La Historia de la Sociedad Comienza con el Surgimiento del Hombre

En general damos por evidentes el aquí y el ahora, y nuestra actual concepción del mundo nos resulta completamente natural. Las clases sociales dominantes, se han aprovechado siempre de este hecho, haciendo parecer que las cosas no cambian, que son eternas. La esencia de tales representaciones se reducen a lo siguiente: el mundo ha sido siempre como es hoy; en la naturaleza y en la sociedad nada cambia, nada nuevo surge que no existiera antes. Una de las concepciones que asume la inmutabilidad del mundo, es la cristiana. Por el contrario, el desarrollo de la sociedad es una sucesión de formaciones sujeta a leyes, de la sustitución de una formación económica-social por otra más avanzada. El movimiento progresivo de la historia de la humanidad ha ido de la rudimentaria formación de la comunidad primitiva a la formación esclavista, pasando luego a la feudal, a la capitalista y, finalmente, marchará a otra más avanzada, a la comunista. El proceso de desarrollo es un movimiento que va de lo inferior a lo superior, de lo simple a lo complejo, como un proceso revolucionario en forma de saltos. Tanto es así que cuando hurgamos en el pasado reciente –hace cien años, por ejemplo- encontramos que todo era distinto, no existía la técnica que domina hoy nuestra vida cotidiana. No conocíamos ni los genes, ni las hormonas, ni la capa de ozono, ni las conexiones cerebrales, ni las armas atómicas, ni el espacio-tiempo, ni los fotones. Los átomos se consideraban indivisibles y los continentes inmovibles; hace doscientos cincuenta millones de años, en el período Triásico, los seis continentes actuales formaban una única masa enorme de tierra alrededor del Ecuador, que se conoce como Pangea. Hace once siglos atrás, nada se sabía de la evolución, los virus y otros agentes patógenos, de los dinosaurios, los neandertales o la radiactividad. En el siglo XII, en Europa, el modo de producción era el feudalismo y en el siglo XXI, en este continente, el modo de producción es el capitalismo. Todos estos cambios se rigen por la lógica del desarrollo y sus contradicciones, es decir, el carácter dialéctico-materialista de los mismos. En efecto, el materialismo dialéctico concibe el desarrollo como un proceso contradictorio, como lucha de los contrarios. Esta lucha, no sólo se da en la naturaleza, sino también en la sociedad, donde lo nuevo y lo viejo, lo progresivo y reaccionario se enfrentan. De ahí que, la historia de la humanidad se nos revele, por un lado, como la crónica de los incansables y continuos intentos de sus masas por transformar la sociedad; y, por el otro, se nos presente como una lucha permanente contra el hambre -la producción material- y la conservación de la especie humana, la reproducción.

En el párrafo precedente hemos dicho que la naturaleza, la sociedad y el conocimiento están en permanente movimiento, desarrollo, evolución y cambio. De ahí que, desde los tiempos más remotos, el hombre se ha interesado, entre otras cuestiones, por la aparición y evolución del hombre y por el desarrollo de la sociedad humana. A los pensadores siempre les ha preocupado las cuestiones acerca de cómo evolucionó el hombre y cómo se ha ido desarrollando la sociedad humana. Este natural interés por comprender y explicar estas cuestiones, ha permitido establecer que el hombre actual es el resultado de largas etapas de evolución – siete millones de años- y, asimismo, determinar que la sociedad contemporánea es el producto de extensos períodos de desarrollo social. De acuerdo con las evidencias de que se disponen hasta ahora, el hombre aparece muy tarde en los registros geológicos, en cambio, la tierra se formó hace cuatro mil ochocientos millones de años y los primeros seres vivos, las bacterias, aparecieron un mil millones de años después. Ningún esqueleto fósil al cual se le pueda dar el nombre de “hombre” es anterior a la penúltima parte de la historia terrestre, o sea a la época del pleistoceno, hace un millón de años. Pero, todo comenzó hace siete millones de años, cuando algunos monos se vieron obligados a correr sobre dos patas. En los siguientes cinco millones de años, esos simios bípedos se ramificaron en muchas especies distintas. Una de ellas continuó su camino en dirección al hombre: desde hace alrededor de dos millones fue desarrollando su cerebro cada vez más grande, lo que llevó a esta especie, a ser capaz de utilizar herramientas y desarrollar el lenguaje, y hace unos cien mil años se puso manos a la obra en la tarea de desarrollar una cultura diversa, la cual le serviría para llegar, después de pasar por los griegos, hace tres mil años, y luego por la Ilustración, hace unos trescientos, a la ciencia moderna. En efecto, desde que apareció en escena el homo sapiens, hace unos ciento sesenta mil años, su desarrollo social ha alcanzado extraordinarios logros culturales e intelectuales. Sobre todo, hace unos cincuenta mil años cuando dio el gran salto, produciéndose en la cultura del hombre algo similar a lo ocurrido hace quinientos cuarenta millones en el reino animal, en la época de la explosión cámbrica o de la vida, que dio lugar a la evolución de una diversidad de organismos multicelulares. Con este salto, el homo sapiens se convierte en un ser cultural que sobrevive como única especie del género Homo: aparece el pensamiento científico hace seis mil años, inventa la escritura hace cinco mil años –de la ciudad sumeria de Uruk proceden los caracteres escritos más antiguos que se conocen-, y desde hace poco es capaz de descifrar su propio genoma, éste fue secuenciado en el dos mil tres. En fin, el homo sapiens sapiens, nombre con el que se conoce científicamente a nuestra especie, es el resultado de un largo proceso evolutivo que se inició en África a finales de la época del pleistoceno. Cabe señalar que, su evolución ya no se da por la genética sino a través de la cultura. Posiblemente, hace veinticinco mil años la evolución corpórea del hombre se detuvo. La diferencia física entre los hombres de las culturas auriñaciense y magdaleniense, ambos de la última edad de hielo, por una parte, y los hombres actuales, por la otra, es insignificante; en tanto que su diferencia cultural es inconmensurable.

Ahora bien, de todos los animales, sólo el hombre no puede sobrevivir adaptándose al medio ambiente, sino que debe esforzarse en dominar ese medio ambiente a sus propias exigencias. A pesar de los órganos especializados, de la mano de pulgar libre y del sistema nervioso desarrollado, el hombre no puede procurarse directamente su alimento. Si aceptamos que la humanidad existe desde hace un millón de años, con la aparición del homo erectus, tendremos que decir que durante novecientos ochenta mil años como mínimo ha vivido en un estado de extrema indigencia, el hambre ha constituido una permanente amenaza para la supervivencia de la especie. Pero los órganos especializados, la mano de pulgar libre y el sistema nervioso desarrollado, sí le han permitido la utilización de instrumentos de trabajo y, gracias al desarrollo del lenguaje, el esbozo de una organización social que ha asegurado la supervivencia del género humano en un número indeterminado de medios ambientes. Hasta aquí dos aspectos debemos inferir: a) los hombres no pueden existir sin alimentos, vestidos, viviendas y otros bienes materiales; y b) la naturaleza no le brinda estas cosas ya preparadas. Y para obtenerlas el hombre debe trabajar. El trabajo, actividad al mismo tiempo consciente y social nacida de la comunicación y de la ayuda espontánea entre los miembros de la especie humana, constituye el instrumento mediante el cual el hombre actúa sobre el medio ambiente. El trabajo es la base de la vida social, sin la actividad laboral, sería imposible la propia vida humana. Por eso, la causa principal y determinante del desarrollo social, es la producción de bienes materiales. En síntesis, la historia de la sociedad comienza con el surgimiento del hombre, cuya particularidad, que lo distingue de los animales, es su capacidad para fabricar y emplear instrumentos de trabajo. En este sentido, el trabajo ocupa un importantísimo lugar en la formación y desarrollo del hombre. Es decir, en el proceso del trabajo se formó el propio hombre y surgieron y se desarrollaron las formas de su organización social.

En el período paleolítico, por ejemplo, la organización socio-económica predominante fue la sociedad primitiva o comunidad primitiva. El paleolítico, es el período más remoto, extenso y menos conocido de la historia de la humanidad, se inició con la aparición de los primeros homínidos (australopithecus) a finales del Terciario y terminó hace más o menos doce mil años, período Cuaternario, al desaparecer la última glaciación. Esta época se divide en tres subperíodos: el paleolítico inferior, el paleolítico medio y el paleolítico superior. El primer subperíodo, es la época de las hordas primitivas de cazadores y recolectores. Por otra parte, durante el paleolítico superior se registraron grandes avances, tanto en la perfección biológica del hombre, como en el desarrollo de la producción y la organización social. En el paleolítico superior aparece el clan primitivo.


Anteriormente enunciamos que, la primera forma de organización económica-social, en la historia de la humanidad fue el régimen de la comunidad primitiva. Dicho régimen existió varias decenas de milenios. Durante este inmenso período el hombre supo pasar del empleo de objetos naturales -palos y piedras- a la preparación de los primeros instrumentos rudimentarios de producción. En lo sucesivo estos utensilios se fueron perfeccionando y elaborando minuciosamente. Así surgieron nuevos y medios de trabajo: el arco y las flechas, barcas, trineos, etc. El hombre aprendió a obtener el fuego –hace setecientos mil años-, circunstancia que tuvo particular importancia en el desarrollo de la humanidad.

Al lado de la perfección de los utensilios de trabajo se desarrolló y perfeccionó la actividad productiva de los hombres. De la recolección de productos que proporcionaba la Naturaleza el hombre pasó a cultivar plantas, a la agricultura; y de la caza de animales salvajes pasó a domarlos y domesticarlos, a la ganadería. En la sociedad primitiva los hombres vivían en colectividades determinadas: comunidades gentilicias, en las que se agrupaban por parentesco. Trabajaban juntos la tierra comunal con utensilios comunes y tenían una vivienda en común. Los productos obtenidos se repartían por igual. El paso de los utensilios de piedra a las herramientas de metal constituyó un salto gigantesco en el desarrollo de la producción. Fue posible dedicarse en mayor escala a la agricultura y ganadería. Sobrevino la primera gran división social del trabajo: la ganadería se separó de la agricultura. Algo más tarde la artesanía (fabricación de herramientas, armas, vestidos, calzado, etc.) se separó, formando una rama independiente de la producción. Con el aumento de la productividad del trabajo, la comunidad gentilicia empezó a disgregarse en familias. Apareció la propiedad privada. La familia se hizo propietaria de los medios de producción, concentrándose éstos preferentemente en las familias de la antigua nobleza gentilicia. Finalmente, la igualdad primitiva cedió el sitio a la desigualdad social, apareciendo las primeras clases hostiles: esclavos y esclavistas.

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