Revolución en humildad y desprovista de pomposidad

    Un viejo y sabio refrán del pueblo dice: "La oportunidad la pintan calva" y ello se presta a la jugada según las circunstancias del cristal con que le mire el oportunista en sí; vale que la idea tenga su justo argumento, y que éste, sea pródigo a una sana intención aún con una equívoca visión no mal figurada.

     El poder en el ser humano es algo enfermizo, y es el enigma que no ha sabido dilucidar por más buena fe que le imprima; pareciere que las mieles del poder agudizan esa terrible tentación; por cierto, muy bien manipulada por las mieles eternizadas de la religión y sectas preñadas de insuperable alienación, más, la pomposidad es una de las más cifradas características en contraposición a la palabra de la humildad para el logro de los distintos reinos post-mortales; la religión nunca pasa hambre ni intemperie ni frío ni calor, todo siempre le es muy cómodo. Ninguna revolución que se respete asimisma puede confiar ni convivir en estrecha relación con la religión; porque siempre terminará bebiendo de sus brebajes antipueblo.

     Hay una gran confusión que está nadando entre dos aguas, y esto lo digo, porque en el diario acontecer observamos como la pomposidad ha penetrado todos los estratos de la sociedad capitalista y revolucionaria; la de las viejas pomposidades y la de las nuevas en aliante praxis devoradora, y por supuesto, la revolución aún no escapa de ella, y dado el grado de poder, alardea con propia voz campante y de mucha notoriedad pública; hay sus excepciones, pero pre-sugestiona la ansiedad. Sé no es fácil, y presumir la perfectibilidad inalcanzable no debe ser objeto de rechazo unánime, me refiero a que en lo porcentual la revolución debe ir haciéndose de un corpus sano y como ese corpus va en crescendo, pues la humildad ascenderá y la pomposidad descenderá; simplemente cosas de números y estadísticas referenciales.

     Para una revolución todo aquello que fluctúa de los anales del capitalismo, le es muy dañino; el capital hace del ciudadano, un inmortal del consumo, una piltrafa direccional propagandística, constantemente: "lo moderniza", le cría el hábito del mal usufructo de lo material, que le confunde en el conocimiento entre lo útil y lo inútil, lo aplica al despilfarro, lo ego-centraliza y le entraña la pomposidad. De esos anti-valores, desmoralización y falta de reconocerse como ser y no como objeto, se ha venido alimentando por todas las vías de comunicación, es un gran bombardeo síquico durante toda su existencia; preconcebida, concebida y durante. La pomposidad ha transgredido hasta el umbral del llamado sueño eterno; negocio post-mortis, predomina el lujo en color negrusco. Preguntémonos, ¿A cuál sumo grado de desconocimiento se encuentra esta verdad y quién la mira con indiferencia para obtener prebendas personales?; de allí debe partir cuán ecuánime es la revolución en la exigencias de sus ideales.

     Decimos; que lo que se debe estilar en una verdadera revolución, son las convicciones, mas, se deduce entonces, que a mayor responsabilidad dentro de su seno, por estar mucho más docto a una mayor capacidad de compromiso, equivale, a que ese compromiso, ha de tener su asidero en dar los mejores ejemplos, y ¡ojo!, que esto no elude ningún nivel dentro de ella; debe cumplirse aquello de que: "Lo que es bueno para la pava lo es para el pavo." Y de que lo abyecto es totalmente irreverente. La facultad de un buen revolucionario va de la mano de la ejemplarización del liderazgo circundante. Se dice: "La voz del pueblo, es sabia, justa y necesaria; aplica como veredicto, juzga con precisión y da el trofeo popular, pero, para ganarle se requiere de su apego natural." No emerge de la pomposidad, nace de la humildad, ley de sus orígenes inviolables e inmutables.

     El profesor Daniel Hernández en su participación en el reciente acto de comunicación, fue enfático al no desperdiciar palabras más, palabras menos y hacer prominente la característica ineludible del rescate del amor; es el valor de la vida, y ha sido sustituido por los valores superfluos de los bienes materiales, su condicionamiento liberal ha deshumanizado la realidad de la existencia del ser y todo su componente ambiental e impera el canibalismo, la competitividad, la deslealtad, lo vil, la traición y la gran desvergüenza humana; y osamos en llamarle evolución, mas, por tales consecuencias, estamos sobreexcedidos de interminables guerras religiosas, económicas, ideológicas y del nuevo factor narco-síquico-económico que bien ha corroído las entrañas de una humanidad visceral y contraproducente.

     Por suerte para el mundo, hoy existe esta revolución venezolana, que, con todas sus controversias en sus 14 años de luchas incontenibles, aún cuenta con la dignidad y la convicción de su pueblo, que todavía con sus variadas inconformidades, se debate en un ámbito de democracia ejemplar, que ya muchos de los ciudadanos de los países del mal llamado primer mundo, le quisieren establecido para la solución de sus actuales males heredados de un insostenible capitalismo. La altisonancia es una enemiga radical, de aquí y de allá, prueba de ello, le vemos hoy en un descalabrado mundo de inseguridad socio-económico, que aturde al mundo globo-capitalizado. No equivoquemos que nuestro propósito nada tiene que ver con la pomposidad banal, y que, no hay que confundir la reivindicación de la dignidad humana con el baratillo de la subasta capitalista.

     Los bienes materiales cumplen únicamente con suplir la necesidad de defendernos de los rigores naturales desde que somos mundo; la necesidad y existencia del amor es insustituible, y muy ha sabiendas de que nacemos para morir, nos prevalece el tan sólo hecho del disfrute de ser concebido, sumado a ese incomparable amor antes y después de nacer. Todos los goces espirituales que dan las artes y los cuales están anidados en cada ser viviente nos advierte amorosidad, y ese idilio, no nos deja duda, de que es la mejor pomposidad meritoria para calificarse humano.

     La patria Revolucionaria requiere de desculturizarse y reculturizarse, se trata de la vida de la gran patria; mas luego el mundo, le emulará.


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