Cuando llegas al capítulo
72 de la Segunda Parte del Quijote, descubres que eres un personaje
de la novela. No lo explicaré aquí porque es demasiado largo e incalculablemente
mejor y más corto leer la novela. (Leer de todos modos mi explicación
en http://www.analitica.com/bitblioteca/roberto/noticias.asp)
Es como
la historia de Colombia, realismo mágico viviente, aunque desvalijado.
El propio Ministro de la Defensa ha dicho que Ingrid Betancourt regresó
del secuestro en medio de una gesta hollywoodense.
No se sabe
nada con certidumbre, que ni Heisenberg. Todo luce falso y contradictorio. Como en
el caso de las Torres Gemelas, hay más preguntas que respuestas. Nadie
concuerda con nadie, ni siquiera la Betancourt consigo misma, pues arrancó
uribista furibunda y ahora le falta un tilín para declararse chavista
igualmente rabiosa. Su familia está dividida. No suelo hablar de asuntos
privados, pero hay allí evidentes fricciones de origen político nada
privado. Basta mirar sus movimientos ante las cámaras, sus apariciones,
sus desapariciones. No me meto en eso, pero ellos sí.
Es explicable
que una persona que lleva seis años y pico cautiva, y se ve liberada por sorpresa, esté desorientada no solo en materia política,
sino afectiva, emocional. Es comprensible que cualquiera que pase por
eso esté de brinquito y de siquiatra. Pero los demás no. El gobierno
de Colombia, por ejemplo. O sus gobiernos, porque parece que hay varios,
empezando por el de Uribe y siguiendo por el que aparentemente dirige
la familia Santos. Tampoco tienen seis años cautivos los periodistas
de la Radio de la Suisse Romande y otros que certifican que hubo un
soborno de $ 20 millones, que nadie sabe ni siquiera a quién se entregaron.
Ante eso, un Santos dijo: “Tabaratodamedós”, porque ellos han ofrecido
hasta 100 millones.
Y las FARC
callan en un silencio atronador, que nadie menciona.
Hablo solo
de Betancourt porque casi que solo sobre ella se han enfocado las cámaras.
Los mercenarios gringos no aparecen ni hablan. Y los policías y soldados
tal vez no tengan tanta libertad, a juzgar por el hecho de que todos leen el
mismo guion que parecía leer Ingrid ese día.
Descartes
decía que hay que suponer que un “genio maligno” está todo el
tiempo torciendo nuestras percepciones. Que hay que ir con método.
No es mala idea.
hernandezmontoya@hotmail.com