El Concepto de la Alienación en la Filosofía de Karl Marx

En cuanto al excelente artículo de Vladimir Acosta "Reflexión útil para la construcción del socialismo del siglo XXI: Diferencia entre opinión y dogma", publicado por Aporrea el 22 de abril de 2007, y a la discusión actual sobre este tema, es menester subrayar la práxis y teoría socialista de Karl Marx sobre la alienación religiosa en particular y sobre la enajenación social en general.
(Véase: http://vocerobolivariano.blogspot.com/2007/04/reflexin-til-para-
la-construcción-del.html)

Meses antes, el 26 de enero de 2007, hemos tratado de explicar lo que realmente es el socialismo científico filosófico como negación dialéctica del capitalismo como modo de producción real y existente; en este contexto hemos tocado el tema delicado ideológico de la religión de la manera siguiente:

Empecemos este tema con la observación de que todos los estudios de Marx, bien sea en el ámbito económico, político o psico-social, tienen un mismo objetivo, que no es otro sino el de romper todas las cadenas que convierten el ser humano en un ser alienado, despreciable y oprimido.
(Véase el original: http://www.aporrea.org/ideologia/a29907.html )

El fin último y norte a seguir es, para Marx, la "emancipación humana". Lo que entiende bajo este término lo manifiesta en su escrito sobre “La cuestión Judía”, del año 1843:

“Toda emancipación es reducir el universo humano con todas sus relaciones, al ser humano mismo. ... Sólo cuando el ser humano real, individual logre superar el ciudadano abstracto y regresarlo a sí mismo, y sólo cuando, como ser humano individual que es, con su vida empírica, su trabajo individual y sus relaciones individuales, haya logrado convertirse en un ser genérico, sólo cuando el ser humano haya reconocido sus propias fuerzas como fuerzas sociales y las haya organizado como tales, y luego no siga separando de sí la fuerza social en forma del poder político, sólo entonces se habrá realizado la emancipación humana”.

El opuesto de la emancipación, según Marx, es la alienación. Para poder entender el contenido de este concepto tal y como Marx lo comprendió, tenemos que mencionar brevemente el concepto hegeliano de la alienación o enajenación. Recordemos, que Marx y Engels “enderezaron” la grandiosa cosmovisión idealista del famoso filósofo alemán G.W.F. Hegel, “colocándola sobre sus píes”, además de “rescatar” el método dialéctico hegeliano para su propio materialismo histórico-dialéctico. En este orden de ideas cabe señalar que Hegel comprendió la historia humana como la historia del desarrollo de la razón, a la cual consideró como el verdadero sujeto activo de la historia, como la manifestación más alta del „espíritu del mundo“. Para Hegel, la dialéctica es la „actividad intelectual“ de la propia razón, mediante la cual ésta se auto-produce a sí misma a lo largo de la historia en formas cada vez más perfectas. Mientras para Hegel la historia humana es historia de la razón abstracta, para Marx es historia del ser humano concreto, entendido como conjunto de sus relaciones sociales, esto es, como ser social. Para Marx, la dialéctica es la actividad física-real del ser humano como ser genérico, en otras palabras el trabajo, mediante el cual la especie humana se auto-produce a sí misma a lo largo de la historia en formas de organización social cada vez más complejas.

Desde el punto de vista estrictamente metodológico, tanto para Hegel como para Marx la “enajenación” es un elemento inherente a la dialéctica y fundamenta, como “negación” o “negatividad metodológica”, el movimiento y la contradicción. Dialéctica es así comprendida como un auto-movimiento gracias a la actuación de su negación. Dentro de la cosmovisión idealista de Hegel, cada enajenación es una objetivación o alienación de la conciencia, de la razón, producto de su actividad intelectual. Dentro de la cosmovisión materialista de Marx, cada enajenación es una objetivación del ser humano, del ser social, producto de su actividad física, de su trabajo. Ambos, Hegel y Marx, sugieren que la “re-apropiación“ de dicha objetivación es equivalente a su superación, una especie de “reencuentro” o “re-unión” mediante la cual queda eliminada la alienación.

No obstante esta coincidencia metodológica, Marx critica de manera contundente el concepto de la alienación de Hegel por cuanto queda limitado al ámbito de lo abstracto, de la autoconciencia, que es sinónimo de la razón. En su “Crítica a la Filosofía y Dialéctica Hegeliana como tal”, Marx dice lo siguiente: "Hegel equipara la naturaleza humana, el ser humano, con la autoconciencia. Por ende, toda alienación de la naturaleza humana no es sino la alienación de la autoconciencia. La alienación de la autoconciencia no es concebida como la expresión, dentro del conocimiento y del pensar, de la alienación real de la naturaleza humana.”

En cuanto a la diferencia entre su propio método dialéctico y el método dialéctico hegeliano, Marx la describe de la manera siguiente en su epílogo a la segunda edición del primer tomo de „El Capital“:

„Mi método dialéctico, según su fundamento, no sólo se diferencia del método hegeliano, sino resulta ser el preciso opuesto. Para Hegel, el demiurgo de la realidad es el proceso de pensar, al que convierte en un sujeto autónomo bajo el concepto de la „idea“, siendo la realidad tan sólo su apariencia externa. En mi caso es al revés, la idea no es otra cosa que la realidad material, transformada y traducida dentro de la cabeza humana.”

Regresando al concepto de la alienación cabe señalar, que Marx lo desarrolla en sus Manuscritos Económicos-Filosóficos del año 1844, partiendo precisamente de la alienación real del ser humano. En estos manuscritos, Marx le da un contenido socio-económico al concepto de la alienación, al señalar, que la alienación y deshumanización de la sociedad se debe al trabajo alienado. Por ende, Marx concibe las relaciones humanas como relaciones alienadas de una sociedad basada en el intercambio, en la cual el trabajo ha sido degradado a un mero medio para la subsistencia. En este contexto Marx observa, que en la medida en que se multiplica y diversifica la producción social y con ella las necesidades humanas, el trabajo de los productores adquiere cada vez más un carácter de mero medio de subsistencia y pierde su significado originario como actividad vital, en el sentido más amplio de la palabra.

Ya no importa la relación que existe entre el trabajo del productor y su producto final, sus medios de producción y la satisfacción de sus necesidades; ya no importa si el productor realiza sus capacidades físicas e intelectuales de una manera integral en el trabajo; ya no importa, si el productor siente satisfacción y goce por su trabajo. Lo que importa es la apropiación del sobre-producto por una minoría de propietarios de los medios de producción, a expensas de la mayoría de los productores. Es así como Marx comprende el modo de producción capitalista como la culminación de un proceso histórico, a lo largo del cual se ha desarrollado la propiedad privada de los medios de producción y la progresiva separación de los productores de sus herramientas y productos del trabajo, hasta perder todo vínculo con estos últimos. Esto es lo que Marx llama la alienación total del trabajo, el punto máximo de tergiversación de las relaciones sociales, que no son otra cosa que las relaciones de producción de la sociedad.

Debido a la alienación del trabajo, que no es sino la alienación de la actividad vital del ser humano y por ende la alienación de su propia vida, el ser humano pierde la relación consigo mismo como ser social, como ser genérico y como actor consciente de su propio destino, de la historia. En el capitalismo y según Marx, esto vale tanto para la clase de los propietarios de los medios de producción, como para la clase de los productores, o sea, los trabajadores. El fin último de la producción capitalista, la producción de ganancias, hace literalmente desaparecer al productor. La relación entre capital y trabajo convierte a cada cosa y a cada ser humano en una mercancía, carente de conciencia e impotente ante la historia. Es por esto que Marx habla de la “pre-historia” cuando se refiere a los modos de producción hasta ahora surgidos, porque sólo con la des-alienación del trabajo el ser humano podrá hacer su historia conscientemente.

Resumimos: El concepto de la alienación en la cosmovisión de Marx es un concepto eminentemente económico, ya que identifica el trabajo alienado como problema principal del cual padece la humanidad. Recordemos, que el concepto del trabajo es central en la filosofía de Marx, quien lo concibe como la actividad más importante del ser humano, como actividad vital per se, esto quiere decir, que en y mediante el trabajo el ser humano expresa su vida; en y mediante el trabajo, el ser humano se auto-produce a sí mismo. A lo largo de la historia, esta “expresión vital”, este fin-en-sí-mismo, se convierte en un mero medio de vida, en un mero medio de subsistencia, en trabajo alienado. El trabajo alienado es la negación de la esencia humana y se refleja también en diferentes formas de la alienación ideológica.

Alienación religiosa

Como hemos visto, el concepto de la alienación es decisivo en el pensamiento de Marx, quien identificó el trabajo alienado como la alienación fundamental del ser humano. Cabe destacar que el punto de partida del desarrollo del concepto de la alienación en la cosmovisión de Marx fue la crítica a la religión, sin la cual no se puede emprender ninguna crítica seria y razonable de la sociedad en cualquiera de sus otros aspectos.

En 1841, Ludwig Feuerbach publica su obra „La Esencia del Cristianismo“, en la cual demuestra en base de la propia Biblia, que es el ser humano, quien ha creado Dios a su imagen y semejanza, y no al revés. A lo largo de su argumentación, Feuerbach demuestra además que la teología se resuelve en antropología, en otras palabras, que Dios se resuelve en el ser humano - la verdadera raíz y razón de ser de todo lo divino. Feuerbach destaca que el ser humano proyecta lo mejor de sí en un “dios” para luego dejarse subyugar y dominar por esta su propia auto-proyección, fenómeno que Feuerbach identifica como alienación.

Marx parte de la explicación Feuerbachiana, pero va más allá al preguntar por qué la religión juega semejante papel en la vida humana. Llega a la conclusión que la alienación en su apariencia religiosa es, a su vez, expresión de una alienación mucho más fundamental. En su Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, escrita en el año 1843, Marx dice:

“El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre. Y ciertamente la religión es conciencia de sí y de la propia dignidad, como las puede tener el hombre que todavía no se ha ganado a sí mismo o bien ya se ha vuelto a perder. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es su propio mundo, Estado, sociedad; Estado y sociedad, que producen la religión, [como] conciencia tergiversada del mundo, porque ellos son un mundo al revés. La religión es la teoría universal de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica popularizada, su pundonor espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su complemento de solemnidad, la razón general que la consuela y justifica. Es la realización fantástica del ser humano, puesto que el ser humano carece de verdadera realidad. Por tanto, la lucha contra la religión es indirectamente una lucha contra ese mundo al que le da su aroma espiritual.”

Aquí Marx indica que la religión no es sino una expresión de la miseria humana y que por ende cubre una necesidad real del ser humano por cuanto éste se siente impotente y desconsolado ante un mundo de penuria que necesita justificación. De manera mucho más explícita, Marx sigue en su argumentación:

“La miseria religiosa es a un tiempo expresión de la miseria real y protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón y el espíritu de un estado de cosas embrutecido. Es el opio del pueblo. La superación de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de que éste sea realmente feliz. La exigencia de que el pueblo se deje de ilusiones es la exigencia de que abandone un estado de cosas que las requiere. La crítica de la religión es ya, por tanto, implícitamente la crítica del valle de lágrimas, santificado por la religión.”

Si se lee y conoce la cita entera, las famosas palabras de Marx sobre la religión que siempre se citan de manera descontextualizada y donde sólo se llega a mencionar la parte del “opio del pueblo”, adquieren un significado mucho más profundo. Son, en primer lugar una acusación de las circunstancias objetivas, sociales y económicas del mundo real y concreto, lleno de penuria y miseria y convertido en un valle de lágrimas, que sólo puede ser aguantado con el consuelo ilusorio que le brinda a los oprimidos la religión. Marx, a través de la crítica de la religión, le hace un llamado enfático a esta criatura oprimida por desilusionarse, romper las verdaderas cadenas terrenales que la atan a su ilusión y empezar a girar sobre su propio eje para tomar su destino en sus propias manos:

“La crítica le ha quitado a la cadena sus imaginarias flores, no para que el hombre la lleve sin fantasía ni consuelo, sino para que arroje la cadena y tome la verdadera flor. La crítica de la religión desengaña al hombre, para que piense, actúe, dé forma a su realidad como un hombre desengañado, que entra en razón; para que gire en torno de sí mismo y por tanto en torno a su sol real. La religión no es más que el sol ilusorio, pues se mueve alrededor del hombre hasta que éste se empiece a mover alrededor de sí mismo.”

Finalmente y reconectando con la antropología de Ludwig Feuerbach, Marx enfatiza el sentido y el fin último de la crítica de la religión:

“La crítica de la religión termina con el reconocimiento de que el hombre es el ser supremo para el hombre, esto es, con el imperativo categórico de acabar con todas las condiciones que han reducido al hombre a un ser deshonrado, esclavizado, abandonado y despreciable.”

Por eso mismo, la crítica de la religión es la conditio sine qua non de cualquier crítica de la sociedad en sus diversos aspectos, y entonces, una vez más en palabras de Marx, “la crítica del cielo se transforma así en crítica de la tierra, la crítica de la religión en crítica del Derecho, la crítica de la teología en crítica de la política.”


Superación de la Alienación

Transformando la crítica del cielo (religión) en crítica de la tierra (sociedad), Marx hizo un seguimiento histórico a las diferentes apariencias de la alienación fundamental, que es, como hemos dicho, el trabajo alienado. En este contexto surge otro concepto clave de la cosmovisión de Marx, que es el de la división del trabajo. La división del trabajo, cada vez más refinada, es equivalente a la disminución progresiva de las capacidades y habilidades de los productores. Por ejemplo, el artesano de la manufactura, quien ya no es poseedor del producto de su trabajo por ser subsumido bajo la dominación formal del capital manufacturero, sigue manteniendo su cualidad como productor capacitado y universalizado, quiere decir, conocedor y ejecutor de todos los procedimientos intermedios que son necesarios para la elaboración del producto final. En contraste, el trabajador de la fábrica moderna no es ni poseedor del producto de su trabajo, ni conocedor o ejecutor de todos los pasos necesarios para elaborar el producto final. El trabajador de la fábrica moderna es equiparable a una pieza más de maquinaria, en un proceso productivo altamente automatizado. Y es precisamente aquí donde la alienación del trabajo alcanza su máximo grado, reduciendo al productor a un autómata idiotizado.

La progresiva división del trabajo, deshumanizante y alienante, ha sido identificada por Marx como una tendencia inevitable del modo de producción capitalista. La superación de la división del trabajo y de la propiedad privada de los medios de producción -los dos “culpables“ de la alienación- es, por ende, equivalente a la superación del trabajo alienado, de la alienación. La superación de la alienación lleva a la auto-realización del individuo en y mediante su actividad vital, que ya no es “trabajo”, sino arte, felicidad, reencuentro consigo mismo, encanto y esfuerzo al mismo tiempo. Es así como Marx afirma en “La Ideología Alemana” de los años 1845/46:

“Finalmente, la nueva cosmovisión nos lleva a las siguientes conclusiones: ... que hasta ahora, ninguna revolución ha tocado el modo de trabajo como tal y que sólo se ha tocado la redistribución de este trabajo entre personas diferentes, mientras que la revolución comunista se dirige en contra del modo de trabajo como tal, como ha existido hasta ahora, elimina el trabajo y supera el dominio de todas las clases con la eliminación de éstas.”

Aquí se puede apreciar de nuevo que el trabajo es una categoría central en la cosmovisión de Marx, en su antropología, sociología y hasta psicología. La auto-realización del ser humano, como ser individual y ser genérico, se efectúa en y mediante su actividad vital creativa, el opuesto del trabajo alienado. Trabajo alienado es medio para la sustentación de la vida, mientras que actividad vital creativa, es vida per se. Trabajo alienado es trabajo forzado, en contra de la voluntad y de la conciencia del individuo, cercena sus capacidades y facultades y lo aisla de los demás miembros de la sociedad. Al contrario, la actividad vital creativa es expresión voluntaria y consciente de la vida misma del individuo, es fin-en-sí-mismo, amplía las capacidades y facultades humanas al máximo y conecta el individuo con los demás miembros de la sociedad.

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Franz J. T. Lee


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