Revolución, socialismo y sujeto revolucionario, en tres párrafos

El segundo pasado sábado, durante la inauguración del nuevo cine Aquiles Nazoa, el historiador Vladimir Acosta señaló algo que muchos camaradas seguramente habrán percibido, o que talvez consideren algo así como gajes de la transición: el proceso revolucionario ha venido deslizándose a posiciones cada vez más moderadas. Dada la importancia de la reflexión, consideramos oportuno recordar tres cuestiones esenciales de todo proyecto de liberación social.

¿Qué es revolución?

“Revolución, es sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado, es igualdad y libertad plena, es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos, es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos, es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional, es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio. Es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo. Es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestro sueño de justicia para Cuba y para el mundo, es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”. (Discurso de Fidel Castro del 1º de mayo de 2000).

¿Qué es el socialismo?

En esta oportunidad citaré la propuesta que hizo Aníbal Quijano en 1972 y que ha sostenido hasta el presente: la socialización del poder. ¿En qué consiste? Dice Quijano que “el socialismo no puede ser otra cosa que la trayectoria de una radical devolución del control sobre el trabajo (De sus recursos y productos), sobre el sexo (De sus recursos y productos), sobre la autoridad (instituciones y mecanismos para el ejercicio de la violencia), y sobre la intersubjetividad (conocimiento y comunicación), a la vida cotidiana de las gentes”. A. Quijano, en Colonialidad del poder, Eurocentrismo y América Latina. La propuesta nace de la necesidad de transformar las instituciones hegemónicas surgidas en la modernidad capitalista: La empresa capitalista, la familia burguesa, el Estado nacional y el eurocentrismo.

¿Quién hace la revolución?

No, no es el proletariado. Para responder esta pregunta, citaremos de nuevo a Fidel Castro quien, como dice Enrique Dussel, “sabe más por viejo que por zorro”. Se trata de la categoría Pueblo. En un conocido discurso, dijo Fidel “Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta…, la que ansía grandes y sabias transformaciones de todos los órdenes y está dispuesta a lograrlo cuando crea en algo y en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma… Nosotros llamamos pueblo, si de lucha se trata, a los 600 mil cubanos que están sin trabajo; a los 500 mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables; a los 400 mil obreros industriales y braceros… cuyos salarios pasan de manos del patrón a las del garroteros; a los 100 mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya, contemplándola siempre tristemente como Moisés a la tierra prometida; a los 30 mil maestros y profesores…; a los 20 mil pequeños comerciantes abrumados de deudas; a los 10 mil profesionales jóvenes… Deseosos de lucha y llenos de esperanza… ¡Ese es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje! (Citado por Dussel en las 20 Tesis de Política).

Ahora, tales apreciaciones necesitan y merecen, a pesar de haber sido abordadas en toda su complejidad, ser matizadas de acuerdo a nuestra realidad social concreta: la Venezuela caracterizada por un capitalismo rentista con fuerte inversión social, con su religión dominante, su instituciones educativas, sus creencias y valores hegemónicos, sus medios informativos y su carga histórica.

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