Si no ese día, no importa, entonces cuando puedas

¡Feliz Año, Chávez, guerrero de la paz! Nos vemos el 10 de enero

¿Sería reglamentario conseguirse un revolucionario que se proponga ser una figura de segunda demarcación? ¿Un ser a quien no agrade que se le observe cara a cara, a los ojos, para que pudiera vérsele la “fechura”? ¿Un ser que casi siempre esté macerado: o  bien en el fondo de los advenimientos, o del partido político, o entre la funda ambigua de su cargo, de manera tan invisible y activa como una bacteria? ¿Y sobre todo que rara vez se consiga captar, en la algarada de los acontecimientos, su perfil revolucionario? O aun, ¿un ser así, que pudiera hasta saquear iglesias y ser comunista?
 
Porque luce como que en la vida real, en la verdadera, pues, en el ámbito de la acción política revolucionaria, al lado de las figuras superiores, de los seres de puras ideas, pareciera que la verdadera eficacia está en manos de figuras de segundo plano, pero que se dedican, con mucho empeño, a su trabajo. Y habría que ver, por tanto, a cuál trabajo, debido que a la larga pudieran terminar siendo, de alguna realidad revolucionaria, una figura superior; y, sobre todo, emblemática, simbólica.
 
Y lo peor es que aprenden lo que más tarde ha de resultarles  muy remunerativo como diplomáticos: la técnica de pasar en silencio, la espléndida sapiencia de disimularse a sí mismos y la maña para observar y conocer el mutante corazón humano. Porque además, llegan a sojuzgar hasta el músculo más cualquiera de su rostro, por lo que resulta quimérico divisarles algún espasmo de cólera, de aflicción, de emoción cualquiera en su fisonomía inanimada y como amurallada de silencio. Y, si con voz apagada, pueden circular sigilosamente por los pasillos y salones de Miraflores y por la ardorosa Asamblea Nacional, es debido a una disciplina formidable de mando sobre sí mismos, cultivada puede que también en los años de práctica de alguna religión o, por haber domado su voluntad, como antes dijera, en ejercicios de autocontrol y a su expresión educada en las porfías de la secular retórica revolucionaria.
 
Pero el correteo de los políticos quizás siempre empieza, en un tablado, donde se pruebe la elocuencia. ¿Y qué es lo que luego hace todo candidato? Pues cacarear y no poner huevo, por lo pronto, y a sus electores prometer todo lo que pueda satisfacerlos: la propiedad, a todo evento y las leyes burguesas, si se tratara de una jurisdicción electoral donde sople más el viento de la derecha que de la izquierda. Y así logra ser elegido al cargo que aspira, para luego amar mañosamente la aventura y ser la intriga, su pasión, y esconder, casi ilustremente su tenebroso placer por lo enmarañado, que con su embozo de inseparable, y honorable burócrata, llevará hasta su muerte con su humilde y subalterna apariencia, y su sangre fría que, de manera obstinada, persevera sobre toda fogosidad. Y si fuera de su franco interés, nada le costaría hoguerear o guillotinar a los contrarrevolucionarios para luego de la pobreza terminar rico sin descartar algún título nobiliario que hubiera podido bien comprar y su pergeño estampado en algún lienzo exhibiendo una histórica y sarcástica sonrisilla.
 
Pero a la par del anterior, hay este otro revolucionario: Un joven defensor de los desposeídos y hasta enemigo de la pena de muerte, que como escritor alcanza notoriedad (incluyendo algún panfleto radical) y que, en base a ella llega a la política, resultando a la postre elegido para un cargo en una realidad revolucionaria, hasta alcanzar incluso la más alta posición y convertirse en un ser poderoso luego de aquella inmaculada pasión que lo hiciera irresistible. Pero poderoso para (que luego de haber estado en contra de la pena de muerte) iniciar entonces, paradójicamente, un período de terror para presuntamente preservar la revolución de todos sus peligros, terminando solo conseguir, con ello, sumir a esa realidad revolucionaria en pura incertidumbre generalizada al ordenarse ejecuciones por apostasía, alzamiento, confabulación y hasta por mera antipatía hacia alguien en particular, porque, la violencia ha resultado, siempre, un perfecto caldo de cultivo para las estériles y múltiples venganzas… Particularmente soy del convencimiento que ningún palafito ético, puede permanecer estable, si se erige sobre una laguna de sangre derramada en las peloteras vengativas. Y hasta se ha visto el caso, de que este revolucionario (cuyo perfil aspiro haya quedado definido) terminara siendo víctima de la violencia que él mismo generara, y ejecutado, con los mismos sistemas.
 

Mientras tanto nuestro Chávez, ese dilecto combatiente de la inteligente ponderación revolucionaria, que gana las batallas con su sentimiento verdadero de amor, con su verbo sonante, y con la razón, combate aún en La Habana, con su lúcida vanguardia, su impredecible batalla culminante.

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Raúl Betancourt López


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