Entrevistador:
Hoy nos acompaña alguien que no necesita presentación. Alguien que,
me atrevería a decir, es uno de los personajes más famosos desde mediados
del siglo XIX en todo el mundo. Resumir ahora en pocas palabras toda
su obra es sencillamente imposible. Prefiero ahorrarme toda esta introducción
y dejarlos de una vez con nuestro invitado de hoy: Carlos Marx.
Carlos
Marx: Muchas gracias, pero creo que me halaga demasiado. Camarada,
yo soy uno más, igual que usted. Por favor, nada de presentaciones
rimbombantes.
Entrevistador:
De acuerdo, de acuerdo… De todos modos, sabemos que su legado no es
cualquier cosa, que no fue un autor más. Pero dejemos eso, de acuerdo.
Vamos al grano de nuestro encuentro. Podríamos hablar horas, si no
días, sobre variadísimos temas. Y por supuesto que ojalá lo podamos
hacer en alguna ocasión; pero lamentablemente tenemos que ser bien
puntuales ahora. Camarada Marx: ¿cómo ve el proceso que lidera el
presidente Hugo Chávez en Venezuela?
Carlos
Marx: ¡Pregunta difícil, mi amigo! ¿Por dónde empezar? Mire,
yo diría casi como título, como presentación de todo lo que podría
manifestarle: “Hugo Chávez, una esperanza”. Eso como para poner
un marco de referencia, ¿verdad? “Una esperanza” en el sentido
que hoy, surgiendo de la peor ola neoliberal de la historia, en medio
del envalentonamiento absoluto del capitalismo feroz que permitieron
los acontecimientos de fines del siglo XX, volver a hablar de temas
que el discurso dominante relegó al lugar de las cosas desechables,
es un paso adelanto. Volver a levantar las banderas históricas del
socialismo revolucionario cuando se había llegado a decir, con pompa
triunfal, que “la historia había terminado” con la caída del bloque
socialista europeo, es un avance fenomenal. Es más: me atrevo a decir
que es un paso gigantesco, importantísimo, del que todavía no podemos
ser conscientes recién entrado el siglo XXI. Seguramente, y sobre esto
podremos profundizar mucho en un momento, todo lo que está pasando
hoy día en Venezuela no es aún socialismo. Quizá es un camino al
socialismo, digámoslo así; pero el sólo hecho de volver a poner en
la agenda un tema que estuvo silenciado por años, volver a hablar de
imperialismo, de pueblo, de poder popular, de economía socialista,
todo eso tiene un valor incalculable. Es por todo eso, justamente, que
hoy Venezuela está en la mirada de todo el mundo. Esto es un laboratorio
social; me atrevo a decir que mucho de lo que pasa aquí va a tener
importancia para las próximas décadas de este siglo en todo el mundo.
Entrevistador:
¿Cómo ve usted esto del socialismo del siglo XXI?
Carlos
Marx: Podría entender cierta… ¿cómo decir?, cierta perspicacia
en esa pregunta, casi como una segunda intención oculta; algo así
como la idea que “esto” del socialismo del siglo XXI es algo cuestionable.
Mire, camarada, para ser franco: sí y no. En un sentido podríamos
decir, quizá siendo rigurosos -u excesivamente ortodoxos, según lo
queramos ver- hay un solo socialismo. Una lectura algo cerrada de mi
obra podría llegar a dar ese resultado; pero yo siempre me cuidé,
se lo aseguro, de no caer en dogmatismos, en fundamentalismos. Y la
experiencia del siglo XX lo confirmó, que no existe una vía única
para construir alternativas sociales. Quizá en el momento en que surge
mi obra y todo el pensamiento socialista, hacia mediados del siglo XIX,
el espíritu cultural-intelectual dominante era el positivismo y esa
creencia casi ciega en las ciencias que venían surgiendo con fuerza
imparable. Por eso ese talante dominante de un pensamiento científico,
en el sentido de conceptos generales válidos para todo el mundo, universales,
omniabarcativos, es decir: un pensamiento con las características de
las ciencias positivas de aquel entonces, la física, la química, la
biología, un pensamiento que diera leyes absolutas, indubitables. Es
en ese marco que van surgiendo los primeros conceptos políticos, más
aún: filosóficos, del socialismo, e imbuidos como se estaba por ese
clima general de quasi adoración de las nuevas ciencias, era totalmente
de esperarse que toda la formulación -incluida también la mía, por
supuesto- tuviera esas características. Se buscaba, en consonancia
con el tenor general imperante, un conocimiento riguroso y universalmente
válido, por eso el socialismo debía ser “científico”, para dejar
atrás las primeras formulaciones utópicas, algo confusas aún, o el
inconducente anarquismo. ¿Me entiende? Por eso buscábamos que hubiera
un socialismo único, riguroso, el socialismo como avanzada intelectual
de la sociedad, el socialismo que -entendíamos por aquél entonces-
debería impulsar la clase obrera industrial: el socialismo revolucionario.
En ese momento, momento de nacimiento por cierto, momento fundacional
con todo lo que ello implica: momento de autoafirmación, de búsqueda
de una identidad propia, no era posible elucubrar que hubiera un socialismo
del siglo XIX, y eventualmente uno distinto para el siglo XX. Había
un solo socialismo, y punto. Luego vinieron los apellidos: socialismo
democrático, socialismo reformista, socialismo soviético, socialismo
a la africana, socialismo nacional, socialismo bolivariano. Socialismo
petrolero llegó a decirse incluso. Ahora bien: ¿están equivocados
todos estos apelativos? No, por cierto que no. Como todas las cosas,
deben ser vistas en su dinámica, en perspectiva histórica, en su perpetuo
devenir. Si se habló, por ejemplo, de un socialismo a la africana,
esto tiene una legítima justificación, impensable seguramente a mediados
del siglo XIX cuando se comenzaba a hablar de todo esto y cuando la
lucha anticolonial no la considerábamos aún como una avanzada.
Las primeras
experiencias socialistas demostraron muchas cosas: entre otras, la primera,
y para mí: fundamental, que es posible y necesario ir más allá del
capitalismo y de toda sociedad basada en la explotación de una clase
por otra porque si no la humanidad en su conjunto y el planeta no tienen
salida. Se pudo empezar a producir con estructuras económicas que,
si bien luego podemos, o debemos, revisar -aunque creo que no es el
objetivo de esta entrevista, ¿verdad?- definitivamente mostraron que
no sólo el lucro empresarial privado es lo que posibilita una producción
masiva. La idea de un mundo de productores libres asociados, aunque
no se haya alcanzado aún, empezó a tomar forma concreta: aunque lejana
aún, esas primeras expresiones de socialismo -o de capitalismo de Estado
con nueva ideología, como se le podría llamar ahora- muestran que
más temprano que tarde la humanidad puede ir alcanzándolo. Algo que
yo no sabía con exactitud cuando escribía El Capital -de ahí que
preferí guardar un prudente silencio, pues no podía entreverlo con
una bola de cristal- era hasta qué punto podía desarrollarse una,
o eventualmente unas pocas, sociedad socialista en el medio de un mar
de potencias capitalistas. Los casos de Rusia, de China y de Cuba vinieron
a mostrarlo con claridad. Y antes que nada, para seguir hablando de
esto querría dejar bien claro que yo no me ciño a ninguna idea definitiva,
cerrada, idea de manual, de libro sagrado, cuando pienso en una sociedad
socialista futura. Quizá lo hicieron así los primeros utópicos, que
fabricaron mentalmente una sociedad perfecta. Pero, lo sabemos, lo humano
dista mucho de ser perfecto; y el socialismo tampoco está destinado
a conseguir la perfección. Es, nada más y nada menos, que una sociedad
más justa.
Pues bien:
mi obra principal, El Capital, en sus tres tomos -uno que vi publicado
en vida y los otros dos que publicó Federico ya muerto yo- constituye
un intento por poder ver con claridad científica cómo está hecha
la sociedad capitalista, cómo funciona; pero no es una guía de acción
práctica. En realidad no, para nada. Yo nunca lo tomé así, y si usted
ve con atención, en ningún lado de los tres tomos me atreví a dar
indicaciones de acciones que hoy podríamos decir políticas. Es un
libro científico, no más que eso. Quizá un poco pesado, por lo complejo
del tema; pero jamás se me antojó un manifiesto para la acción. Las
indicaciones de carácter más práctico, si se me permite decirlo así,
están más desperdigadas por ahí, en distintas publicaciones, quizá
empezando por el Manifiesto de 1848. Pero para serle franco: fue recién
después de los hechos de la Comuna de París, en 1871, cuando empiezo
a tener una idea más pormenorizada de cómo podría ser el paso al
socialismo, o a eso que yo concebía como socialismo en aquél entonces.
Con todo esto le quiero decir lo siguiente: yo nunca dije dogmáticamente,
tal como lo hicieron los socialistas utópicos, cómo debería ser el
pretendido paraíso socialista. Yo nunca me atreví a decir cómo sería
el nuevo mundo socialista, más que nada… porque no tenía mayor idea
de cómo podría ser. Quiero decir: está claro cuáles son los lineamientos
generales de la sociedad capitalista y hacia dónde conducen. Yo ya
me prefiguraba el desarrollo del imperialismo cuando aún vivía, pero
nunca me imaginé el grado de fortaleza monumental que adquiriría.
Y me imaginaba, un poco al menos, cómo podría comenzar a construirse
una nueva sociedad socialista. Incluso nunca negué, al menos en forma
categórica, que fuera imposible el paso hacia una sociedad con características
socialistas en estructuras de carácter semi-feudal, en sociedades agrarias,
donde todavía se encontraban también formas de propiedad colectiva.
Nunca llegué a estudiar con demasiada profundidad experiencias como
las de las grandes civilizaciones americanas prehispánicas, la inca
por ejemplo, para hablar de la propiedad colectiva. Pero de todos modos,
si algo le puedo asegurar es que nunca concebí, en ninguna de mis publicaciones
-le invito a que las revise todas- un modelo ideal de socialismo, por
decirlo de alguna manera. Y si bien es cierto que, eurocentrismo de
por medio -cosa que ahora, ya más a la distancia, admito como algo
criticable- pude pensar que la industria capitalista era una condición
indispensable para el paso al socialismo, hoy, las distintas experiencias
que fuimos encontrando en el siglo XX abren interesantes interrogantes
al respecto. De ahí, por ejemplo, lo que comentaba hace un instante
de un socialismo a la africana.
Pero, nos vamos
un poco del tema… Usted me preguntaba qué opino de este llamado “socialismo
del siglo XXI”, ¿verdad? Bueno, en realidad no nos vamos del tema
en sentido estricto. Sucede que no hay, no hay de ningún modo un único
modo de construir el socialismo. De lo que se trata, básicamente, es
ver cómo queda la propiedad de los medios de producción. Eso define
todo. Ahora bien: ¿sólo hay socialismo si se repite el modelo que
hicieron los rusos en 1917, o el que siguieron los chinos en el 49?
Lo que está claro es que no fueron socialistas en sentido estricto
estas experiencias de Europa del Este de luego de la Segunda Guerra
Mundial, que funcionaron como países satélites de Moscú. Pero un
modelo único de socialismo… eso no existe, ni yo dije nunca eso,
ni podría ser. Sería cómo preguntar: ¿cuál es el verdadero modelo
capitalista: el inglés, que dio la primera revolución industrial del
mundo pero que siguió manteniendo una parasitaria familia real, o el
francés, donde le cortaron la cabeza a los monarcas? ¿El de Estados
Unidos, que siempre se amparó en una constitución de principios que
defienden ciertas libertades civiles individuales, o el alemán del
nazismo, que pretendió ser el modelo capitalista más avanzado del
planeta, con un régimen autoritario como el peor, sin libertades democrático-burguesas?
Ya ve usted que no hay un modelo único de capitalismo: ¿es “más”
o “mejor” capitalista Canadá, con una sociedad permisiva y abierta,
no violenta, o Corea del Sur, con una estructura vertical de las peores
y con regímenes laborales quasi esclavistas? Incluso podríamos abrir
todo un gran debate si es más o menos capitalista un país como Brasil,
la décima economía mundial actualmente, dependiente de las metrópolis
imperiales pero con una cierta hegemonía regional, o Suecia, con una
economía menor y cierta independencia como mini potencia capitalista.
Es decir, estamos ante un tema muy complejo: nada en la experiencia
humana es químicamente puro, o si usted quiere, perfecto. ¿Por qué
tendría que serlo? Esa era la pretensión de los alquimistas, y así
pasaron dos milenios buscando algo inhallable, algo que no existe y
que nunca se va a poder encontrar. No hay socialismo químicamente puro.
No lo hay, y es casi un absurdo esperar que lo haya, así como no hay
nada puro, perfecto, inmaculado en la experiencia humana. ¿Acaso es
lo humano es así? ¿No son todas las religiones, ese opio de los pueblos
que tanto mal nos hace, justamente la búsqueda de esos paraísos de
perfección, no son las religiones entonces una forma de indicarnos
que si se busca eso perfecto, incorruptible, puro, esa esencia inmaculada,
no es eso una forma de decir que lo humano no es nada de eso? Si hay
que ir a buscarlo en algún paraíso por los cielos, o quién sabe por
dónde, eso nos está diciendo que no hay paraísos perfectos. El único
paraíso es el perdido. La perfección no es algo que está entre los
humanos. Pero también entre los revolucionarios, entre la militancia
de izquierda -gente muy comprometida, por cierto, gente con una alta
moral, convencida absolutamente de la necesidad de cambios sociales,
culturales- también allí se filtran los prejuicios, tal como a mí
me pasó con el eurocentrismo, o hasta me atrevería a confesar: con
el machismo patriarcal. Quiero decir: también en la izquierda está
ese ideal de búsqueda de paraíso perdido, de perfección. Y mire,
camarada, en el campo de lo humano hay cosas espectaculares, grandiosas,
geniales… pero nunca perfectas. Buscar esa quintaesencia de la perfección,
ese socialismo químicamente puro y perfecto, es una búsqueda perdida.
Le repito: yo nunca di recetas de cómo sería un supuesto socialismo
perfecto, ni tampoco de cómo hacer para construirlo.
Pues bien:
los primeros pasos que se dieron en el siglo XX, desde la revolución
bolchevique de 1917 -que, a decir verdad, me sorprendió un poco, porque
no me la esperaba ahí- pasando por las distintas experiencias, variadas,
cada una con sus características peculiares, con su pintoresquismo
particular, cada una fue socialista a su modo. ¿No lo fue acaso la
vietnamita, aunque ahí no había aun proletariado industrial desarrollado
y bien organizado? ¿Y por qué esa sí fue socialista y no lo hubiera
sido la sandinista, en Nicaragua, una revolución antiimperialista en
un país manejado prácticamente por una sola familia y unas cuantas
multinacionales? ¿Cuál fue más socialista: la china o la cubana?
Creo que es vía muerta planteárselo en esos términos. Por eso, si
miramos esto que está pasando ahora en Venezuela, ¿qué tomamos como
referente? ¿Lo que dicen mis libros? Le repito, camarada entrevistador:
yo no di ninguna receta de cómo tenía que ser una revolución socialista.
Lo que sí veo es que -tal como años después de mí dijo insistentemente
este italiano llamado Gramsci- algo vital para decir que se está construyendo
un nuevo modelo es el cambio cultural, el cambio de las cabezas. Si
no cambia la mentalidad de la población, si no se construyen nuevos
valores, una nueva ideología en el más cabal sentido de la palabra,
aunque eventualmente se haya tomado el poder político, que por supuesto
no lo es todo, si no se da un profundo cambio cultural no hay cambio
socialista, no hay revolución. Y eso es tremendamente difícil. Es
ir contra los prejuicios, contra la carga milenaria de la que todos
somos herederos sin saberlo. Es remar contra la corriente. Eso es quizá
más difícil que vencer al ejército enemigo en combate, porque se
trata de vencernos a nosotros mismos en lo que somos hondamente. Del
ejército enemigo sabemos cómo defendernos, pero ¿cómo lo hacemos
de nuestros propios prejuicios?
Vencer ese
combate fue lo que no se logró completamente en las primeras experiencias
del siglo XX; por eso, en muchos casos, el resultado que iba saliendo
de esos procesos revolucionarios era algo… digamos: preocupante. La
arrogancia de los cuadros revolucionarios terminó imponiéndose sobre
el común de la gente. Las mieles del poder -porque eso no desapareció-
se tornaron un fin en sí mismo, y lo que había sido la chispa que
encendió la lucha de tantos y tantos nobles revolucionarios, fue apagándose
para dar paso a un sistema jerárquico, pesado, gris, burocrático.
Eso, me parece, de ningún modo es un cambio en la esencia de las relaciones
humanas, en lo profundo de la condición humana. Por eso, lamentablemente,
fue creándose una nueva casta social que reemplazó a los antiguos
amos, y de esa cuenta la burocracia del Estado, que era la misma que
la del partido gobernante, partido único y vertical, terminó convirtiéndose
en un enemigo de la gran masa. Eso, justamente esa extinción de la
chispa revolucionaria, eso fue lo que se visualizó como el gran peligro
en las revoluciones, de ahí que en esta experiencia actual que transita
la sociedad venezolana no se quieren repetir viejos errores, viejos
vicios, que son los que terminaron barriendo con la idea revolucionaria
de origen. Para tomar distancia de ese proceso de parálisis, de anquilosamiento
en el pensar y en el hacer, para distanciarse de procesos que tuvieron
más de dictadura unipartidista -con todos los vicios de cualquier dictadura-
que de genuino avance popular, es que surge esa denominación de “socialismo
del siglo XXI”. Es, ante todo, un guiño, una señal; algo así como
decir que se es socialista, pero no de la misma manera en que lo fueron
esas experiencias europeas, que finalmente terminaron cayendo por su
propio peso y no tanto por el ataque de las potencias capitalistas.
Tengo entendido
que no fue el propio Hugo Chávez quien forjó el término de “socialismo
del siglo XXI” sino un catedrático alemán que hace años vive en
México. Pero eso, en definitiva, no importa. Lo cierto es que es una
manera de distanciarse de una experiencia bastante impresentable, una
experiencia que más que hacerla amable y repetible para las grandes
mayorías populares, asusta. Y más aún, siendo víctima también de
la satanización que por décadas hizo la prensa capitalista de ella.
Hoy día, a comienzos del siglo XXI, no es lo más aconsejable querer
volver a repetir esquemas que no salieron muy bien y que fácilmente
pueden ser atacados, tanto desde la izquierda (por pocos revolucionarios)
como desde la derecha (mostrando lo poco “exitosos” que fueron,
para decirlo con un término de la economía moderna). Por eso pienso
que se da en Venezuela esa insistencia, sin perder las raíces socialistas,
en tratar de distanciarse de modelos en crisis, cuestionables, modelos
que pueden asustar a los pueblos, modelos que no son atractivos. Y que
no lo son con justificados motivos. Por supuesto que hay un solo modo
de superar la barbarie del capitalismo, y eso es el socialismo; pero
lo que se da en Venezuela es el intento de superarlo sin repetir errores
que la izquierda ya cometió, por eso esa nueva presentación, remozada
diríamos.
Entrevistador:
Pero el presidente Chávez, con esta creación de “socialismo del
siglo XXI” no sólo se distancia de la experiencia soviética de partido
único burocrático y verticalista
sino que también ha tomado distancia del marxismo. En varias oportunidades
ha dicho que él no es marxista.
Marx:
¡Lo cual me alegra mucho! Mire, camarada: yo me he cansado de repetir
infinidad de veces que no hay que ser “marxistas” sino, en todo
caso, socialistas. ¿Por qué esa empecinada necesidad de idealizar
figuras y convertir a seres humanos en dioses? ¿Por qué siempre esa
terrible necesidad de “ismos”? Marxismo, hegelianismo, hitlerismo,
peronismo, maoísmo, franquismo o castrismo, e incluso en la revolución
en Venezuela: chavismo. ¿Cuándo podremos empezar a superar ese culto
a la personalidad? ¿Cuándo empezará cada quien a pensar con su propia
cabeza sin adorar al dios de turno? Bueno, por lo que vemos hasta ahora
en la historia moderna de la sociedad, desde que hay registro escrito,
ya no hablemos de la protohistoria, siempre en las sociedades de clases
que conocemos y más aún en las sociedades hiper masificadas como las
contemporáneas, manejadas por medios de comunicación masivos con un
poder de penetración e incidencia mayor que el de cualquier ejército,
las personalidades magnéticas, carismáticas, o las obras muy importantes
que marcan rumbo, son los referentes de las masas. Yo nunca hubiera
querido que aquellos que se inspiraron en mi obra teórica para la lucha
revolucionaria tomaran mi nombre como insignia. ¿Por qué ser “marxista”
y no, simplemente, socialista? Pero dejemos eso por ahora. En todo caso
si mi obra sirvió para algo es para fundar un método de análisis
de la realidad, método que pone especial énfasis en las condiciones
materiales de producción y en las relaciones sociales que las mismas
determinan. Todo lo cual lleva a una crítica del estado de cosas creado
y a la búsqueda de su transformación revolucionaria por medio de la
práctica político-social. Y agregaría ahora: también cultural. Eso,
si se me permite decirlo así, podría ser la síntesis de ese pensamiento
mal llamado “marxista”. En consonancia con eso, el paso fundamental
para la construcción de un mundo nuevo, un mundo socialista, de mayor
justicia y equidad para todos, es la determinación de en manos de quién
están los medios de producción. Mientras sigan siendo privados, mientras
estén en manos de una clase social, sabemos que seguirá habiendo clases
sociales enfrentadas, los poseedores y los desposeídos, y por tanto
persistirán las inequidades, la violencia de clase, y por consecuencia
también las guerras. Como decíamos hace un momento, creo que a partir
de su primera pregunta, en Venezuela se empezó a cuestionar el sistema
capitalista. Es cierto que todo ese proceso tiene características muy
especiales en relación a otros modelos socialistas. Solamente Chile
transitó un camino más o menos similar, llegando a una presidencia
socialista dentro de los cánones de la hipócrita democracia burguesa
representativa; experiencia que sabemos terminó trágicamente con un
cruento golpe de Estado. En Venezuela parece que la apuesta es trasformar
la sociedad dentro de la legalidad burguesa; o, al menos, arrancar desde
ahí, para luego ir profundizando la marcha. Tengo que reconocer que
es un engendro un tanto raro. Es, como leí por ahí y me pareció muy
simpático, un ornitorrinco; es decir: una cosa extraña, un pájaro
que pone huevos y al mismo tiempo es mamífero. Es algo raro que se
puede mantener, e incluso profundizar, gracias a dos cosas: mucho dinero
que genera el petróleo, y la personalidad de un dirigente carismático
como ha habido pocos en la historia, este Hugo Chávez. ¿Qué saldrá
de todo esto? No lo sabemos con certeza. Lo que sí está claro es que,
aunque todo esto no lleve el sello de “marxista”, es un proceso
que molesta a la derecha, a la aristocracia vernácula y al gran capital
internacional, el estadounidense en principio, principal potencia mundial
en estos momentos y manejadora de Latinoamérica como su zona de influencia
natural. Pero aunque no sea “marxista” -si es que eso significa
algo- es socialista. No cabe la menor duda que ahí se ha abierto objetivamente
un proceso de desafío a los valores capitalistas y al imperialismo
de Washington. Por supuesto que abre grandes interrogantes. Todo esto
lleva aún la marca de ser algo un tanto amorfo, ese ornitorrinco de
que hablaba recién: empresas del Estado controlando los recursos básicos
pero presencia de capitalistas privados manejando buena parte de la
economía al mismo tiempo. La banca, corazón del capitalismo de fines
del siglo XX y principios del XXI, del capitalismo parasitario y financiero
que cada vez va gobernando más el mundo, la banca sigue en manos privadas;
y hoy por hoy haciendo los mejores negocios de su historia. En fin,
es algo un tanto contradictorio: un presidente que como comandante de
un proceso revolucionario vive hablando de las desventajas del modelo
capitalista, vomitando pestes del imperialismo y al mismo tiempo se
mantienen patrones de consumismo alocados defendidos y alentados por
el mismo gobierno: todos los meses se abre un nuevo centro comercial
más grande y más lujoso, ya no alcanza el espacio para meter tantos
vehículos que se siguen vendiendo sin control, se sigue consumiendo
más whisky escocés que en Escocia. Un presidente que reivindica la
figura del legendario guerrillero argentino Ernesto Guevara y al mismo
tiempo se reivindica católico, sabiendo lo que significan las religiones,
todas, como anestesia social, y más aún el catolicismo, en cuyo nombre
los conquistadores españoles masacraron a las poblaciones originarias
de América. Muchas contradicciones, ¿verdad? Por otro lado, la economía
del Estado sigue basándose en el petróleo no lográndose alcanzar
la autosuficiencia alimentaria. Es decir: un país que por casi un siglo
vivió de la renta de un producto único con todo lo que eso conlleva
como cultura, una cultura rentista, no productiva, y poca inversión
todavía en una economía no-petrolera. En fin, son muchas contradicciones,
sin dudas. Y contradicciones en distintos ámbitos: se empieza a construir
el poder popular con los distintos mecanismos que el Estado implementa
mientas la revolución, en vez de autoproclamarse cada vez más orgullosamente
como socialista, se asume, ante todo, chavista. Claro que hay que entender
la sociedad de que se trata en su dinámica histórica para ver el significado
de todas esas contradicciones: si estamos ante un país que vivió el
sueño -loco sueño, por cierto- de mantenerse exclusivamente de las
rentas que aseguraban los petrodólares, eso no va a ser fácil de cambiar.
La cultura de la corrupción como práctica cotidiana está entronizada,
al igual que el orgulloso de sentirse un país lleno de Miss Universos.
¿Me entiende lo que quiero decir, no? Es una sociedad llena de contradicciones,
una historia llena de contradicciones: país rentista, pero al mismo
tiempo fue la primera sociedad que reaccionó a las medidas neoliberales
impuestas por los organismos del Consenso de Washington en las décadas
de los 70 y los 80 del siglo XX con el famoso Carachazo, todo un símbolo
en la historia, no sólo de Venezuela, sino del mundo. Un país donde
el líder de la revolución en curso es un militar, incluso con un pasado
golpista -cosa que, para los “marxistas” ortodoxos, es algo difícil
cuando no imposible de tragar-. Revolución, por último, que
no nació del pueblo en la calle, de una clase obrera en armas ni nada
por el estilo, sino que comienza de un modo impensable: un candidato
presidencial, con un discurso popular sin dudas, que de pronto sorprende
a todos yéndose más a la izquierda de lo que los estrechos márgenes
de la democracia burguesa permiten. Pero que pasa a ser el demonio más
intolerable para la derecha. Y me atrevo a decir que no sólo para la
estrategia a futuro de la primera potencia capitalista del mundo, Estados
Unidos, viendo que se le va de las manos la mayor reserva de petróleo
del mundo. Eso cuenta, sin dudas. Pero quien reacciona visceralmente
ante lo que en Venezuela sucede es toda la derecha del mundo. Toda la
oligarquía del mundo es la que pone el grito en el cielo, empezando
por la venezolana. Lo que este Chávez mueve, teniendo cada vez más
apoyo popular y ganando cuanta elección enfrenta, pudiéndose dar el
lujo de pedir su reelección indefinida -y sin dudas, con la absoluta
seguridad que su pueblo lo acepte-, lo que él representa con esta revolución
bolivariana en marcha, tan peculiar, juntando al Che Guevara con Jesús,
lo que él encarna es un gran desafío para la lógica capitalista:
con todas las contradicciones que puedan achacársele, sucede como con
el proceso cubano: hay un desafío real al capitalismo.
Es decir, para
sintetizar: son muchas las contradicciones, sin dudas, pero como expresábamos
anteriormente: si la derecha tanto ataca este proceso… por algo será.
Por ejemplo, esa idea de integración latinoamericana, aunque en principio
no suena “marxista”, en un mundo como el de principios del siglo
XXI marcado fundamentalmente por grandes bloques hegemónicos (Unión
Europea, ALCA, Comunidad de Países Asiáticos) y donde el socialismo
en un solo país pareciera imposible, se evidencia como un paso importantísimo
para oponer trabas al gran capital en función de los intereses de las
masas más desposeídas. ¿Se imagina una petrolera estatal supranacional
como la que plantea ahora Venezuela, manejando más cuota petrolera
que todas las multinacionales capitalistas del oro negro? ¿Se imagina,
camarada, una gran Petroamérica más grande que la Texaco, que la Shell,
que la Exxon, manejando los precios a favor de los pueblos? Eso sería
una estocada de muerte para el corazón del capitalismo industrial desarrollado,
¿no le parece? Todo eso es una piedrita en el zapato para los grandes
capitales, tanto que se les torna insoportable. Por eso tanto ataque
contra Chávez y el proceso que él lidera. Y de ahí los descréditos
perpetuos a que se enfrenta. Me atrevo a pensar que muchas de todas
esas contradicciones que él presenta son más aparentes que otra cosa.
Son, por último, manejos políticos de un gran estadista que sabe dónde
está parado y hacia dónde va. Por ejemplo, yo no sé hasta qué punto
realmente Chávez sea o no un católico, pero me doy cuenta que hablar
abiertamente de ateismo en un país de larga tradición católica es
probable que no sea lo más acertado en términos políticos; y si usted
quiere, menos aún después de la experiencia soviética, donde casi
se impuso el ateismo por decreto. No sé, permítamelo poner sólo como
un ejemplo. O esto otro de estar repitiendo siempre que el proceso no
va contra la propiedad privada, y estar levantando siempre como un logro
la cantidad de automóviles que se venden en el país. Es probable que
todos esos sean manejos para no presentar una cara de “comunista traganiños”,
que es lo que por años ha estado vendiendo la derecha. Por supuesto
que queda la duda de hasta dónde puede llegar ese juego político de
Chávez. ¿Logrará conjurar siempre los ataques de la oligarquía?
¿Empezará a expropiar alguna vez a los grandes capitales? ¿Podrá
ser el eterno garante de un equilibrio social inestable gracias a una
renta petrolera que parece que va aún para varias décadas dejando
tranquilos y contentos a unos y otros? ¿El bonapartismo como práctica
política, es éticamente correcto? Por otro lado, ¿cuánto tiempo
podrá mantenerse ese equilibrio? ¿La formación de un bloque regional,
el llamado ALBA, será una verdadera herramienta para la construcción
de sólidas y sostenibles alternativas al capitalismo en toda esa zona
de Latinoamérica? Pareciera que sí, pero son muchas las fuerzas que
lo adversan. ¿Se logrará que las burguesías de otros países de la
región se integren en este proceso? ¿Qué podrá salir de todo eso?
Y algo que preocupa especialmente: ¿qué pasa con esta revolución
si se acaba Chávez? En realidad, más que llamarla revolución, habría
que verla como un proceso que está intentando ir hacia algo nuevo,
hacia un modelo socialista.
Entrevistador:
¿Se logrará el socialismo en Venezuela?
Marx:
No lo sé, no soy adivino. El escenario a futuro puede dar para muchas
opciones: pueden invadir las tropas de Washington, por supuesto. No
hoy, seguramente, pero sí en un futuro a mediano plazo. No sabemos
hacia dónde irá todo esto, pero todo indica que se va por buen camino.
No será fácil, sin dudas, pero ya se comenzaron a dar interesantes
pasos. Puede quedarse en un tibio proceso reformista nacionalista, pero
la forma en que se empieza a construir el poder popular pareciera indicar
que no, que el proceso da para profundizarse. Lo que sí es evidente,
si se compara eso que está pasando ahí con otras situaciones que viven
otros países de la región y que años atrás también parecían de
matiz socialista (me refiero a Brasil con Lula, o Argentina con Kirchner,
o Uruguay con Vásquez, o el Chile de Bachellet), si uno ve que sólo
este proceso, al igual que la Cuba de Fidel Castro años atrás, es
atacado con tamaña virulencia por parte del aparato mediático de la
derecha internacional -y no sólo por la prensa: también hay ataques
militares solapados, sabotajes, obstáculos de mil naturaleza- eso puede
hacernos pensar, remedando al inmortal Cervantes de Saavedra: “ladran
Sancho, señal que cabalgamos”.
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