La revolución no es una lotería





Los cambios culturales, cuando son auténticos, comprometen la reforma en la conciencia, en la cosmovisión y en los valores de la sociedad que está en revolución.



Es cierto que la Revolución Bolivariana, por sus características particulares, por su condición democrática y la forma como ella entra progresiva en una vieja estructura de poder, conocida como “democracia representativa”, los cambios de fondo resultan imperceptibles, lentos, “moleculares”, para decirlo con una palabra que tanto gusta a Antonio Gramci, el revolucionario italiano que define a la revolución cultural como “reforma intelectual y moral”.



En Venezuela hoy se dicen fácilmente las palabras revolución, independencia y socialismo, pero hay muy poca información que nos permita corroborar que ellas expresan alguna ruptura en el pensamiento, una ruptura de tipo epistemológica, en los individuos que las hacen suyas. El propio comandante Hugo Chávez, luego de haber comenzado a llamar “areperas socialistas” a una red productora y expendedora de esos productos alimenticios, decidió cambiarles el nombre por el de Arepera socialista.



Con ese ejemplo, que encierra una variedad mayor de casos, lo que se quiere resaltar es el asunto, sobre el cual ha reflexionado infinidad de veces el líder de nuestra revolución, que los procesos transformadores no los inventan las palabras o el nuevo uso que se le dé a las mismas. Es decir, para que una arepera o cualquier fábrica o espacio productivo, pueda adjetivarse de socialista, requiere que la manera como se produce y las relaciones que se establecen para ese proceso, hayan roto, en los hechos, en la práctica, con la manera explotadora como el capitalismo nos ha acostumbrado a obtener los objetos de consumo y su circulación.



Por extensión, para que se pueda hablar de un proceso revolucionario en marcha, hace falta que elementos económicos, sociales, políticos e ideológicos entren en pulsión permanente y se hagan visibles algunos de sus cambios durante el desarrollo del mismo.



Si bien, una revolución pacífica, como la Bolivariana ha generado expectativas de cambios sociales, la gran mayoría de estos provienen de decisiones gubernamentales con una intencionalidad socialista. Es decir, la clara constatación marxista de que es el ser social (su praxis) el que determina la conciencia social no está presente en el uso que se asume del lenguaje y, por tanto, los cambios no son reales o se quedan en la sola intencionalidad.



Para referirnos, específicamente, al hecho electoral del pasado domingo 16 de diciembre, la alegría de contar con 20 entidades con gobernadoras o gobernadores elegidos dentro de los símbolos políticos del Psuv y otros partidos del Gran Polo Patriótico, no necesariamente indican que esos estados sean socialistas sino que, en el mejor de los casos, quisieran serlo.



Tampoco debería servir esa festiva realidad para esconder que en Miranda el gobernador electo es un burgués fascista, identificado con las ideas más rancias de la derecha y a quien aplauden personas pobres que se contentan porque “uno le pide y él le da”. Que en Lara la dispersión y falta de unidad de los revolucionarios ha dado cancha para que se atornille en el cargo de elección popular el identificado traidor. Finalmente, tampoco debería esconderse la necesidad de revisión autocrítica de lo ocurrido en un estado de alta población indígena, que no acepta elegir una de las suyas.



Lo cierto es que la revolución es un proceso de luchas permanentes y no una lotería. La realidad electoral derivada de los comicios de diciembre no deben dejar por fuera la obligatoria autocrítica.

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