La voluntad revolucionaria

No se trata de mantenerse atado a una idea de manera religiosa. Debemos situarnos en las urgencias emergentes que la hacen vía práctica. Cabe entonces preguntarse: ¿Es el capitalismo una forma “natural” de organización de la humanidad? ¿Se mantendrá de manera indefinida? O, por el contrario ¿Posee antagonismos suficientemente intensos como para frenar su reproducción? A la construcción de respuestas estamos.

Por ahora, saltan a la vista al menos cuatro antagonismos: La amenaza de una catástrofe ecológica sin precedentes; la inadecuación de la llamada propiedad privada en relación con las formas colectivas del trabajo vivo; el surgimiento de un “general intelec” de la sociedad toda (nuevas tecnologías de la información, biogenética, biocombustibles, etc.); la aparición de nuevas formas de racismo, exclusión, proletarización del consumo y apartheid, en oposición al surgimiento de nuevos dominios de “lo común”.

Hablamos de nuevas sensibilidades, sustancia compartida de nuestro ser social, opuesta a cualquier modo de privatización de la vida cotidiana. Sensibilidades biopolíticas, que apuntan hacia la resurrección de la idea del comunismo, de lo común. Insistir en la igualitaria idea de la emancipación del trabajo, es entender la naturaleza democrática del comunismo.

Desde la antigua Grecia existe una palabra para nombrar la intrusión de los excluidos: Democracia. Pero, ¿Cuál democracia? Una vez un periodista preguntó a Gandhi por ella y el sabio contestó: “Una muy buena idea que el mundo algún día debería probar, a ver como resulta, pero para ello debe incorporarse en todos los asuntos y en términos de igualdad a los hoy excluidos. Será necesario abandonar la dominación de castas y de clases”. Entonces, no importa cómo llamemos al acontecimiento que persigue la realización del ideal eterno de justicia igualitaria, comunismo y democracia siempre terminan siendo sinónimos si hablamos con franqueza.

A esta verdad histórica le brincan los reaccionarios, con el argumento de la caída del muro de Berlín y el fracaso del aberrante modelo soviético, por cierto, anticipado por muchos comunistas. Bien podríamos responderles con lo expresado por Robespiere, antes de su decapitación, aquel 8 de termidor de 1794, en su histórica autocrítica, frente a la utopía malograda y estrepitosamente fracasada de la Revolución Francesa: “Hemos cometido horrores inconmensurables. Nos dejamos seducir por la ambición y la convertimos en excusa para el terror. Para mí ya es tarde, no podré rectificar aunque he cambiado mis ideas. Sin embargo, el anhelo eterno de libertad, igualdad y fraternidad, seguirá guiando la vida y la esperanza humana. La voluntad revolucionaria sobrevivirá persistente a cualquier derrota. Esperará paciente y resucitará, como un espectral fantasma el día de su gloria. Porque existen, puedo asegurarlo, almas incorruptibles, sensibles y puras; con esa pasión tierna y serena, impetuosa e irresistible; ese terremoto que es tormento y deleite de los corazones justos y magnánimos, que sienten profundo desprecio por la tiranía; ese fervor compasivo por los oprimidos; ese amor sagrado e irrefrenable por la patria, que es amor aún más sublime y sagrado por nuestros semejantes. Ese ideal, algún día alcanzará la meta gloriosa de la especie humana. Sin estos sentimientos una gran revolución languidece y no es más que un estruendoso crimen que sustituye y destruye a otro crimen anterior. Afortunadamente, he comprobado que en el seno más íntimo de mis compatriotas más humildes, hay una luz maravillosa que llena de esperanzas. Son capaces de dar lo que no tienen, lo comparten todo, cada uno es ser común con el otro. Allí reside la generosa ambición de un mundo nuevo: Establecer aquí y ahora, en la tierra, la primera República Social del mundo”.

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