupidez debe soportar, no percatándose que la estupidez estaba en él. A veces, interesarse por algo no es siempre agradable en el momento. Pero después uno ve los resultados. Recuperar algo de entusiasmo por la política, significa conducirse de forma parecida a la primera máquina que conservó el entusiasmo por el cerdo. Al hacerlo, siguió produciendo salchichas, esto es, alimento, que, en el presente caso, son ideas.

Si la oposición venezolana se ha quedado sin ideas es porque no quiso ensuciarse las manos con el cerdo. Pero, como indica el título de una famosa pieza de teatro de un “francés aquejado por náuseas permanentes” sobre la política, quien quiere hacerla debe tener “Las manos sucias”. Que no se mal interprete esto último: no sucias de sangre, sino de cerdo. Sólo así comeremos en lugar de matarnos.

Si la oposición insiste en gritar cada vez “al fraude” y luego participa en las elecciones, se suicida frente a la opinión pública internacional. No comerá, y desaparecerá. Será reemplazada por la creación de un socialismo del siglo XXI que, si es bien conducido y supera el obstáculo del consumismo, ideología del “turbocapitalismo” (expresión inventada por Vattimo en “Ecce Comu; “He aquí el comunismo”, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006.), aportará dividendos para toda la población.

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