La dialéctica y la inmutabilidad del silogismo

 

En la misma conversación el joven intelectual británico dijo: “Entiendo el peso de la proposición de que todo sufre un cambio y que, dadas estas condiciones, la inmutabilidad del silogismo es incomprensible; pero pienso que el silogismo es simplemente un acuerdo entre la gente para entender conceptos específicos de idéntico sentido, algo así como la regla del juego...”

Le repliqué que él había llegado en la esfera de la lógica al nivel del contrato social de Rousseau en sociología. Tomó en broma mi comentario. En realidad, es una valoración bastante precisa y quizás demasiado indulgente del método lógico de mi oponente. Si la cosa se piensa bien, es difícil creer que en el siglo XX cualquier persona con algún conocimiento de la ciencia, con algún conocimiento sobre la evolución, pueda hablar del silogismo como el producto de un acuerdo entre la gente. Precisamente en esto se revela el total e irremediable atraso del método “científico” de este antidialéctico. Decir que las personas han llegado a un acuerdo sobre el silogismo es casi como decir, o más exactamente es lo mismo, que la gente llegó al acuerdo de tener fosas en las narices. El silogismo es un producto objetivo del desarrollo orgánico, es decir, del desarrollo biológico, antropológico y social de la humanidad, igual que lo que son nuestros diversos órganos, entre ellos nuestro órgano del olfato.

El empirismo norteamericano, o más en general el anglosajón, contiene tanto a la lógica formal como a la dialéctica en sí misma, en forma no desarrollada, y no distingue entre ambas. El pragmatismo, como yo lo entiendo, es precisamente la filosofía de esta combinación no diferenciada de lógica formal y dialéctica. Pero siempre que un representante de esta escuela empírica de pensamiento se ve obligado a salir de su refugio, a extraer una conclusión de sus razonamientos, cae en el más trivial nacionalismo, es decir, se demuestra incapaz de elevarse a la dialéctica. Eso es lo que ocurrió con mi adversario británico en la cuestión de la dialéctica.

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En lo que hace al silogismo, permítasenos tomar el argumento de que el silogismo, considerado aparte de todo lo que existe, permanece inmutable porque es simplemente un acuerdo al que se llega entre la gente en el sentido de que los conceptos no deben sufrir cambios durante una discusión, etcétera. Aquí el racionalismo nos muestra su talón de Aquiles. Por ser absolutamente incapaz de penetrar en la naturaleza histórica objetiva de la sociedad, Rousseau concibió la sociedad como el producto de un contrato entre la gente; de la misma forma, los fetichistas de la lógica formal llegan a la teoría de Rousseau (la del contrato social) en la esfera del conocimiento. Sin embargo, los elementos del silogismo se encuentran también entre los animales; el pollo sabe que el grano es en general útil, necesario y sabroso. Reconoce un grano determinado -el de trigo- con el que está familiarizado, y de allí extrae una conclusión lógica por medio de su pico. El silogismo de Aristóteles es sólo una expresión articulada de estas conclusiones mentales elementales que observamos a cada paso entre los animales. Hablar, por lo tanto, del silogismo como producto de un contrato es absolutamente ridículo. Es doblemente ridículo en relación al pasado, porque racionaliza toda nuestra historia previa y, además, es especialmente ridículo en relación al futuro. Resulta que nuestros antepasados bíblicos y prebíblicos eran capaces de llegar a un acuerdo con respecto a esas formas de pensamiento para preservar su fuerza compulsiva e imperecedera para todo el futuro.

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El pensamiento lógico, el pensamiento lógico formal en general, está construido sobre la base de un método deductivo, que procede de un silogismo más general a través de un número de premisas para llegar a la conclusión necesaria. Tal cadena de silogismos se llama sorites . Es conocida la facilidad con que el pensamiento anglosajón rompe la cadena de silogismos y, bajo la influencia de datos y consideraciones puramente empíricas, llega a conclusiones que no tienen conexión alguna con la cadena lógica. Lo vemos especialmente claro en la esfera de la política, así como también en otras esferas. De este modo, el culto del silogismo no es en absoluto característico del pensamiento anglosajón. Por el contrario, es posible decir que este [escuela de] pensamiento se distingue por un desprecio empírico soberano por el silogismo puro, lo que no impidió a los ingleses hacer conquistas colosales en muchas esferas de la investigación científica. Si se lo piensa bien es imposible no llegar a la conclusión de que el desprecio empírico por el silogismo es una forma primitiva de pensamiento dialéctico; con el objetivo de imponer correcciones puramente empíricas, los ingleses se salvan de la vaciedad lógico-formal del silogismo, es decir, en cierta medida llegan a sus conclusiones más cabalmente, mucho mejor, en una escala mucho mayor, más sistemáticamente a través del pensamiento dialéctico.

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El pensamiento anglosajón, y en mayor medida el de los franceses, se somete con dificultad a la dialéctica debido a factores históricos. Francia es la patria del silogismo. Toda la batalla contra la dialéctica se lleva adelante en nombre de los derechos soberanos del silogismo. Al silogismo no se lo considera como un instrumento de nuestra conciencia en el proceso de su adaptación a la naturaleza y de creciente conocimiento de la naturaleza; en suma, no se lo ve como una formación sicológica que tiene un valor relativo, lógico, es decir, consciente, sino más bien como un absoluto suprahistórico distinto que determina y controla todos nuestros procesos cognoscitivos y, por lo tanto, nuestra conciencia [también]. Los fetichistas del pensamiento lógico-formal [representan] una forma de idealismo lógico...

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El pensamiento humano asimiló la cosmogonía de Kant y Laplace, la geología de Lyell, la biología de Darwin, la sociología de Marx, que analizan todo lo existente en su proceso de cambio, evolución, desarrollo y catástrofes ininterrumpidas, etcétera. Pero para la lógica formal el silogismo permanece inmutable; no parece un instrumento, una palanca histórica de nuestra conciencia en el proceso de su adaptación a la naturaleza externa con el objeto de saber de la naturaleza; en una palabra, no una formación histórica concreta condicionada por circunstancias de tiempo y lugar, incluyendo la estructura de nuestra conciencia, al alcance de su experiencia dada de-una-vez-para-siempre para comprender los hechos externos. El silogismo está por encima de estos hechos, por encima de la propia humanidad y su conciencia, por encima de la materia, y es el eterno comienzo, inmutable y todopoderoso, pues controla toda nuestra actividad; en otras palabras, se le confieren todos los atributos de Dios.

El doctor John Dewey escribe que mi visión del mundo tiene algo de teología. Coloco ante mí ciertas metas sociales (socialismo) y al mismo tiempo deduzco de éstas que el desarrollo objetivo de mi conciencia preparó todas las condiciones necesarias para la realización de estas metas. La dialéctica, en este sentido, le parece a Dewey semejante a la religión, que contempla el proceso histórico como el cumplimiento de las prescripciones divinas.

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En ningún caso es admisible acusar a los anglosajones de un culto excesivo por el silogismo. Por el contrario, su pensamiento está penetrado de un espíritu conciliador que se expresa en el empirismo o el pragmatismo, expresión parcial de este mismo empirismo. El británico se toma fácilmente de su democrático silogismo para ponerse unos breves calzones cortesanos e inclinarse ante Su Majestad. El sabio inglés rompe rápidamente el hilo del silogismo para inclinarse ante la religión. Esta tradición ha sido totalmente asimilada por Estados Unidos.

Pero si bien el anglosajón, en contraste con los pueblos latinos, no se considera a sí mismo obligado por la fuerza compulsiva del silogismo, intenta [defenderse] ante la forma más elevada de pensamiento lógico, a saber, la dialéctica. En la lucha contra la dialéctica, o en su autodefensa contra la dialéctica, nuestro empírico o pragmático anglosajón queda cautivo del silogismo, tomado como la forma superior e inmutable de pensamiento humano. En la lucha contra la dialéctica revolucionaria el silogismo aún sigue siendo un arma mejor o menos comprometida que la transigencia empírica de la religión. De la misma manera, para defender los intereses del imperialismo británico un llamado a la democracia aparece más convincente que una apelación a los derechos del monarca británico.

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No sabemos nada del mundo excepto lo que se nos da a través de la experiencia.” Esto es correcto si no se entiende la experiencia en el sentido de testimonio directo de nuestros cinco sentidos individuales. Si reducimos la cuestión a la experiencia en el estrecho sentido empírico, entonces nos es imposible llegar a ningún juicio sobre el origen de las especies o, menos aún, sobre la formación de la corteza terrestre. Decir que la base de todo es la experiencia significa decir mucho o no decir absolutamente nada. La experiencia es la interrelación activa entre el sujeto y el objeto. Analizarla fuera de esta categoría, es decir, fuera del medio material objetivo del investigador, que se le contrapone y que desde otro punto de vista es parte de este medio, significa disolver la experiencia en una unidad informe donde no hay ni objeto ni sujeto sino sólo la mística fórmula de la experiencia. Un “experimento” o “experiencia” de este tipo es propio sólo de un bebé en el útero de su madre, pero desgraciadamente ese bebé no tiene la oportunidad de compartir las conclusiones científicas de su experimento.

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Con el fin de asestarme un golpe en el lugar más vital, Burnham me informa que en los textos universitarios de lógica con los que se maneja no se menciona en absoluto la dialéctica. Debería haber agregado que en los cursos universitarios sobre economía política tampoco se menciona la teoría marxista del valor-trabajo o si se lo hace es sólo para condenarla. Y lo principal que tendría que haberse tenido en cuenta es que en los textos universitarios no se hace referencia, ni siquiera para condenarla, a la posición socialista sobre las formas de propiedad, etcétera. . . Del hecho de que la dialéctica no aparece en los textos universitarios se extraen algunas conclusiones acerca de la naturaleza de clase de la sabiduría oficial, su temor por la revolución, la incapacidad del pensamiento burgués de ir más allá de los límites de las tareas empíricas, etcétera. Para Burnham y su especie la prohibición del marxismo en la enseñanza oficial basta para refutar la naturaleza científica del mismo.

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El sentido común que se opone a la religión es progresivo. Pero el sentido común que se opone a la ciencia es reaccionario y estúpido.

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El aforismo de la Oposición a Su Majestad, “el estado es creado por el hombre y no el hombre por el estado” constituye un modelo circular de pensamiento racionalista nacionalista. En realidad, este aforismo expresa meramente las demandas del burgués de que el estado lo moleste lo menos posible. Desde el punto de vista científico este aforismo no expresa en lo más mínimo una relación correcta entre el individuo y el estado. El individuo del mundo moderno es creado por el estado en mucho mayor medida que el estado por el individuo. Esa es la razón de por qué es un racionalismo total asignar a la creación del estado una meta definida dictada por intereses personales individuales.


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